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jueves, octubre 03, 2013

Qué leer


Por Yara de Mort.

 
El péndulo de Foucault de Umberto Eco

Hasta hace pocos años, la red de Internet era solo una especie de proyecto cuyo limitado alcance cobijaba nada más que a unos pocos sectores de la sociedad en el mundo; hoy, en cambio, es una herramienta tan vasta que se ha vuelto parte de la vida cotidiana del humano promedio, otorgándole ventajas tan variadas que van desde acceder a una película hasta convocar un movimiento revolucionario en unos cuantos clics. Los libros no son la excepción y fue de esta manera, a través de Internet, como llegué a mi recomendación de este mes: El péndulo de Foucault del piamontés Umberto Eco.
No hay duda de que los defensores y amantes del libro impreso sucumbimos cada día más ante los encantos del libro electrónico; yo, que me he mostrado renuente al segundo desde su aparición, puedo constatarlo. Hace poco más de un año recibí un regalo harto desconcertante: una kindle; esto es, un dispositivo electrónico de almacenamiento y lectura de libros. Este aparato menos cálido que el libro de papel, mucho menos estético, mucho menos entrañable, pesa muy poco, es de tamaño pequeño y, sin ofrecer resistencia a ser portado en una bolsa de mano, puede contener cientos de libros en su memoria. Piénsese, por ejemplo, en lo atractivo que es cargar con el DRAE a todas partes sin lidiar con su peso. Uno trae literalmente una biblioteca en la bolsa para usarse en cualquier momento y la batería no es gran problema porque el gasto de energía es tan pequeño que esta dura alrededor de un mes.
Por supuesto que la discusión libro electrónico vs libro impreso no es muy fructífera, sobre todo porque ambas realidades conviven hasta ahora sin que nadie haya podido impedirlo. Pienso, en cambio, que hay libros que se compran en la librería y se leen para no volver a tocarlos nunca y hay otros que se atesoran en un lugar preferencial del librero y a los que uno vuelve siempre por muchas razones de consulta o puro gusto. Luego, imagino las posibilidades ilimitadas que un aparato de lectura de libros ofrece en este tenor. Cada día hay más y más repositorios electrónicos montados sobre Internet que ofrecen gratuitamente una gran cantidad de títulos y hay también sitios y artículos que enlistan y recomiendan estas plataformas, basta para hallarlos con googlear “descargar libros gratis” o “sitios para descargar libros” para que aparezcan miles de resultados. Hay también sitios para cambiar el formato de un libro para hacerlo legible en un dispositivo específico.  Luego, un aparato de libros te da la posibilidad de hojear o leer un libro que posiblemente comprarás después para tenerlo de consulta en un lugar privilegiado; o bien, de  botarlo sin haber gastado un peso si a tu gusto el título no mereció la pena. Piénsese también en todas las revistas electrónicas que año con año suben a Internet las universidades y que ahora pueden leerse en cualquier lugar desde este tipo de dispositivos.
