jueves, noviembre 07, 2013

Pintura

Por Claudio Phoenicóperus
La Tradición
Pintora: Jimena Marín de Díaz
Acrílico sobre tela, 2012
30 x 30 cm 

La tradición 

Hay de los que se mueren sin darse cuenta, de los que se mueren por decisión y convicción propia, conozco algunos que se han muerto por puro tedio, los que se mueren en los accidentes, los que se van muriendo de a poco a poco y en abonos chiquitos... pero los más... la gran mayoría de los que conozco se mueren por tradición. 


         Sí, señor, por pura tradición, porque secretamente anhelan ser adorados en los altares, porque se enamoran de esa idea de ser recordados venerablemente, doloridamente, porque a todos o a casi todos nos embriaga esa idea deleitosa de ser mitificados, de escuchar tras el silencio de la ofrenda, entre las penumbras rasguñadas por las veladoras, nuestras historias de vida. 

Según Carmelita, mi hija, habla de mi año tras año, el chiste es que, cada año que me cuenta, a cada año que me describe, parezco ser distinto a lo que fui, parece que hice cosas que, cada vez me resultan más extrañas. Pero me gusta escucharlas de sus labios, me pregunto, cuando noviembre anda cercano, ¿qué cosas se le habrán de ocurrir esta ocasión a mi Carmelita? 

Y reúne a sus pequeños hijos alrededor de la mesa donde se coloca el altar, y muy cerca de ellos me siento yo también a escuchar. 

Su abuelo Fulgencio —le dice ella mis nietos— era un hombre altísimo y muy guapo, con brazos como árboles, así de recios, así de gruesos —haciendo un gracioso ademán—  tenía los ojos oscuros, grandes y redondos, una voz que te atemorizaba hasta en sus murmullos más tiernos, se levantaba todas la mañanas a las cinco de la madrugada, se salía a la pileta y se bañaba en agua casi helada, lo que más recuerdo de él, es el aroma de su perfume que quedaba flotando en pieza justo cuando salía de ella después de darme un besito y antes de irse a trabajar.  

Tal vez sea porque ya está uno muerto que le da a uno por recordar distinto las cosas, tal vez sea porque el cerebro de uno se pudre en un panteón, comido por gusanos que uno le vengan a la mente imágenes tan horrendas como las que tengo de mi pasado; por eso es que me gusta sentarme al menos una vez, a salvo entre luces tenues, e imaginar que soy, que fui, algo muy distinto a lo que yo recuerdo. 

Yo me llamaba Fulgencio, creo que aún me llamo así, no sé si tenga el derecho pero... ¿qué otra cosa puedo ser más que un nombre adherido a un recuerdo? Según recuerdo era muy cabrón, era yo muy alto y muy fuerte como un toro, tenía los ojos llenos de un fuego horrible y negro que encueraba a las chamacas con un solito mirar. 

Siempre fui un desmadre hasta que conocí a Lucía, todo estuvo bien durante un rato, era la chamaca más chula de todo el pueblo y era mía, pero mis instintos no cesaron, el alcohol me gustaba cada día más, y no podía dejar de pensar en las chamacas; las chamacas siempre fueron mi peor vicio ¡Caramba! 

Me la vivía de chamaca y chamaca y de botella en botella, al principio Lucía me reía muy fuerte, me encerraba para que no me saliera a parrandear, pero yo me saltaba la barda y una vez hasta tumbé las puertas, no había nada ni nadie que me pudiera parar.  

Años después llegó Carmelita, mi niña, y todo estuvo bien durante un rato, me propuse dejar el chupe y las mujeres y lo hice durante un tiempo considerable. M'ija creció como la yerba y a cada día se ponía más chula la muchacha. Ninguna de las mujeres que tuve en mi perra vida le llegaba al meñique a mi muchacha, y no porque fuera mi hija lo digo señores, sino porque era la verdad, la purita verdad. 

