Colosales lejanías,
distritos turbios, latentes
espectros, falaces dientes,
duendes, víboras impías.
Yo conozco el escozor,
las fanegas de frijol
tierno, el garboso oriol
amarillo y mi rencor.
Conozco los avestruces
de mi tierra, los cardos
indecentes como dardos
breves formados en cruces.
He visto atenta los sauces
mirándome, expectantes
como gañanes de antes
cuando los ríos sin cauces.
Blandí mi lanza angustiosa,
augusta y tierna, maltrecha,
en aguardando la brecha
que se abría estrepitosa.
Pulvericé para mí
la polvosa y aurea dicha,
guardé en mi bolso la ficha
última de frenesí.
Cada mañana destazo
un gusano, lo frío,
y adentro. En el estío
benefactor me solazo.
Pensar, que unos pocos simios
me espantan. Yo no nací
para sustos; entendí tarde
los asuntos nimios.
Para un resquemor guardar,
desdóblese usted los sesos,
estudiando los sucesos
que no pueda elucidar.
¡Válgame, Dios!, ¡Por favor!,
¿no ve usted la tierra gacha,
el cardo raudo, la facha
del sol, la cruz, mi rencor?
Esta nocte yo pernocto
entre páginas sin par,
y me instalo en esa mar
como el animal más docto.
Bucéfalos encontrados
y teñidos me aparecen
como cardillos que crecen
invadiendo mis costados.
Caigo a lado del olvido,
desmejorada y antigua,
mi corazón se santigua
y onerosa me despido.
Suspiro… suspiro quedo,
hato al silencio un gusano
como un Isaac de la mano,
y lo mato mientras puedo.
Miro a Dios que me celebra
mi tan desoído ruego
y en voluntad de trasiego
la voz toda, se me quiebra.
No me quedan oropeles,
ni pasturas, ni ocasión,
ni un resquicio de perdón,
ni cantos, ni rezos fieles.
Yara de Mort.
1 comentario:
¡Bravo, bravo! Simplemente soberbio
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