jueves, septiembre 29, 2011

Cartas a Gregorio (Parte 5 de 6)

22 de marzo de 1994.

Mi amado Gregorio, mi único resquicio de sanidad.

Sé que prometí escribirte la semana consecutiva a mi última carta, pero es que tú no sabes el infierno en el que he sido arrojado, no sabes el miedo en el que vivo, mi vida ya no es la misma, me es tan difícil discernir lo que es real de lo que es ficticio, incluso me cuesta saber si esto que te escribo es realmente una carta o tan solo es la perra jugarreta de mi envilecido cerebro, la puta de Arronte me ha suministrado tanta porquería que no puedo ni saber cuando estoy dormido y cuando estoy despierto, ella tampoco me ha creído, nadie lo hace, todos me miran con esa maldita compasión que detesto, no estoy loco, no al menos del modo en que la gente me cree, sé bien lo que he visto y he vivido noche tras noche desde hace ya tantos días, no sé ni en qué mes ni día vivo. Te necesito desaforadamente, necesito tu voz para instarme a resistir a tu regreso, necesito tus palabras que me consuelen aunque sea de modo ficticio, me urges Gregorio, no seas tirano y levántame, yo sé que tú me creerías, yo sé que solo tú posees ese don tan bendito con el cual puedes identificar que te digo la verdad con tan solo el modo en que te miro, me falta tu fuerza, tus abrazos, te necesito.

Todos me juzgan loco, desquiciado, yo tengo miedo de que tú pienses que todo esto que te escribo sea montaje sensiblero y chantajista para que te compadezcas de mí y así regreses, pero no es cierto, te lo juro que no es cierto, te juro que sufro de un modo artero y terrible, y aún de lo dislocado de mi estado, de mis locuras, sé muy bien Gregorio, lo qué he vivido, lo que me persigue cada día más agobiantemente desde la última vez que te he escrito, se distinguir lo que mis ojos, aunque atravesados de sueño, perciben de este mundo, todo lo que me ha acontecido es irrenunciablemente cierto, no existe sueño alguno capaz de reproducir con tal grado de exactitud y detalle lo que yo vivo, el frío de la noche, la mullidura de las pantuflas, el atroz e insoportable aullido de los perros, la escalofriante y fantasmagórica imagen que se me dibuja ante los ojos a las tres en punto de cada madrugada, la sangre de la funka en mis piyamas y en mis manos, su cadáver destrozado por mis uñas y mis dientes, la furia con la que arranque la aulladora y rampante vida de su cuerpo ante la desesperación inverosímil de éste némesis, las salpicaduras de arena en mi rostro cuando la fui a sepultar al margen de las salinas, el dolor de mi corazón y el odio que le tengo a la noche, los moretones que tengo en el rostro al golpearme yo sólo ante la desesperación irremediable de que anochezca, el despertar súbito y violento con que me salto apabullado por el terror en mis sueños, la insipidez del alimento, la frialdad del agua caliente, la perforante ulcera con que me perfora el medicamento, ya nada me consuela Gregorio, por piedad asísteme, te lo ruego.

Hoy me encuentro confinado en mi habitación bajo el vigilante ojo de Astrid, me medica a cada instante, me supervisa los signos vitales y siempre tiene al cinto una jeringa con la que doblega mis suplicas violentas por piedad y entendimiento, esta tarde me ha permitido escribirte bajo la promesa de que tomaré todos mis medicamentos. Eres el único remedio que tengo, te necesito, llámame aunque sea. Se acerca la noche y cada vez es más difícil escribirte, las palabras se ven sustituidas por éste terror indecible, pero estoy determinado a que esta noche a las tres, cuando suceda la pesadilla vívida de nuevo, voy a ir tras ese espectro y lo voy a desarraigar de éste mundo y si no puedo, me voy a quitar la vida yo mismo.

Desesperadamente tuyo: Adrian.

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