jueves, marzo 14, 2013

Ensayo


Por Madeja Lazos.
Con ilustración de Rocamadour.
 

Privilegio colectivo
 

Todos los días de la semana, miles de personas se mueven de un lugar a otro en el transporte público de la Ciudad de México. Muchas veces esas personas van aburridas, cansadas, preocupadas y tristes. Unos llevan puestos los audífonos, mientras otros juegan con su celular; no puede faltar la señora que va tejiendo a riesgo de picarle el ojo al de junto; ni la jovencita que se va retocando el maquillaje; algunos leen y otros hasta hacen la tarea. Bueno, pues ese grupo de individuos puede ser privilegiado. Un buen día el joven de los audífonos será ascendido en su trabajo y le propondrá matrimonio a una de las jovencitas que se maquilla… tal vez, pero no es a eso a lo que me refiero. Ellos pueden ser privilegiados por el mero hecho de ir en el transporte público, y no, no se ha abierto un nuevo programa de concursos que premie al vagón del metro con los pasajeros más extravagantes, ni al que lleve justo la cantidad de gente que se le ocurrió a una edecán en la televisión. Los pasajeros, quienes probablemente sueñen con un coche que circule todos los días, pueden acceder al privilegio de observar un buen espectáculo artístico. 

         La suspicacia de mi querido lector le estará diciendo que la autora de este texto viaja en transporte público. En efecto, he probado de todo y puedo afirmar que he terminado metreada, combiada, taxiada y trolebuseada. Quien lo haya vivido no me dejará mentir, es toda una experiencia; desde el momento en que se buscan las monedas o la tarjeta para subir, hasta cuando se desciende o de plano se emerge de la tierra. Desde hace unos tres o cuatro años he percibido una notable mejoría en las presentaciones de los que se suben a “ganarse la vida porque se quedaron sin trabajo” o los que “piden una moneda para sostener sus estudios y salir adelante”. Éstos últimos, quizá, sean los más buenos. ¡Qué dúos señores!, ¡qué solistas! Y no sólo cantan, algunos hacen pequeñas representaciones teatrales, otros declaman. 

         Los últimos que escuché eran dos raperos. Su interpretación no fue del agrado de todos los pasajeros; debido al género músical y a las alusiones directas que los chicos les hacían, sin faltarles el respeto, claro. Pues precisamente esa habilidad de improvisación, la que enrojeció las mejillas de la chica con mochila negra, es digna de elogio. Debo confesar que muchas veces estos artistas callejeros me han hecho el día. Sólo imaginen. Saliendo del trabajo, pensando en la inmortalidad de la rutina pesada, con un bonche de hojas que leer para la escuela entre las manos y de pronto escuchar: “Las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué se yo, viste”, con una voz que no le pide nada a ninguna “garganta con arena” y una pinta… bueno, me muero. Y por supuesto, no fui la única, detrás de mí pude escuchar a una mujer hablando con otra: “¿tienes cambio?, sí esa moneda, se la voy a dar porque se la merece”. Desconozco cuánto ganan estos levanta ánimos, cuenta la leyenda que llegan al banco con bolsas repletas de moneditas y en breve se hacen millonarios. Espero que así sea. 

No voy a hacer un análisis pecuniario sobre el arte porque siempre es deprimente y lamentable. Tampoco voy a presumir que soy una experta en cantores y que he descubierto al nuevo ídolo de México, para nada. Sólo sé que escucharlos es un privilegio, un gozo exclusivo para quien se sube al transporte público, ya sea por necesidad o por el gusto de vivir un safari urbano de bajo costo. Estoy consciente de que verlos con buenos ojos y escribir sobre ello parece asunto de un miembro de “únete a los optimistas”. A muchos les molestan y argumentan que el transporte público es para ir de un lado a otro, que debe ser fluido y eficiente; y en resumen opinan que la gente que se sube con fines distintos a los de transportarse estorba. Bueno, pues ellos, los estorbosos, me han llevado de la bilis al buen sabor de boca; y seré cursi hasta la médula, pero he descendido de un microbús con una sonrisa de oreja a oreja. No, estos artistas no se merecen las moneditas que les damos, y tal vez nosotros tampoco los merezcamos a ellos. Pero ahí están, en exclusiva y en vivo para nosotros, para todos. 

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