En fin, antes de que la Internet fuera lo que es ahora, existió una vez una triada de investigadores, amantes y asiduos de los libros y no por ello peleados con los avances tecnológicos y las computadoras. Ellos quisieron inventar y escribir un día la historia de los caballeros del Temple, una orden de caballería que se volvió, para otros poderosos, incómodamente poderosa y que debió ser exterminada de forma cruel y ominosa por la Santa Inquisición. Uno a uno, los templarios fueron pasando a la hoguera como en fila india, como dóciles corderos en franco matadero. Ellos cuyo entrenamiento y hábitos guerreros  y ascéticos habían vencido  a los moros en más de una ocasión, ellos que podían caminar días y días a través de desiertos y nevados con apenas unas racioncillas de comida y agua, ellos cuyas destrezas les habían valido la independencia y el  poder económicos por encima no solo de otras órdenes sino de uno que otro rey, ellos se dejaban matar ahora sin meter las manos… ¿Por qué?
Nuestros tres investigadores de finales del siglo XX, Diotallevi, Belbo y Casaubon, libros y computadora en mano, justifican la mansedumbre de los templarios bajo el enigma todopoderoso de un misterioso secreto. Los guerreros se dejaron matar, dicen ellos, para proteger un Secreto pero, ¿qué secreto era ese?... Si el destino de estos sabios hubiera sido menos trágico, seguro hubieran estado encantados de tener una kindle el día de hoy, una laptop les hubiera facilitado mucho el trabajo para programar su Abulafia desde cualquier lugar en Francia o Italia y tal vez Belbo le hubiera podido telefonear a Casaubon desde su teléfono celular antes de ser secuestrado.
El péndulo de Foucault es la historia de una historia que devoró a sus creadores.  No había leído de corrido un libro tan largo desde hace tiempo, pero cada minuto de lectura fue tan emocionante que pienso volver a hacerlo, no desde la kindle sino desde el papel de una bonita edición impresa. Umberto Eco tiene entre muchos escritores la cualidad del desenfado. Sus libros teóricos son tan afables y entretenidos como sus novelas y dignifica en mucho el trabajo del investigador académico que busca, selecciona, compara y ordena los datos bajo una nueva propuesta que es su aportación personal. No vamos a encontrar en este libro las conclusiones a las que llegó un charlatán con toga de sabio, no nos enteraremos de que el Santo Grial está escondido en el pináculo de la Torre Latinoamericana, no deduciremos de la mano de un payaso que la OCDE es en realidad una sociedad secreta hija de la Rosacruz; por el contrario, en ratos el narrador se burla cínica e intencionadamente de aquellos charlatanes sacerdotes de la idolatría y la enajenación.
Lo filosófico no es ajeno al libro como tampoco lo es la mera aventura; es un libro como para gozar y para pensar, para emocionarse y para desconfiar. El gran mérito de El péndulo de Foucault es el razonamiento científico que va más allá de lo literario y la proporción de la estética que va más allá de lo matemático. Esta novela no pretende ser un libro serio de ciencias y sociedades ocultas como pretenden serlo muchas payasadas que se venden hoy como pan caliente, pero tampoco es una historia a secas, tiene la suerte de haber sido escrito por un erudito, un investigador de verdad con hábitos y disciplina científicos, y en tanto puede proporcionarle al lector una gama de razonamientos y marañas para desenmarañar puede también calificar como una especie de juego mental en el que aprendemos a ser más críticos con la información, más amantes de la historia y menos reacios a las computadoras.                    

