jueves, junio 21, 2012

Cuento

Por Víctor Alvarado.
Con fotografía de Jonay.


Todavía es tiempo de silencio

Donde hay poca justicia es un peligro tener razón.
Francisco de Quevedo.

A la memoria de Luis Martín-Santos.

He pasado mucho tiempo escondido tras el nebuloso panorama de la incertidumbre. He decidido aún, seguir de frente y no estorbar en el plan, por ignoto, que reservado me tenga el destino.
Artificio kafkiano
Jonay
          No todo lo malo se ha de vivir, en cuanto a innumerables momentos de placidez y fortuna, se han de ir barajando con los tantos e inesperados infortunios. 
          Así, comienzo este verdadero relato, de uno de tantos episodios, donde reconozco alguna equívoca ventura, al no tener más remedio que involucrarme en tan variada dificultad, casi siempre de índole legal, derivada de malintencionados actos de abuso o arbitrariedad en contra mía.
          Confesión también es de lamentarse, el haber perdido gran cantidad de pesos, tan bien habidos como mal consignados, debiendo ser dirigidos a infructuosos intentos de simplificaciones oficiales, dádivas solicitadas, apalancamientos vergonzantes, triquiñuelas institucionales y toda clase de arterías a las que la honorabilidad nunca debió enfrentar.
          Estando en tal exordio, aprovecho para confesar; debí haber abandonado en su momento el sinuoso y tremendamente satisfactorio sendero de las letras, para adentrarme, en definitiva, por el perplejo, siempre truculento pero con variadas salidas alternativas, universo leguleyo.
          Así pues, me permito comentar esta relación, con miras a ilustrar brevísimamente, esta serie de sucesos por los cuales hube de transitar. Momentos difíciles, sí, de los que sin contar cualquier afectación cuasi mortífera, salí librado.
          No del todo manifiesto mi errada suerte, por el contrario, acaso sirvan estas palabras como exhortación para aquel intrépido y novel camarada, quien pudiéndose ver frente a escenas semejantes dentro de sus múltiples excursiones cotidianas, pueda al menos contar con referencia precautoria.
          Es así como en días recientes para mí se repitió la historia, pues me vi forzado a acompañar al repartidor-chofer empleado en negocio familiar de embotellamiento de agua en garrafón de veinte litros y demás presentaciones, para dar cumplimiento legal de trámite burocrático, requerido en una oficina oscura muchísimo mal atendida de ministerio público, atestada de malhumorados garañones y damitas de torcidas muecas, después de haber sido sometido, por segunda vez, este repartidor-chofer, a tremebunda golpiza ejecutada por malandro local, promotor de autojusticia injusta y desquiciado por supuesta invasión de ruta de repartición, y, en consecuencia, supuesta menguada economía personal. Y al mismo tiempo, recibiera éste, nuestro único repartidor, como para dar y regalar, tal cantidad de insultos, amenazas y vituperios.
          Tras larga espera de turno en aquel cuchitril y amohinados de congoja, cerca de las cuatro de la madrugada, amablemente se nos acercó quien parecía un funcionario, —no lo digo por su aparente pedantería sino por el gafete cuya mica resplandecía holográficamente—; quizás fuera secretario de turno, o tal vez desempeñara alguna suerte de escribiente. Era un chaval de nariz chata, escaso cabello relamido de sustancia espesa aglutinante de abundante polvo, ocasionador eventual de estornudos incontenibles pero gratificantes, quien con voz agudísima, apenas escuchada, salida de morada boca y apretados dientes dijo: ¿puedo ayudarlos en algo? Respondí sí, golpearon al chofer repartidor por segunda vez y vamos a denunciar por segunda vez. Y el chaval dijo no, tú no puedes sino él, y señaló al chofer repartidor, y dije sí, fue a él, pero yo lo acompaño; no se procedió la ocasión anterior, por lo tanto es mi deseo hablar con la jefa, y señalé la oficina del fondo, y el tipo dijo no lo creo, además debe pasar él y no tú, y él, agachó la mirada y no supimos si quiso decir sí, o no, o nada, sólo levantó los hombros. Entonces señalé a él y le pregunté ¿qué hacemos?, y el chaval dijo pase, y quise pasar y dijo no, tú no, sino él, a él tomaremos declaración, tú te quedas ahí, espera sentado en la sala. Y él por fin hizo gesto, levantó la ceja derecha y se dispuso a pasar por la puertecilla del mostrador, atorada apenas con servilletas varias dobladas y redobladas que hacían de broche.