Entonces regresé a los alcoholes, en un loco afán de ahogar algo muy recio y horrendo que sentía aquí adentro, pero no había jarra suficientemente grande ni botella suficientemente gorda como para ahogar mi salvaje deseo de poseerla, no podía evitar pensar en sus bellos ojos negros, en su piel tan suave y blanca, en su boquita de cereza, en su cuerpo chiquito y frágil como varita de paja, no podía pensar en ella sin querérmela coger, esa chamaca, mi chamaca, también tenía que ser mía. 

Una noche de los abriles, la noche de su cumpleaños séptimo, sentía un fuego tan metido que me moría por dentro y no sabía cómo lo iba a apagar, me fui a embriagar a la cantina, hasta quedarme perdido, hasta caer de borracho para olvidarme de la Carmelita, pero me hicieron falta copas, me hizo falta vino para tumbar a Fulgencio Rodríguez, salí como loco a la calle, a buscar un pleito, a recibir una bala, pero todos me compadecieron en mi borrachera y en mis labios de briago ninguna afrento obtuvo respuesta. 

Así me volví a la casa y desperté a Lucía y me la chingué muy recio tratándome de saciar; después traté de dormirme esperando levantarme ya bien entrada la mañana, pero la idea me paseaba los sesos una y otra vez y sin final. Me levanté como a las cinco, me salí desnudo a la pileta, tratando de que el agua fría congelara mis calenturas sucias y horrendas, pero no lo logré. 

Entre a la pieza de Carmelita, la despojé de sus cobijas, la tomé en mis brazos rodeándola con una brutal fuerza, y allí en aquél acto abrí las puertas a mi propio infierno eternal. 

Después de aquello, me sentía tan sucio, tan horrendo que me ungí una botella de perfume queriendo tapar el aroma horrible y delator que despedía mi cuerpo, le besé la frente mientras la arropaba y me salí enloquecido para irme a trabajar. 

Por eso señores uno muere por tradiciones, porque uno se quiebra y se cansa en esta vida, uno arruina cosas, rompe sueños propios y ajenos, prostituye historias, rescata villanos, condena inocentes... y cuando ya todo está muy averiado, cuando ya nada en absoluto se puede ni arreglar, es entonces que uno se muere, y por tradición cuando se está muerto uno se vuelve bueno, cuasi-santo, entrañable, un héroe que se adora en un triste altar. 

En realidad, ya no sé quién fui yo en la realidad.

jueves, octubre 17, 2013

Música

Por Berto Naviera.
Música: Libertango.
Intérprete: The Swingle Singers.
Autor: Astor Piazzolla.
Año: 2013. 

CALÍGINE
El Sol va dejándose desmayar desde lo alto de ese cielo índigo donde reina y que va perdiendo, raudo, sus fulgores otoñales. Un azul de cobalto va poblando el empíreo y la sangre del Dios Sol en sacrificio se riega por el firmamento. El día llega su fin y la Noche extiende su caliginoso reino. 
         Caminando por una larga y angosta callejuela un hombre avanza con paso rápido; voltea por sobre su hombro constantemente como si temiera ser descubierto o, peor aún, ser alcanzado por algo a lo que teme; algo que mantiene su amenaza sin estar presente. Sus pasos resuenan sobre las húmedas baldosas y las sombras que pueblan la calle encubren torvas amenazas. Su corazón y sus pasos se aceleran.
tap
tump
      tap       tap
tump
      tap       tap
tump          tump… 

         Alcanza, jadeante, la avenida próxima llena de autos veloces y entremezclados sonidos. Su ritmo cardiaco se ha calmado y sus ojos ya no buscan soterradas amenazas en las sombras. Las demás personas le son indiferentes. 

         Llega a un gran portón de sólido acero verde y toca: tres toques rápidos y luego uno más ‑tomb tomb tomb - tok‑. Unos breves instantes de espera y el portón se abre para que él penetre. Una gran bóveda, apenas iluminada, se descubre ante el hombre. Conoce el lugar, no es la primera vez que lo visita. Una mujer alta y esbelta de lacio cabello lo lleva hasta una mesa redonda y le ofrece asiento.  

