jueves, marzo 28, 2013

Qué leer

Por Yara de Mort.


Tony Guiteras: Un hombre guapo y otros personajes singulares de la revolución cubana de 1933 de Paco Ignacio Taibo II

Muchas personas conocen o han oído hablar sobre la revolución cubana de 1959, la del Che y Fidel Castro, pero ignoran del todo la de 1933, gestora en gran medida de la segunda. Es esta última una tan emocionante como la primera. Tuve el placer de asistir hace poco más de un mes  a una conferencia de Paco Ignacio Taibo II en la feria itinerante de la brigada Para leer en libertad, allá en territorio texcocano. Me encontré ahí con el libro intitulado Tony Guiteras y cuyo subtítulo versa Un hombre guapo y otros personajes de la revolución cubana de 1933.
Luego, no me quedaba muy claro de qué iba el libro. Debo admitir mi desconocimiento hasta entonces de la primera revolución cubana. Las fechas se confunden en la mente y yo pensaba, en ese tenor, que se trataba de la del 59 y que aparecería el Che en alguna parte del libro. ¡Qué equivocada estaba! Con toda la avidez que da la ignorancia me he dedicado a leerlo en los ratos de transporte que no deben desaprovecharse en la ciudad monstruosa de las distancias cortas y los tiempos largos. El primer enigma desentrañado fue la presencia de esta primera revuelta; no hubo una, sino dos las revoluciones de Cuba. Téngalo el lector muy presente de ahora en adelante, si es que aún no lo sabía. Tony es un personaje que de pronto se pierde entre un mar de protagonistas y antagonistas, historias separadas en capítulos más o menos cortos y muy digeribles.
Me roban el corazón ciertos personajes como Rubén Martínez Villena, un poeta revolucionario cuya fatalidad sería la tuberculosis, orador que mueve masas en plena agonía y con un pie en la tumba, que vive a la par de la revolución un romance triste y tiene una hija a la que apenas le da tiempo de conocer. Ramón Grau San Martín que de maestro universitario pasa a presidente y de presidente a disidente. Julio Antonio Mella “bajo cuyas alas se desarrollará políticamente Tony”.
Hay profusión de organizaciones tirando para distintos lados a la vez, cuerpos que habrán de coincidir en un punto para hacer la revolución. Son los años de los grandes ideales en que la industria azucarera cubana se halla en manos de las empresas estadounidenses, en que todavía se vive la esclavitud y la mezcolanza racial de la isla no contribuye a la tolerancia, por el contrario, se halla el racismo en su apogeo y los pobres se enfrentan a los pobres enarbolando sus tonos de piel como absurdo distintivo; son los años en que el proletariado persigue la jornada laboral de ocho horas y la eliminación del pago con vales que sólo podían canjearse en  ciertos establecimientos de los patrones extremadamente caros. 
Los grandes antagonistas de la historia: un dictador enfermo del mal del gobernante hispanoamericano (Gerardo Machado), un gringo y metiche embajador, medio culebra y medio camaleón (Benjamín Sumner Welles), algún militar torturador sin escrúpulos (El Carnicero de Oriente) y uno más que trepará rastreramente, derrocando una dictadura en la firme pretensión de implementar la suya (Fulgencio Batista). José Soler es el traidor, un periodista que escribe contra el gobierno para delatar a sus compañeros a sus espaldas.
Se va formando la historia con los trozos pequeños de las historias individuales, como un rompecabezas.  Nos percatamos entonces de que se repite, multiplicada magistralmente en la realidad presente, pasada y el porvenir. Es una narrativa amena y sencilla, a veces apasionada hasta el tuétano pero, ¿acaso es incierto que para apasionar al que lee debe ser el que narra todo ardor? No se termina de comprender la telaraña de los relatos populares, los documentos referidos, los artículos de periódico; no se termina, pues, de entender del todo cómo va girando el mundo y las vueltas que da la vida. Un silencio se hace mientras se desentrama la madeja de sucesos y chismes, lo que se documenta y lo que se supone, lo que queremos creer acaso.
Me sorprende sobremanera que la revolución del 33 la hicieran, en primer lugar, los estudiantes. No es privativo ni de 1968, ni de  ningún año o época, esta determinación de la juventud en que el ideal prevalece con toda energía en la búsqueda ardorosa de la utopía. Son los años de la Internacional Comunista, de la reivindicación del proletariado, de la influencia definitoria de la Revolución Rusa en el mundo, son los años en que César Vallejo andaba por París estudiando a Marx; son los años en que se levantaban los trabajadores del mundo exigiendo la jornada laboral de ocho horas, los años de las grandes luchas que se ganaban con torturados, asesinados y exiliados. Son los años en que las mujeres pedían igualdad ante los hombres y el derecho al voto…                       

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