   

jueves, septiembre 05, 2013

Con pincel y tecla


Por Yara de Mort.
Texto inspirado en una pintura, sin título, de Donka Nucheva Ellectra. 

ELEKTRA
AQUÍ TODAS SOMOS IGUALES. ¡QUÍTATE, PERRA! ¡¿QUÉ TE CREES?! ¡ESTE ES MI LUGAR! NO VOY A DECIRTE LO QUE TIENES QUE HACER PERO DEJA DE JODERME Y BÓRRATE. ESTOY HASTA LA MADRE DEL RINCÓN QUE ME DEJARON DONDE NUNCA PESCO NADA. A MÍ ME VALE UN PITO LO QUE AGARRES O SUELTES, YO SIEMPRE HE ESTADO AQUÍ Y VAS Y CHINGAS A TU MADRE CON TU RINCÓN. Elektra no necesitó vociferar para mostrarle a su madre quién era quién. Ella y Orestes supieron muy bien lo que era el derecho paterno. Porque el amor al padre siempre es más fuerte que el que se da a la madre. Las Erinas se equivocaban, estaban muy brutas por defender emperradamente a Clitemnestra. Mira que la que es puta es puta, y tiene garras también, y jadea, y se sabe mover en todas partes.

          NO HE TENIDO MÁS QUE TRES CLIENTES EN TODO EL DÍA. TRES PINCHES MUGROSOS BORRACHOS. DÉJAME POR FAVOR QUE ME QUEDE AQUÍ. A Sasha le da igual lo que a la otra le apure. Ella tiene sus propias broncas y no se anda por las ramas por un chiflido al corazón; además más vale la puta que te parió que por el amor de Dios. La otra escupe su chicle en el asfalto, se da media vuelta muy francamente encabronada y se retira con lo poco que le queda de dignidad. HIJA DE PERRA, PERO ME LAS VA A PAGAR; PINCHE GÜILA MAMONA… Pero Clitemnestra no amaba a nadie…, ni siquiera a Egisto; la adúltera nada más lo uso para chingarse al Agamenón.
Afortunadamente para la agredida la venganza llega pronto. Un par de chotas han pasado a atorar a la Sasha mientras la otra, a salvo, contemplaba y se burlaba desde su esquina oscura. SEGURO LE QUITARON TODO. ¡JA! ESO TE PASA POR PUTIZORRA. ¿Cómo le daría Elektra la noticia a Orestes?, ¿en qué oscuro callejón quedarían atrapados los hermanos ante la ofensa al padre? El padre es sagrado, el padre es sagrado… la madre no puede faltar al padre. La puta contempla gozosa los billetes escasos que ha obtenido de los tres borrachos mugrosos que, consecutivamente, han solicitado sus servicios de las 9 a las 11 de la noche. De ahí en fuera no ha habido nada. Toda la tarde y nada. La mitad de la madrugada y nada. Dependiendo del sapo es la pedrada, pero estos sapos estaban muy pinches; eran sapos —no vacas—, sapos flacos.
—Hermano, el honor de nuestra sangre es injuriado. Nuestro padre muerto está por nuestra madre y su amante. ¡No podemos permitir que la sangre sagrada de nuestro amado padre quede sin venganza!— Elektra camina seductora hasta la acera para reírse mejor de la vencida. Un Ferrari al costado le detiene el paso. Ella sonríe, siempre lasciva, siempre carrasposa. Se toca las nalgas excitada, sabe que este puede ser El cliente del día. ¿CÓMO ME VES, MI AMOR, JUGAMOS UN RATITO? El tipo del coche, calvo y sesentón pero con ropa fina, le abre la puerta. ¡YO SABÍA QUE ESTA ERA MI NOCHE! Voltea victoriosa a sonreírle a la Sasha ceñuda. BUENAS NOCHES, MI REY. ¿A DÓNDE ME VAS A LLEVAR? AL CIELO, CHIQUITA. TE VOY A DAR LO QUE TE GUSTA… Y DIME SEÑOR JUEZ, PUTITA, QUE PARA ESO SIRVO A LA NACIÓN. ¡AY!, MI SEÑOR JUEZ, YO TAMBIÉN LE VOY A DAR LO QUE USTED QUIERA. Elektra le sobaba la calva pulcra al juez.
Los tórtolos cruzaron la avenida de extremo a extremo. Elektra no pudo ocultar su desilusión  cuando aparcaron el auto en un hotelito pinchurriento y pasaron a una habitación sin identificarse previamente en la recepción. ¡QUÍTATE ESA FALDA DE PUTA Y LOS CALZONES!, ordenó el señor magistrado. La aludida obedeció ya sin coqueteos y sin preguntar nada. ¡ÍNCATE SOBRE LA CAMA!, vociferó otra vez el patrón. La güila se puso sobre cuatro patas. El juez quiso penetrarla frenético, pero la cosa amorfa, flácida, no le respondió; luego cogió la corbata y estranguló a la puta. SABÍA QUE NO ERA UN BUEN DÍA, pensaba ella mientras sentía el peso grasoso del calvo. Las erinas argumentaron en el juicio sumario que si bien el padre es sagrado, es más sagrada la madre. Uno no puede estar completamente seguro de quién es su padre, uno no mira cómo lo engendran, no verifica su origen; en cambio, no se duda de la madre. De la madre nace uno sin discusión alguna. La madre es más sagrada que el padre. El derecho materno domina sobre el paterno. Si Elektra entonces fue absuelta, pues los dioses se dejaron llevar por el amor a Agamenón, ahora estaba perdida, irremisiblemente muerta bajo el peso grasiento y calvo de la justicia.

jueves, julio 18, 2013

Con pincel y tecla


Por Yara de Mort.
Inspirado en una pintura de Federico Cantú. 