         Un foro en el centro de la bóveda se ilumina con una parda luz rojiza: en él se puede observar una pareja completamente desnuda; un hombre y una mujer de cuerpos claros, lampiños, musculosos, elásticos que se mueven en pasos armoniosos bailando una danza sensual: es un tango. Sus ojos, tapados con púrpura seda, no pueden mirarse. Sus manos se juntan, sus cuerpos se acercan y luego distancian. Se buscan, se encuentran. Se mueven en ágiles pasos que unen sus piernas desnudas. Sus cuerpos se juntan en gráciles piruetas gimnásticas para luego arrojarse en bruscas corcovas. Las manos se extienden, los dedos se abren, recorren la piel de los senos, la cintura, las nalgas, las piernas.  

         La mujer alta y esbelta de lacio cabello ha traído un vaso de vidrio rosado con una bebida del color del cobalto. El hombre, extasiado en la danza, se lleva el vaso a la boca y la sorbe. Sus ojos se nublan, se pierde en el tiempo y, cuando reacciona, se encuentra desnudo y unas largas piernas ciñen su cintura mientras que su miembro penetra la húmeda vulva. Dos blancos brazos lo envuelven y cierra los ojos mientras que disfruta el tórrido vaivén de los engarzados sexos. ¿Dónde se encuentra? ¿Quién es aquella mujer de ojos profundos y oscuros que, desde el placer, lo observa? La mujer le da la vuelta y queda a horcajadas sobre su vientre. Su miembro penetra en ella profundamente. El lacio cabello cae por sus hombros. Y en el instante del clímax despliega unas grandiosas alas oscuras desde su espalda. El hombre queda absolutamente desconcertado mientras va sintiendo que desde su interior un volcán erupciona. Decenas de oleadas de placer lo hacen perderse en el caliginoso abismo y cierra los ojos. 

         Una luz intensamente blanca lo espabila. Un automóvil ha dado vuelta en la cercana avenida y la luz de los faros le da de lleno en los ojos. El hombre reacciona, levanta la mano y se da cuenta de que sigue dentro del callejón. Las sombras que abundan esconden inexplicables peligros y apresura el paso y su corazón se apresura. ¿Ha tenido un sueño? No lo sabe, su cabeza se encuentra confundida.  

Tap
tump
      tap       tap
tump
      tap       tap
tump          tump…

Sus pasos y su corazón aceleran el ritmo. Las luces de la avenida próxima ya están cerca. 

         Desde un oscuro rincón le llega un murmullo, una silueta se mueve en la sombra. Una imperceptible voz le rumora: Weather to fly.
 

jueves, octubre 03, 2013

Qué leer


Por Yara de Mort.