          Mientras fui a sentarme a las tablas, el chaval volteó en busca de señal aprobatoria de jefa, viendo de reojo un cubil interno en cuyo frontispicio se dejó ver rendija de vidrio ahumado pecoso de moscas circundantes por donde se escapaba una muy tenue luz acompañada de macabra sonrisa femenina todavía no reconocida pero ya con sospechada actitud prepotente, henchida de superioridad necesaria para ocupar riesgoso cargo ofrecido por gobierno en turno, mediante dudoso concurso o examen sumamente dificultoso al fin superado por sutiles artimañas o trucos aprendidos a lo largo de agotadora preparación para dichas pruebas. Y yo preocupado porque no podía terminar un ensayo literario de final de curso y un fulero discurso del día internacional de no sé qué demonios para el trabajo, dejados a medias en la computadora, y por venir quizá, a cumplir con un deber; más allá de la relación patrón-empleado, digamos mejor, movido por coraje interno en espera alguna de reacción nunca vista de autoridad competente, o en solidaridad acaso al compañero sumido en la desgracia, quien debido a su enclenque constitución óseo-muscular y escaso peso adquirido por deficiente dieta, característica de pobladores vecinos, según informe de reciente encuesta oficial, no pudo más que tirarse al suelo a recibir certeros porrazos y patadas bien calculadas mediante técnica ya dominada por esa bestia llena de ira y veinticinco centímetros más alta; a decir por comentarios del chofer repartidor y una testigo quien no vio los hechos pero sí al musculoso de barriga enorme, quien además detentaba reconocida trayectoria pandilleril y peculiares habilidades boxísticas aprendidas posiblemente en academias no certificadas o callejuelas citadinas.
          A mí no me gusta andar en estos menesteres, como lo he ya dicho, y menos suelo involucrarme, sin embargo, haciendo este rápido balance y confirmando mis primeras líneas, he visitado con cierta frecuencia, según soy defraudado alevosamente por amigo incondicional de toda la vida; despojado por primera vez del total de mis pertenencias, conseguidas tras meses y largas jornadas y resguardadas en hogar con zaguán de acero, cadena de dos pulgadas, doble cerrojo inviolable garantizado de por vida; o saqueado en segunda ocasión el mismo año, tal vez con la misma pericia, ahora en departamento protegido con cancela de precaución atrancada de polines de pino de primera, puerta blindada, cuatro cerraduras resistencia suprema, pero con ventanilla a la terraza de veinticinco por cincuenta, espacio exacto para colarse aquel ganzúa malparido; asaltado en camión foráneo antes del amanecer por tres sospechosos de capucha con camisetitas blancas sin mangas cubiertos de tatuajes coloridos, fuertemente armados; robado en propia oficina por alguno de los tres solicitantes de apoyo económico, trabajosamente obtenido y entregado a los mismos para dudosos fines; atracado bruscamente por drogadictos inquietos en vía pública, durante paseo por bicicleta, uno delante dos por detrás, bájate rápido un zape. Da la cartera, otro zape. Mira mi navaja, un zape más. Toma no me golpees, otro zape de frente y de nuca. Ve la pared y no voltees porque te mueres, zape de despedida; chocado y agredido en automóvil particular o de compañero por macaco estresado de mala intención e insolente manejador de colectivo con destino desconocido a comunidad aledaña atestada de casitas, edificaciones diseñadas por albañiles expertos o vecindades aglutinadas repletas de personas fastidiadas por mal día, poco salario y viaje de vuelta a casa muy largo e interrumpido por la osadía de ese macaco.
          Por fortuna traía una réplica impresa pero no engargolada de una de mis novelas favoritas. Y entonces a esperar, a leer y a esperar. Es la enésima vez que se pisa lugar parecido y nada pasa. Nada en absoluto. Horas y días esperando resolución, y nada. Aguardando agentes investigadores bien capacitados en academias dirigidas por israelitas contratados, expertos en tácticas de guerra, terrorismo, secuestro y narcomenudeo y nada. No pasa nada. Nada de nada, nada en absoluto.
          Y el remedio es aguantarse y esperar. Seguir esperando. Nada pasa. Ni un milagro, nada de nada, nada. Y yo triste, angustiado y preocupado tras esperar. Nada pasa, nada de nada. Nada.
         
Paciencia. Calma. Quizá pronto, alguno de estos casos se resuelva. Mientras, a esperar en silencio; tal vez pronto aparezca la justicia.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Qué foto!