13 de febrero de 1994,
Mi amor, mi cielo.
¿Puedo escribirte con éste dolor entre las manos? ¿Con el corazón en estallido? ¿Y con los ojos en arresto y perforados? Me sorprende porque escribo, porque aún puedo destruir la blancura de esta hoja con la tinta oscurecida de mis ideas y mis palabras, es increíble la manera en que me sobrepongo al pesado sueño, al constreñido y famélico intestino que se retuerce en lo profundo de mi vientre. Supongo que escribir es el único vestigio que me evidencia de modo irrefutable que estoy vivo, la única alternativa sólida y concisa para creerlo, para convencerme de que aunque el tiempo ya hace mucho sabe tan poco de mí, sigo esperando sin saber con certidumbre lo que espero.
Supongo que tu soledad luce distinta, atravesada por tertulias y café y miles de libros, por lámparas colgantes de los cielos donde se escriben las nomenclaturas de los cafetines, de los bares, las librerías, las bibliotecas, los hoteles de paso, las panaderías y las tiendas de conveniencia 24 horas. Lugares todos en los que seguramente derrochas augusta e inclemente el tiempo de tu vida que transcurre en automático día tras día, o para precisar el asunto, de noche en noche, de parranda en parranda ranciamente perfumada por el volátil perfume a whisky y el humo del tabaco francés que seguro te dan un asco insensible el cual ya no te puedes quitar. Es muy probablemente que cuando leas esta carta estés sentado en una mesa pequeñita, con una tetera justo al frente, tal vez una tacita diminuta de té inglés demasiado caro para lo amargo que sabe, y sostengas algún libro, quizá Hemingway, entre el espacio de tus rodillas entumecidas por el crepuscular celaje londinense, tal vez la interrumpas de vez en vez para alzar tus ojos abolsados y reposarlos con ese modo tan tierno que tienes al mirar sobre la fachada sisada del putísimo y grosero, haragán, Big Ben, tal vez en su caratula iluminada marque las once y cuarto o diez para las diez. No lo sé. Aunque para mi pesar también es muy factible que te encuentres en la cama como a las cinco de la tarde con un cigarrillo de tabaco oscuro y humo claro atenido entre tus labios de rosácea timidez, tal vez tu cuerpo adustamente desnudo yazca con roces muy breves contra la tibieza de otra piel, de cualquier otro hombre con su tez lívida y fría, o lo que más me desquicia, junto a alguna mujer, seguro habrás fornicado muy vigorosamente y luego, depositarías muy leve, casi imperceptible, un beso en la frente y el otro en la garganta como lo sueles hacer. Eres un artista Gregorio, no cabe duda de ello, sabes con consumada técnica como plasmar la lujuria en la piel y un amor débilmente encendido en los adentros, quizá en el corazón, como un carboncillo ardiente que está por fenecer. Tal vez interrumpas la lectura de manera esporádica para elevar tu mirada embaldosada y grácil que desborda cariño incauto sobre las paredes brumosas del putísimo y grosero, hijo de zorra, Big Ben. No lo sé, en realidad ya no lo sé. ¡Maldita sea la Inglaterra con todo y la puñetera de su reina! ¡Que las aguas reclamen como suya el espacio en que se yergue la isla tan proterva!… y todo… sólo para que regreses a nuestra árida Sonora.
Ya no me escribes, es evidente, ¡Qué más da! Te extrañado tanto y al confesarlo se me llena la boca de un líquido acre y espeso, pero aunque me empute, así es, despierto contigo tu imagen levitante sobre mi cama mañana tras mañana y contigo me duermo cada noche, con tus ojos en mi mente y con tu nombre en mi boca deslumbrada y seca por el estiaje de amor. Constantemente me determino a dejar de escribirte, me maldigo por no poder llevar a cabo mi determinación, sin embargo, hay una vocecilla pequeña adentro de mi corazón que me asegura ingenua que incluso a estas alturas tú no dejas de leerme.
La doctora Arronte me ha sustituido los fármacos, me ha dicho que le preocupa que lleve ya tanto tiempo bajo el velo de las benzodiacepinas y optó por algún antidepresivo de menor adicción, si supiera la tonta, que me resulta en lo mismo, que me siento exactamente igual que antes, que hace tantísimo tiempo que ni recuerdo desde cuándo, no me siento ni mejor ni peor. ¿Sabes? Estoy juntando algunos pesos, me he puesto a trabajar más que de costumbre, he vendido tantísimo en el último trimestre que no te sorprenda que alguna de mis cartas consecutivas te la entregue en persona y deposite junto a ella un tremendo beso en tu boca, te voy a ir a buscar Gregorio, ya verás de lo que soy capaz. Y estoy seguro de que cuando me veas, muchas cosas en tus adentros volverán a despertar.
1 comentario:
Genial amigo, genial.
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