 
El péndulo de Foucault de Umberto Eco

Hasta hace pocos años, la red de Internet era solo una especie de proyecto cuyo limitado alcance cobijaba nada más que a unos pocos sectores de la sociedad en el mundo; hoy, en cambio, es una herramienta tan vasta que se ha vuelto parte de la vida cotidiana del humano promedio, otorgándole ventajas tan variadas que van desde acceder a una película hasta convocar un movimiento revolucionario en unos cuantos clics. Los libros no son la excepción y fue de esta manera, a través de Internet, como llegué a mi recomendación de este mes: El péndulo de Foucault del piamontés Umberto Eco.
No hay duda de que los defensores y amantes del libro impreso sucumbimos cada día más ante los encantos del libro electrónico; yo, que me he mostrado renuente al segundo desde su aparición, puedo constatarlo. Hace poco más de un año recibí un regalo harto desconcertante: una kindle; esto es, un dispositivo electrónico de almacenamiento y lectura de libros. Este aparato menos cálido que el libro de papel, mucho menos estético, mucho menos entrañable, pesa muy poco, es de tamaño pequeño y, sin ofrecer resistencia a ser portado en una bolsa de mano, puede contener cientos de libros en su memoria. Piénsese, por ejemplo, en lo atractivo que es cargar con el DRAE a todas partes sin lidiar con su peso. Uno trae literalmente una biblioteca en la bolsa para usarse en cualquier momento y la batería no es gran problema porque el gasto de energía es tan pequeño que esta dura alrededor de un mes.
Por supuesto que la discusión libro electrónico vs libro impreso no es muy fructífera, sobre todo porque ambas realidades conviven hasta ahora sin que nadie haya podido impedirlo. Pienso, en cambio, que hay libros que se compran en la librería y se leen para no volver a tocarlos nunca y hay otros que se atesoran en un lugar preferencial del librero y a los que uno vuelve siempre por muchas razones de consulta o puro gusto. Luego, imagino las posibilidades ilimitadas que un aparato de lectura de libros ofrece en este tenor. Cada día hay más y más repositorios electrónicos montados sobre Internet que ofrecen gratuitamente una gran cantidad de títulos y hay también sitios y artículos que enlistan y recomiendan estas plataformas, basta para hallarlos con googlear “descargar libros gratis” o “sitios para descargar libros” para que aparezcan miles de resultados. Hay también sitios para cambiar el formato de un libro para hacerlo legible en un dispositivo específico.  Luego, un aparato de libros te da la posibilidad de hojear o leer un libro que posiblemente comprarás después para tenerlo de consulta en un lugar privilegiado; o bien, de  botarlo sin haber gastado un peso si a tu gusto el título no mereció la pena. Piénsese también en todas las revistas electrónicas que año con año suben a Internet las universidades y que ahora pueden leerse en cualquier lugar desde este tipo de dispositivos.
En fin, antes de que la Internet fuera lo que es ahora, existió una vez una triada de investigadores, amantes y asiduos de los libros y no por ello peleados con los avances tecnológicos y las computadoras. Ellos quisieron inventar y escribir un día la historia de los caballeros del Temple, una orden de caballería que se volvió, para otros poderosos, incómodamente poderosa y que debió ser exterminada de forma cruel y ominosa por la Santa Inquisición. Uno a uno, los templarios fueron pasando a la hoguera como en fila india, como dóciles corderos en franco matadero. Ellos cuyo entrenamiento y hábitos guerreros  y ascéticos habían vencido  a los moros en más de una ocasión, ellos que podían caminar días y días a través de desiertos y nevados con apenas unas racioncillas de comida y agua, ellos cuyas destrezas les habían valido la independencia y el  poder económicos por encima no solo de otras órdenes sino de uno que otro rey, ellos se dejaban matar ahora sin meter las manos… ¿Por qué?
Nuestros tres investigadores de finales del siglo XX, Diotallevi, Belbo y Casaubon, libros y computadora en mano, justifican la mansedumbre de los templarios bajo el enigma todopoderoso de un misterioso secreto. Los guerreros se dejaron matar, dicen ellos, para proteger un Secreto pero, ¿qué secreto era ese?... Si el destino de estos sabios hubiera sido menos trágico, seguro hubieran estado encantados de tener una kindle el día de hoy, una laptop les hubiera facilitado mucho el trabajo para programar su Abulafia desde cualquier lugar en Francia o Italia y tal vez Belbo le hubiera podido telefonear a Casaubon desde su teléfono celular antes de ser secuestrado.
El péndulo de Foucault es la historia de una historia que devoró a sus creadores.  No había leído de corrido un libro tan largo desde hace tiempo, pero cada minuto de lectura fue tan emocionante que pienso volver a hacerlo, no desde la kindle sino desde el papel de una bonita edición impresa. Umberto Eco tiene entre muchos escritores la cualidad del desenfado. Sus libros teóricos son tan afables y entretenidos como sus novelas y dignifica en mucho el trabajo del investigador académico que busca, selecciona, compara y ordena los datos bajo una nueva propuesta que es su aportación personal. No vamos a encontrar en este libro las conclusiones a las que llegó un charlatán con toga de sabio, no nos enteraremos de que el Santo Grial está escondido en el pináculo de la Torre Latinoamericana, no deduciremos de la mano de un payaso que la OCDE es en realidad una sociedad secreta hija de la Rosacruz; por el contrario, en ratos el narrador se burla cínica e intencionadamente de aquellos charlatanes sacerdotes de la idolatría y la enajenación.
Lo filosófico no es ajeno al libro como tampoco lo es la mera aventura; es un libro como para gozar y para pensar, para emocionarse y para desconfiar. El gran mérito de El péndulo de Foucault es el razonamiento científico que va más allá de lo literario y la proporción de la estética que va más allá de lo matemático. Esta novela no pretende ser un libro serio de ciencias y sociedades ocultas como pretenden serlo muchas payasadas que se venden hoy como pan caliente, pero tampoco es una historia a secas, tiene la suerte de haber sido escrito por un erudito, un investigador de verdad con hábitos y disciplina científicos, y en tanto puede proporcionarle al lector una gama de razonamientos y marañas para desenmarañar puede también calificar como una especie de juego mental en el que aprendemos a ser más críticos con la información, más amantes de la historia y menos reacios a las computadoras.                    