EL TRIUNFO DE LA MUERTE
Me preguntaba y me pregunto cuánto tiempo más tardaré en aprender a morir. Cierto que la muerte es intrínseca al ser vivo, como inherente es también el temor de ella. La muerte me asecha y me acosa siempre. La traigo en cada bolsillo de mis ropas y en cada imagen de mi vida. La muerte es mi  vida, es mi tormento y cada una de mis inhalaciones. Yo esperaba que algún día la cosa parara, que algún día pudiera simplemente vivir sin pensar en el fin, mas cada noche me asecha la idea de la muerte como la muerte misma. Cada día al despertar me atormenta ipso facto la certeza de que mi desenlace se halla más próximo: en tanto más vivo más muero, y en tanto más muero se acrecienta atrozmente mi delirio.
El triunfo de la muerte
Federico Cantú
          Ayer en la noche, con la cabeza puesta ya sobre el tejido de la almohada, pensaba en todos los muertos sobre los que bebemos y respiramos. Nadie vuelve del oscuro abismo de parcas salientes. Nadie dice qué es y la única certeza es que está allí, tan cerca, tan vívido, tan nuestro. Pensaba que tantos muertos debe de contar la vida de la tierra como su peso mismo, de tal suerte que el aire que respiramos está formado por sustancias que alguna vez pertenecieron a un vivo, y lo mismo con el agua, el alimento, la ropa… Vivimos, pues, de nuestros muertos. Somos ellos reciclados. ¿Cuántos muertos se hallarán ahora mismo debajo de las plantas de nuestros pies?
Pasé una noche tormentosa como siempre. Una noche abismada en espera de la muerte, pensando que quizá vendría una erupción volcánica o un terremoto que acabaría de pronto conmigo; pensando en si la muerte duele y, de ser así, si duele en el alma o en el cuerpo. Desde que mi abuela feneció no puedo dejar de imaginar que su cuerpo se corrompe en su tumba. Me pregunto cuánto quedará de la abuela gritona que yo conocí y estoy convencida de que mis huesos y el polvo de mis huesos irán tarde o temprano a parar al mismo destino. ―Abuela―, le digo, ―yo no sé si todavía estás ahí. No sé si eres la abuela mía o qué fue de ti, pero te recuerdo, abuela, y me duele no poder verte y oírte como antes―. Todas estas cosas pienso y me entristece saber que la abuela no resucitará. Si exhumáramos su tumba, seguramente habría allí algo lejano de ella que sin embargo seguiría siendo ella.
La noche fue de perra muerte y desperté como una resucitada. Tengo una pesadumbre en la cabeza y las cervicales que no me deja del todo levantarme de la cama. Estoy muy quieta, bocarriba, pensando que no se puede vivir temiendo siempre. Dicen que si te pica una abeja en la boca o cerca de la garganta, morirás asfixiado. Yo he desarrollado una alergia fatal a las ponzoñas. Todas las picaduras de animal me producen inflamaciones terribles. Un simple mosquito puede causar grandes estragos. Creo que fue de aquella vez que fui al parque de La Venta en Villahermosa y me picaron un millón de moscos que no sería raro pertenecieran a la prehistoria. Ahora, con esa hipersensibilidad, temo por mi vida todos los veranos, y más si hay hierba.
Definitivamente mi peor temor es morir de cáncer. Un amigo mío murió de cáncer a los 21. Mi familia suele ser portadora del cáncer. Mi abuela materna lo tuvo, igual que mi madre y una hermana suya. El cáncer es en casa casi como el sarampión, tarde o temprano te dará. Me veo a mí misma recibiendo la noticia del cáncer y siento que no soy tan fuerte para soportarlo. Me debato en el llanto de solo pensar en la palabra «cáncer». ¡Qué desesperación! Pienso en las zondas, en el hospital con olor a desinfectante, en el dolor de la cirugía, en las horribles quimioterapias, en las uñas negras y la caída estrepitosa del cabello, en el vómito macilento y el malestar infinito y el sufrimiento infinito y el temor de la muerte. Hay cánceres que solo se curan con la muerte. Si me da cáncer, este acabará conmigo desde el primer instante. No toleraría, por otro lado, ver a mis hermanas sufrir de eso. No sé qué me mata más. No lo soporto.
Todo el temor de la madrugada vuelve a mí en los primeros instantes de la vigilia. La conciencia plena no parece disminuir por nada mis terrores. Venzo por fin la pesantez y la ansiedad primeras y puedo al fin levantarme casi a mediodía. Sé que no debo contarle a nadie lo que me pasa porque me parece ridículo. Todos los poetas han hablado de la muerte. Todos los filósofos la han abordado en su pensamiento. Un ejército de sociólogos, médicos, biólogos, humanistas, artistas, etcétera, han pasado horas, meses y años, discurriendo en lo mismo. Es una jerigonza pensar ahora en lo que ya muchos han pensado. Cada vez que quiero contarle a alguien me asaltan un montón de dudas en la mente. Hago las frases en mi cabeza y cada una me parece extremadamente patética. Creo que no es para tanto. Lo malo es que la angustia sigue, no muere. Muero yo.
No he dormido en varios días y cada paso me produce un ligero mareo. ¿Cómo voy a poder vivir con esto? Me da mucho miedo que un día me despierte con la novedad de que es el último día. Me da miedo pasar el resto de mis días temiendo y pensando a la muerte. Yo no sé de cierto de dónde surge esta manía. Encuentro mi pantufla y antes de enfundarla la reviso bien: no vaya a ser que un alacrán esté albergado allí. La otra pantufla se halla  al pie de la puerta. ¿Por qué he dejado una tan lejos de la otra? Me voy calzando  conforme abro la puerta. Esa alpargata mal puesta me hace trastabillar. Resbalo y me voy de frente contra la mesa del pasillo. No sospecho en el camino al suelo que voy a morir. Este es el último día que había temido. No hay dolor. No hay dolor. Es todo muy simple.
 

