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| Ojos brujos Nomi |
OJOS BRUJOS
Con los ojos nos ven. Recuerdo la infancia. Las tardes sin cuento ni poesía, las tardes profundamen-te agotadas en las que se agotaba el repertorio. Justo esas tardes se hacían honores a la historia familiar y con ella venía la más hermosa de las tías abuelas, la de los cabellos dorados y ojos azules. Aún sentimos su pérdida, la de sus ojos, que ya no vimos más.
¿Qué importancia tiene el color? Por su utilidad, ninguna, los ojos azules ven como los otros, algunos ven menos si sufren alguna patología. Sin embargo, los poetas les rinden tributo. El azul conecta con lo divino, con el cielo y, en el más humilde de los casos, evoca un mar en calma. En occidente relacionamos los ojos azules con lo bueno, lo bonito, lo confiable. Nos gusta verlos, nos gusta ponérselos a las princesas de nuestros cuentos; las brujas, en cambio, tendrán ojos verdes o negros.
El verde, según sus diversas tonalidades tiene un abanico de evocaciones: la serenidad de un lago, el destello de las esmeraldas, la alegría primaveral de un jardín; pero conforme son más incoloros se convierten en los típicos ojos del gato, desagradables a la vista si se enmarcan en un rostro humano, son ojos que inquietan, cuyo contacto se evita casi por instinto. Si la piel es oscura y los ojos verdes el resultado es el misterio, se juntan el atractivo exótico con el peligro; imaginamos así a los gitanos que son cantores, bailadores, embaucadores, adivinos, brujos y ladrones. El negro representa lo negativo, el lado diabólico del universo, el caos, la profundidad abismal; si un personaje tiene ojos negros, serán puñales, penas de amor, rencor, olvido; no se discute su belleza, se teme lo que representan y los daños que pueden causar.
Hay colores de ojos típicamente intrascendentes. Suena forzada, por ejemplo, la letra de un bolero que elogia a los ojos color café, para café suena mejor el “patito, patito color de café”; quizá esto constituya un prejuicio generado por la costumbre o la poca habilidad poética del compositor. Lo cierto es, que ya sea en un bolero o en una novela, si se quiere encumbrar unos ojos color café, se tendrá que hacer un trabajo impresionante; no es sencillo darle la vuelta a un paradigma y menos cuando no es necesario. Otro color poco agraciado es el color miel, qué poeta le canta a unos ojos de ámbar como no sean los ojos amarillos de un hepático, nada sublimes por cierto. Los ojos castaños son comunes en México, los vemos todos los días, en el pesero, en el mercado, en la facultad... ¡Ah! pero lo interesante en ellos no es el color.
Nos ven y nos hablan. Son las puertas del alma, dicen. Si uno está enojado, si está triste, si está enfermo, se descubre en los ojos. Y bueno, si uno está enamorado a los ojos se les va la lengua. La pupila se expande y luego los párpados bajan. No como cuando los bebés hacen ojitos, eso es caricaturesco. Me refiero a lo que le ocurría a la “Malagueña”, sus ojos querían mirar pero ella no los dejaba, porque la mirada encierra todo un código. Una mujer de buenos principios no mira de frente a un hombre, baja los ojos, coqueta y tímidamente. Cada vez esto se da menos por la liberación femenina, pero no deja de ocurrir. Está arraigado a nuestra forma de ser. Si ella mira de frente, se pueden asumir dos cosas: o se trata de una mala mujer o ella construye una barrera, iguala condiciones con su oponente y corta sus alas. Una y otra se distinguen por la expresión. En el saludo la cosa cambia, si un hombre o una mujer dan la mano y no ven al otro, puede ser distracción o de plano inseguridad.
Nos decimos cosas con los ojos si hay contacto visual y también si no lo hay. Si estamos de frente o si no lo estamos. Los ojos llaman de manera muy eficiente a los otros. Para comunicarse con alguien por teléfono, primero debemos tener el aparato a mano; luego marcar el número, si contamos con una clave rápida ya la hicimos, si no tendremos que digitarlo y el proceso tardará un poco más; luego la espera, y al final nos manda a buzón: “será para la próxima, sigue participando”. Si le hablamos a alguien que nos da la espalda a tres metros de distancia, debemos emitir sonido, si hay mucho ruido mejor nos acercamos. La mirada no necesita eso, es como una extensión de nuestro cuerpo, viaja a través de la distancia, toca e invariablemente el observado voltea. En el microbús, en el teatro y en cualquier lugar público donde nuestro objeto de atención sea un perfecto desconocido. El momento del encuentro es algo bochornoso pero divertido porque confirmamos nuestra capacidad de embrujo.
Sí… fue en la época de la revolución. Una mujer de ojos zarcos pidió cargar a la niña, la bisabuela no quiso, fue por falta de confianza. No habían llegado a la casa cuando comenzó el vómito y luego se vino la diarrea. Toda la familia salió en búsqueda de la gitana; dicen que el mal desaparece cuando el que echa el ojo abraza al enfermo, hay quienes afirman que hasta es bueno que la unten con su baba. Pasar un huevo con alcohol es también bueno, aunque no tan poderoso. Nadie dio razones del paradero de la mujer y fin de la historia, otra rama del árbol genealógico que no se desarrolló.
En nuestros días consideramos el mal de ojo como una superstición. Todo se resuelve con la ciencia y cuando la ciencia no puede, es que no puede la ciencia. El problema ya no es que alguien con la mirada pesada haya puesto su atención en nosotros o en nuestros seres queridos y nos atraiga la muerte, el gran problema es no ser visto. Nos hemos deshecho del mal de ojo con el mejor de los remedios: el pasar desapercibidos. ¿Y la muerte? Hay muertos en vida completamente ignorados. ¿Quién tuviera cabellos dorados y ojos azules?, se dicen las niñas... Pero en el micro, en el teatro, en cualquier lugar, la magia sigue ocurriendo y de repente nos encontramos y bajamos la mirada.
Madeja Lazos.

2 comentarios:
¡Felicdades!
Bajo un lenguaje relajado, casi divertido, abordas con certeza tu tema. Nos llevas despacio primero para después provocar el despeñamiento que ineludiblemente termina en la añoranza.
Muy bueno.
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