   

jueves, septiembre 05, 2013

Con pincel y tecla


Por Yara de Mort.
Texto inspirado en una pintura, sin título, de Donka Nucheva Ellectra. 

ELEKTRA
AQUÍ TODAS SOMOS IGUALES. ¡QUÍTATE, PERRA! ¡¿QUÉ TE CREES?! ¡ESTE ES MI LUGAR! NO VOY A DECIRTE LO QUE TIENES QUE HACER PERO DEJA DE JODERME Y BÓRRATE. ESTOY HASTA LA MADRE DEL RINCÓN QUE ME DEJARON DONDE NUNCA PESCO NADA. A MÍ ME VALE UN PITO LO QUE AGARRES O SUELTES, YO SIEMPRE HE ESTADO AQUÍ Y VAS Y CHINGAS A TU MADRE CON TU RINCÓN. Elektra no necesitó vociferar para mostrarle a su madre quién era quién. Ella y Orestes supieron muy bien lo que era el derecho paterno. Porque el amor al padre siempre es más fuerte que el que se da a la madre. Las Erinas se equivocaban, estaban muy brutas por defender emperradamente a Clitemnestra. Mira que la que es puta es puta, y tiene garras también, y jadea, y se sabe mover en todas partes.

          NO HE TENIDO MÁS QUE TRES CLIENTES EN TODO EL DÍA. TRES PINCHES MUGROSOS BORRACHOS. DÉJAME POR FAVOR QUE ME QUEDE AQUÍ. A Sasha le da igual lo que a la otra le apure. Ella tiene sus propias broncas y no se anda por las ramas por un chiflido al corazón; además más vale la puta que te parió que por el amor de Dios. La otra escupe su chicle en el asfalto, se da media vuelta muy francamente encabronada y se retira con lo poco que le queda de dignidad. HIJA DE PERRA, PERO ME LAS VA A PAGAR; PINCHE GÜILA MAMONA… Pero Clitemnestra no amaba a nadie…, ni siquiera a Egisto; la adúltera nada más lo uso para chingarse al Agamenón.
Afortunadamente para la agredida la venganza llega pronto. Un par de chotas han pasado a atorar a la Sasha mientras la otra, a salvo, contemplaba y se burlaba desde su esquina oscura. SEGURO LE QUITARON TODO. ¡JA! ESO TE PASA POR PUTIZORRA. ¿Cómo le daría Elektra la noticia a Orestes?, ¿en qué oscuro callejón quedarían atrapados los hermanos ante la ofensa al padre? El padre es sagrado, el padre es sagrado… la madre no puede faltar al padre. La puta contempla gozosa los billetes escasos que ha obtenido de los tres borrachos mugrosos que, consecutivamente, han solicitado sus servicios de las 9 a las 11 de la noche. De ahí en fuera no ha habido nada. Toda la tarde y nada. La mitad de la madrugada y nada. Dependiendo del sapo es la pedrada, pero estos sapos estaban muy pinches; eran sapos —no vacas—, sapos flacos.
