Yara De Mort


Mi nombre es Nidya Areli Díaz Garcés, nací un helado treinta de noviembre de 1983 en un pueblo al sur de la Ciudad de México que se llama San Juan Ixtayopan. Mi primera experiencia literaria fue a la tierna edad de siete años cuando mi padre me encerró sola durante unas vacaciones a leer El principito en un cuarto medio oscuro y medio frío. Frente a un libro que entonces me pareció enorme y con la letra más pequeña que había visto, me devoré más que las letras, los dibujos; y cuando el verdugo, que era mi padre, llegaba de vez en vez a echar un vistazo y peguntarme sobre el texto, yo le inventaba historias venidas a mi imaginación infantil por inspiración divina y de las no muy numerosas ilustraciones.

A los nueve o diez años hice mis primeras composiciones. No recuerdo de qué trataban pero, parada sobre un pupitre, las leía a mis compañeros de la tormentosa primaria y a ellos les gustaban. En la secundaria me descubrió un profesor de español: Favio Antonio Morales Constantino, que se deleitaba con mis creaciones y me presumía como una “prodigiosa promesa”. El diez de mayo que debuté ante el público escolar se me olvidó el poema y la voz quebrada no me permitió decir más. Favio vino a mi rescate e hizo llorar a las mamás durante los minutos que duró el poema.

Renuncié a la poesía en los años de Vocacional, fui una adolescente problemática con calificaciones aceptables y sobre todo devoré con fervor cuanto libro encontraba en la biblioteca del pueblo, ello a escondidas de mi familia que creía que lo mío era patológico. No descubrí el hilo negro literario pero en cambio me apasioné con Juan José Arreola, Oscar Wilde, Gabo y uno que otro amor borrascoso. 

Más por accidente o predestinación que por otra causa, al ingresar a la superior llegué al taller del maestro y formador de muchos, Julián Castruita. Yo, que siempre me había imaginado en bata blanca descubriendo curas para toda clase de males, que me sentía una mujer de ciencia con un amor ciego y loco, valí sólo para escribir de día y de noche, en el microbús y en el metro, en las clases y en las prácticas de laboratorio. Julián y su taller me enseñaron mucho de lo que sé. Me obsesioné con cada forma métrica como era mi obligación hacerlo con la tabla periódica. Conocí a César Vallejo que hasta la fecha me arranca lágrimas de fatalidad. Gané premios como golosinas en la piñata y en cambio fracasé rabiosamente en la ingeniería. El Poli me sacó de su seno como se saca una manzana de un cajón de naranjas.

Una bola de locos que se hacen llamar decimeros e irreverentes me encontraron en una de tantas vueltas que da la vida, gracias a ellos pero sobre todo a Rafael Figueroa conocí Tlacotalpan, los toritos y el Son Jarocho. En ese contexto he publicado algunas cosas y viajé un poco por la región de La Cuenca durante algunos años. 

Al día de hoy estoy por concluir la licenciatura en lengua y literatura hispánicas en la UNAM, se puede decir que no elegí a la literatura más de lo que ella lo ha hecho conmigo. Aspiro a ser escritora no en el sentido banal de la palabra sino una escritora en serio. Amo mil obras de mil autores y estoy agradecida con lo que puede llamarse Dios porque creo que me ha llevado a donde tenía que estar a pesar de mí misma.

Mi correo es: nidyaareli@gmail.com