Por Madeja Lazos.
Con ilustración de Rocamadour.
Privilegio colectivo
Todos
los días de la semana, miles de personas se mueven de un lugar a otro en el
transporte público de la Ciudad de México. Muchas veces esas personas van
aburridas, cansadas, preocupadas y tristes. Unos llevan puestos los audífonos,
mientras otros juegan con su celular; no puede faltar la señora que va tejiendo
a riesgo de picarle el ojo al de junto; ni la jovencita que se va retocando el
maquillaje; algunos leen y otros hasta hacen la tarea. Bueno, pues ese grupo de
individuos puede ser privilegiado. Un buen día el joven de los audífonos será
ascendido en su trabajo y le propondrá matrimonio a una de las jovencitas que
se maquilla… tal vez, pero no es a eso a lo que me refiero. Ellos pueden ser
privilegiados por el mero hecho de ir en el transporte público, y no, no se ha
abierto un nuevo programa de concursos que premie al vagón del metro con los
pasajeros más extravagantes, ni al que lleve justo la cantidad de gente que se
le ocurrió a una edecán en la televisión. Los pasajeros, quienes probablemente
sueñen con un coche que circule todos los días, pueden acceder al privilegio de
observar un buen espectáculo artístico.
La suspicacia de mi querido lector le
estará diciendo que la autora de este texto viaja en transporte público. En
efecto, he probado de todo y puedo afirmar que he terminado metreada, combiada,
taxiada y trolebuseada. Quien lo haya vivido no me dejará mentir, es toda una
experiencia; desde el momento en que se buscan las monedas o la tarjeta para
subir, hasta cuando se desciende o de plano se emerge de la tierra. Desde hace
unos tres o cuatro años he percibido una notable mejoría en las presentaciones
de los que se suben a “ganarse la vida porque se quedaron sin trabajo” o los
que “piden una moneda para sostener sus estudios y salir adelante”. Éstos
últimos, quizá, sean los más buenos. ¡Qué dúos señores!, ¡qué solistas! Y no
sólo cantan, algunos hacen pequeñas representaciones teatrales, otros declaman.
Los últimos que escuché eran dos
raperos. Su interpretación no fue del agrado de todos los pasajeros; debido al
género músical y a las alusiones directas que los chicos les hacían, sin
faltarles el respeto, claro. Pues precisamente esa habilidad de improvisación,
la que enrojeció las mejillas de la chica con mochila negra, es digna de
elogio. Debo confesar que muchas veces estos artistas callejeros me han hecho
el día. Sólo imaginen. Saliendo del trabajo, pensando en la inmortalidad de la
rutina pesada, con un bonche de hojas que leer para la escuela entre las manos
y de pronto escuchar: “Las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué se yo,
viste”, con una voz que no le pide nada a ninguna “garganta con arena” y una
pinta… bueno, me muero. Y por supuesto, no fui la única, detrás de mí pude
escuchar a una mujer hablando con otra: “¿tienes cambio?, sí esa moneda, se la
voy a dar porque se la merece”. Desconozco cuánto ganan estos levanta ánimos,
cuenta la leyenda que llegan al banco con bolsas repletas de moneditas y en
breve se hacen millonarios. Espero que así sea.
No voy a hacer un análisis pecuniario sobre
el arte porque siempre es deprimente y lamentable. Tampoco voy a presumir que
soy una experta en cantores y que he descubierto al nuevo ídolo de México, para
nada. Sólo sé que escucharlos es un privilegio, un gozo exclusivo para quien se
sube al transporte público, ya sea por necesidad o por el gusto de vivir un
safari urbano de bajo costo. Estoy consciente de que verlos con buenos ojos y
escribir sobre ello parece asunto de un miembro de “únete a los optimistas”. A
muchos les molestan y argumentan que el transporte público es para ir de un
lado a otro, que debe ser fluido y eficiente; y en resumen opinan que la gente
que se sube con fines distintos a los de transportarse estorba. Bueno, pues
ellos, los estorbosos, me han llevado de la bilis al buen sabor de boca; y seré
cursi hasta la médula, pero he descendido de un microbús con una sonrisa de
oreja a oreja. No, estos artistas no se merecen las moneditas que les damos, y
tal vez nosotros tampoco los merezcamos a ellos. Pero ahí están, en exclusiva y
en vivo para nosotros, para todos.

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