—Hermano, el honor de nuestra sangre es injuriado. Nuestro padre muerto está por nuestra madre y su amante. ¡No podemos permitir que la sangre sagrada de nuestro amado padre quede sin venganza!— Elektra camina seductora hasta la acera para reírse mejor de la vencida. Un Ferrari al costado le detiene el paso. Ella sonríe, siempre lasciva, siempre carrasposa. Se toca las nalgas excitada, sabe que este puede ser El cliente del día. ¿CÓMO ME VES, MI AMOR, JUGAMOS UN RATITO? El tipo del coche, calvo y sesentón pero con ropa fina, le abre la puerta. ¡YO SABÍA QUE ESTA ERA MI NOCHE! Voltea victoriosa a sonreírle a la Sasha ceñuda. BUENAS NOCHES, MI REY. ¿A DÓNDE ME VAS A LLEVAR? AL CIELO, CHIQUITA. TE VOY A DAR LO QUE TE GUSTA… Y DIME SEÑOR JUEZ, PUTITA, QUE PARA ESO SIRVO A LA NACIÓN. ¡AY!, MI SEÑOR JUEZ, YO TAMBIÉN LE VOY A DAR LO QUE USTED QUIERA. Elektra le sobaba la calva pulcra al juez.
Los tórtolos cruzaron la avenida de extremo a extremo. Elektra no pudo ocultar su desilusión  cuando aparcaron el auto en un hotelito pinchurriento y pasaron a una habitación sin identificarse previamente en la recepción. ¡QUÍTATE ESA FALDA DE PUTA Y LOS CALZONES!, ordenó el señor magistrado. La aludida obedeció ya sin coqueteos y sin preguntar nada. ¡ÍNCATE SOBRE LA CAMA!, vociferó otra vez el patrón. La güila se puso sobre cuatro patas. El juez quiso penetrarla frenético, pero la cosa amorfa, flácida, no le respondió; luego cogió la corbata y estranguló a la puta. SABÍA QUE NO ERA UN BUEN DÍA, pensaba ella mientras sentía el peso grasoso del calvo. Las erinas argumentaron en el juicio sumario que si bien el padre es sagrado, es más sagrada la madre. Uno no puede estar completamente seguro de quién es su padre, uno no mira cómo lo engendran, no verifica su origen; en cambio, no se duda de la madre. De la madre nace uno sin discusión alguna. La madre es más sagrada que el padre. El derecho materno domina sobre el paterno. Si Elektra entonces fue absuelta, pues los dioses se dejaron llevar por el amor a Agamenón, ahora estaba perdida, irremisiblemente muerta bajo el peso grasiento y calvo de la justicia.

jueves, agosto 29, 2013

Música

Por Berto Naviera.
Tema musical: Wytches' Brew.
Intérprete: Omnia.
Álbum: World Of Omnia.
Ano: 2009. 

AMARIS 

En el amor nunca ha habido leyes que rijan o normen conductas y actos entre amantes. La unión de los cuerpos ha seguido a la unión de los labios que han seguido a la unión de las manos y las ansias se suman en una sola y ardiente necesidad de fundir la piel. Pero siempre debemos estar prevenidos, nunca hay que caminar a ciegas ni permitirse una excesiva confianza; las reuniones sentimentales en ocasiones tienen un trasfondo oscuro y su origen está más allá de los sublimes sentimientos de los enamorados. La terrible verdad, casi siempre oculta a su contraparte, no deja de ser un sino terrible, aún más por desconocido, a su fatal destinatario.

