jueves, enero 31, 2013

Ensayo

Por Madeja Lazos.
Con fotografía de Jonay.

Las perfectas regodas

Todos las conocemos pero pocos las reconocemos cuando se dicen nuestras. Son de lo más inoportunas, aparecen en la escuela, en la calle, con el mejor amigo, con el jefe, con la vecina, al escribir un masaje, al platicar un chisme. Algunas son grandes, otras son pequeñas, pero todas pesan terriblemente, se instalan en nuestra conciencia para taladrarla una y otra vez.  Claro, no falta el descarado que las luce como trofeos y a propósito las va exponiendo aquí y allá, como una suerte de sello personal irreverente. Muchas hasta son usadas a manera de gancho publicitario, son tan exóticas que llaman invariablemente la tención.
Ah, pero estarán pensando mal mis queridos electores, esas transgresoras de las normas establecidas no son el diablo con faldas, no siempre. Las ciencias les deben muchísimo, podría decirse que son sus musas, el motor que las impulsa a seguir adelante.  Su imperfección es perfecta, brillante; sin su ayuda la mente humana quedaría cuadrada. Me pregunto si se podría hablar de avance tecnológico y cultural sin ellas. Son necesarias aunque no lo parezca, son necesarias a pesar de su mala fama.
Me agrandan, me agradan mucho, porque me hacen la vida más simpática. Un mal texto se convierte en delicia cuando ellas me leen, lo soso se vuelve pimienta, lo gris adquiere color. Hace unos días, por ejemplo, le contaba a una de mis amigas el caso más patético “una mujer que se muere de solitaria”; ¡ah! mis muy fieles amadas, ella me preguntó si había comido lechuga sin desinfectar. El chiste se cuenta solo, espero, y si no es así lo atribuyo únicamente a ellas que jamás piensan abandonarme. Han resuelto eterizarme la piel y no opondré resistencia porque la verdad dejarse llevar por ellas es más humano.
¿De dónde vienen? Cepa, de lejos y de cercas. Son asunto de enamorados, insisto, tienen muy mala fama. Es triste ver la gran cantidad de gente que las señala con el dado, las marcan para siempre con rojo, las excluyen. ¡Ah, y si te ven con una no te la acabas!, te juzgan de lo peor, de lo más bajo y vulgar, te acribillan con comentarios hirientes y se alejan satisfechos hasta volverte a señalar. También ellos las tienen suyas, posiblemente más que tú. El problema es que no eres testigo porque se cuidan en extremo, porque las aman menos o les tienen mucho miedo.
Confieso que también les temo, como a todo lo impredecible; porque lo imprescindible es así: Fuego-juego. Puedo decir que han llevado al ridículo, que me han hecho sudar la gota gorda, que he pensado hasta negarme a mí misma cuando aparecen a mi nombre; mas con una sola de sus flores me doy por Bien Ser Vida. 
Amigos lectores, los felicito si pueden observarlas, pero me pongo de pie y les presento todos mis respetos si son capaces de sacarles jugo, de encontrarles la belleza; sobre todo, tratándose de lo que en este medio nos ocupa: las letras. Hay diferentes niveles de electores y el más pobre al fin de cuentas es el que no pasa de la ortografía y los signos de puntuación.  Seamos correctos sin ser intolerantes, recordemos que de todas las regadas algo bueno ha de florecer.

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