Por Yara de Mort.
Tony Guiteras: Un hombre guapo y otros personajes singulares de la revolución cubana de 1933 de Paco Ignacio Taibo II
Muchas personas conocen o
han oído hablar sobre la revolución cubana de 1959, la del Che y Fidel Castro,
pero ignoran del todo la de 1933, gestora en gran medida de la segunda. Es esta
última una tan emocionante como la primera. Tuve el placer de asistir hace poco
más de un mes a una conferencia de Paco
Ignacio Taibo II en la feria itinerante de la brigada Para leer en libertad, allá en territorio texcocano. Me encontré
ahí con el libro intitulado Tony Guiteras
y cuyo subtítulo versa Un hombre guapo y
otros personajes de la revolución cubana de 1933.
Luego,
no me quedaba muy claro de qué iba el libro. Debo admitir mi desconocimiento
hasta entonces de la primera revolución cubana. Las fechas se confunden en la
mente y yo pensaba, en ese tenor, que se trataba de la del 59 y que aparecería
el Che en alguna parte del libro. ¡Qué equivocada estaba! Con toda la avidez
que da la ignorancia me he dedicado a leerlo en los ratos de transporte que no
deben desaprovecharse en la ciudad monstruosa de las distancias cortas y los
tiempos largos. El primer enigma desentrañado fue la presencia de esta primera
revuelta; no hubo una, sino dos las revoluciones de Cuba. Téngalo el lector muy
presente de ahora en adelante, si es que aún no lo sabía. Tony es un personaje
que de pronto se pierde entre un mar de protagonistas y antagonistas, historias
separadas en capítulos más o menos cortos y muy digeribles.
Me
roban el corazón ciertos personajes como Rubén Martínez Villena, un poeta
revolucionario cuya fatalidad sería la tuberculosis, orador que mueve masas en
plena agonía y con un pie en la tumba, que vive a la par de la revolución un
romance triste y tiene una hija a la que apenas le da tiempo de conocer. Ramón
Grau San Martín que de maestro universitario pasa a presidente y de presidente
a disidente. Julio Antonio Mella “bajo cuyas alas se desarrollará políticamente
Tony”.
Hay
profusión de organizaciones tirando para distintos lados a la vez, cuerpos que
habrán de coincidir en un punto para hacer la revolución. Son los años de los
grandes ideales en que la industria azucarera cubana se halla en manos de las
empresas estadounidenses, en que todavía se vive la esclavitud y la mezcolanza
racial de la isla no contribuye a la tolerancia, por el contrario, se halla el
racismo en su apogeo y los pobres se enfrentan a los pobres enarbolando sus
tonos de piel como absurdo distintivo; son los años en que el proletariado
persigue la jornada laboral de ocho horas y la eliminación del pago con vales
que sólo podían canjearse en ciertos
establecimientos de los patrones extremadamente caros.
Los
grandes antagonistas de la historia: un dictador enfermo del mal del gobernante
hispanoamericano (Gerardo Machado), un gringo y metiche embajador, medio
culebra y medio camaleón (Benjamín Sumner Welles), algún militar torturador sin
escrúpulos (El Carnicero de Oriente) y uno más que trepará rastreramente,
derrocando una dictadura en la firme pretensión de implementar la suya (Fulgencio
Batista). José Soler es el traidor, un periodista que escribe contra el
gobierno para delatar a sus compañeros a sus espaldas.
Se
va formando la historia con los trozos pequeños de las historias individuales,
como un rompecabezas. Nos percatamos
entonces de que se repite, multiplicada magistralmente en la realidad presente,
pasada y el porvenir. Es una narrativa amena y sencilla, a veces apasionada
hasta el tuétano pero, ¿acaso es incierto que para apasionar al que lee debe
ser el que narra todo ardor? No se termina de comprender la telaraña de los
relatos populares, los documentos referidos, los artículos de periódico; no se
termina, pues, de entender del todo cómo va girando el mundo y las vueltas que
da la vida. Un silencio se hace mientras se desentrama la madeja de sucesos y
chismes, lo que se documenta y lo que se supone, lo que queremos creer acaso.
Me
sorprende sobremanera que la revolución del 33 la hicieran, en primer lugar,
los estudiantes. No es privativo ni de 1968, ni de ningún año o época, esta determinación de la
juventud en que el ideal prevalece con toda energía en la búsqueda ardorosa de
la utopía. Son los años de la Internacional Comunista, de la reivindicación del
proletariado, de la influencia definitoria de la Revolución Rusa en el mundo,
son los años en que César Vallejo andaba por París estudiando a Marx; son los
años en que se levantaban los trabajadores del mundo exigiendo la jornada
laboral de ocho horas, los años de las grandes luchas que se ganaban con
torturados, asesinados y exiliados. Son los años en que las mujeres pedían
igualdad ante los hombres y el derecho al voto…

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