Salomón Häns, brillante estudiante de la carrera de economía en afamada y particularísima universidad de rígido perfil judío-ortodoxo, es el futuro heredero de las formidables empresas multinacionales que forman el Emporio Häns y ha sido, irremediablemente, atrapado por los grandes ojos oscuros de la joven becaria que cubre los turnos vespertinos en la biblioteca de la citada universidad. A la joven bibliotecaria no le faltan femeninos dones que atraen indiscretas y arriesgadas miradas de sus compañeros que violan con ello la rígida moral que impera en la estructura social de la escuela y que es estrictamente vigilada por sus rígidos tutores. Una abundante y negra cabellera rizada forma el marco perfecto a un rostro de rasgos largos y finos, los labios no gruesos, rosados y delicados se fijan perennes en amable sonrisa. Los ojos, profundos y oscuros, misterios encierran que sus compañeros, sensuales, en vano descifrar atinan. Una virgen pintada por Rubens, una maja trazada por Goya su figura evoca aún por debajo del suelto uniforme de bibliotecaria de escuela judía.

El joven Häns hace tiempo la mira pero no se atreve a la cercanía formado como los demás estudiantes en las rígidas reglas de la Cofradía. Su corazón late cuando cree que adivina rubores y discretísimas respuestas de su compañera. La Logia lo marca, su tímido amor lo indisciplina. Verónica se llama el motivo de su rebeldía.

La Diáspora norma sus posibilidades de elegir pareja y compañía. El destino es seguro y brillante, solo se trata de seguir las normas, cumplir los preceptos, la voz del decano que paciente y amable lo guía.

Al fin se decide y anuncia a sus padres su irremisible osadía: hará de Verónica su compañera de vida. Solo hay un problema, nadie está seguro de que la elegida pertenezca a la cofradía. Aunque todos la conocen su origen parece indefinido. Se hacen preguntas y averiguaciones que aclaren el origen de la distinguida. Las normas son claras: debe ser judía, de origen y aún mejor de genealogía.

Las pesquisas dan fruto y la pretendida resulta judía, de un largo abolengo y noble y acaudalada familia. Solo una peculiaridad da un matiz extraño a su singular prosapia, no aparecen hombres, todas son mujeres. Una larga tradición femenina. Todas similares; parecen una misma. Solo cambia el vestuario, la moda, los muebles y tapicería; el rostro es el mismo, eterno, de siglos.

Entrada la noche la ciudad duerme y descansa mientras el firmamento una grandiosa Selene ilumina. Las sombras de los altos cipreses la noche vuelven aún más sombría. Entre los edificios de la ciudad una casa refleja en sus ventanales apagadas luces de una pira en los amplios jardines. Tres mujeres cantan una ronda bailando en torno a un caldero. Tres Amaris idénticas el conjuro practican. 

Double double toil and trouble
Fire burn and cauldron bubble
Double double trouble you
Bubble in a witches' brew
 

jueves, agosto 15, 2013

Qué leer

Por Yara de Mort.



Viaje del Parnaso. Poesías sueltas, de Miguel de Cervantes
Todo buen bibliófilo chilango sabe por antonomasia que uno de los mejores lugares para encontrar tesoros es la calle Donceles del Centro Histórico de la Ciudad de México, ex Región más transparente del aire; pues es allí donde se encuentra el mayor conglomerado de librerías de viejo del Distrito Federal. Allí uno se pone a dar paseos de librería en librería en un día libre de exploración entre trascendental y casual y no es raro hallar a precios irrisorios libros perfectamente nuevos, con plástico y todo, de ediciones españolas, en pasta dura, con un buen prólogo y que se empolvan esperando al soñado lector que puedes ser Tú.
Encontré allí uno de estos días el Viaje del parnaso junto a Poesías sueltas del ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes. Como soy su muy asidua y fiel lectora, y no me da miedo leer por kilo porque por kilo y no por frase leía Don Quijote ¡je!, pues adquirí aquel maravilloso tomo introducido nada menos que por Vicente Gaos, crítico de origen español licenciado por la Universidad de Madrid y doctorado a mucha honra por la UNAM. Las manos me dieron comezón para quitarle el plástico a aquel muy bonito tomo de color café de la Biblioteca Castalia y más tardé en eso que en sentarme en la Alameda acompañada de un café y un amigo a leer en alta voz algunas de las Poesías sueltas. Un viejo encantado se fue a sentar a mi lado y, fingiendo que era la fuente delantera la idem de su admiración, escuchaba impávido y maravillado al gran Cervantes salido de mis labios que para eso mi voz yo le prestaba.
Los más de los versos dedicados son a personajes ilustres de la dichosa edad y siglo dichoso que vieron nacer al insigne manco de Lepanto, comenzando por la reina Isabel de Valois, pasando por frailes y santos diversos hasta llegar al túmulo de Felipe II. Son estos poemas los que no tuvieron cabida dentro de sus otras obras; son, pues, en verdad, sus poemas sueltos y se incluye, además, una sección de Poesías sueltas atribuidas a Cervantes. El libro es una maravilla porque no le falta ni estética ni contenido ni numerosas notas explicativas que harto facilitan la lectura tanto al inexperto como al más de los doctos.
El prologuista inserta al lector de una manera atinada en los versos de Cervantes pues, es cierto, se suele comparar y medir a poeta con la vara de su prosa, cosa de por sí errónea y fuera de lugar. Si bien Cervantes no es el más grande poeta que haya dado su siglo, tal como sí es el prosista, tampoco desmerece en nada a otros de su tiempo.
La cosa se puso mejor cuando en solitario retomé el hermoso ejemplar para leer el Viaje del parnaso, pues en verdad no he visto mayor ingenio en los pasados tiempos ni lo veré en los venideros siglos. Una maravillosa técnica del verso narra la historia del mismo ingenioso hijodalgo de Lepanto que visita el Parnaso donde reina  Apolo con su séquito de ninfas. De estilo épico y gracioso, agraciado quiero decir, la lectura hace alarde de buen humor como  el autor del texto lo hace de su exquisito conocimiento de la época y de los escritores que en su tiempo sonaban; hay que decir que quizá ninguno creció tanto ni fue tan grande como él mismo.

El Viaje del Parnaso es una aventura en que con Apolo se embarcan los buenos poetas de ingenio delirante y libran una divertida batalla contra los malos poetas y la escritura facilona. Es una verdadera lástima que hoy en día no se comida Apolo a erradicar, como entonces, esas letras, de poco seso y mucha pretensión, de los que, citándose siempre as sí mismos y hablando se sí en tercera persona, presumen de vanguardistas y bajo tal premisa envilecen el arte. A la carga va el hijodalgo con el padre Apolo y no es esta la única función que cumple en el texto, porque previamente ha de ser él y solo él quien juzgue y aconseje al mismo dios del parnaso quiénes son dignos de unirse a las filas de los buenos y quiénes deben ser desechados y sus libros erradicados por el perjuicio que ocasionan a las confusas y poco avispadas mentes. Convirtió Apolo en calabazas a los inconformes, y qué bien obraba el dios y qué enterado estaba de la grandiosidad de Cervantes, porque ningún otro poeta ni ningún otro creador de toda arte y todo tiempo estaba mejor capacitado para el trabajo.
En fin, que cada quien es hijo de sus obras y sabe muy bien que prefiere leer. Yo me quedo con la maravilla que representa volver a los clásicos, me quedo con la épica en verso y la crítica inteligente y fundamentada. Me quedo con los libros de Donceles que se empolvan otoñales en los estantes y las mesas, me quedo con mi manco y con su ingenio. Dios te guarde, Miguel de Cervantes, con Apolo, y que sean los malos y deslucidos poetas convertidos en un mar de calabazas y que seas tú laureado por la mano del sol, y que sea yo contigo y me guardes algún día un lugar en el Parnaso. Así sea.