jueves, junio 27, 2013

Qué leer


Por Yara de Mort.
 
 
SOBRE LA FELICIDAD DE SÉNECA
¿Qué es la felicidad?, ¿la felicidad es ir por lo que todos quieren? Lo que todos quieren, primero que todo, es la abundancia financiera, un buen auto, una linda casa, los reglamentarios hijos, etcétera. Lo que todos quieren es casarse a los veintitantos años con una persona de buen ver, con un buen partido;  es conseguir el empleo de los sueños donde se pueda ganar mucho haciendo poco; es comer platillos exóticos y viajar constantemente; es, en fin, la comodidad, el placer, pero, ¿felicidad y placer son la misma cosa? ¿Una persona que tiene todo lo anterior es por fuerza feliz? ¿Somos felices en la medida en que podemos consumir y ser envidiados por otros?...
        Me he topado por casualidad con uno de esos libros que uno tiene en la amplia lista de “pendientes” y que siempre se quiere leer pero se pospone y se pospone indefinidamente. Hace un tiempo entré a una librería con más dinero del que pensaba gastar y como casi siempre ocurre gasté casi todo lo que llevaba. Vi una colección muy linda cuyo título versa Los libros que cambiaron el mundo; de ahí elegí uno de Pascal, otro de Séneca, de Descartes, de Einstein y de San Agustín. Compré, pues, cinco libros que consideré imprescindibles para los anaqueles de mis libreros. Pensaba leerlos pronto pero, por supuesto, me acosa la desgracia del lector voraz de siempre tener muchos más libros de los que se pueden leer.
Tomé el de Séneca hace unos días. No hay ningún motivo en especial, me sentí atraída y ya. Es una cosa divina quizá. Tengo la teoría de que ciertos títulos llegan a tu vista en el momento que deben hacerlo, cuando tenían algo que decirte. Luego, el hermoso volumen que estaba todavía con el plástico, dentro de una cajita a su medida en color blanco y que lleva impreso el rostro del que debió ser el filósofo Séneca, que además tiene la pasta dura en color gris, contiene Sobre la felicidad, De la brevedad de la vida, Sobre la clemencia, Ideario y Ciencias naturales. Me dispuse entonces a leer lo primero, lo leí rápido en poco menos de dos horas y sigo masticando las palabras, preguntándome qué es la felicidad.
Pero, la felicidad, ciertamente, no es un estado fijo y permanente, no es algo que uno pueda obtener de una vez y para siempre, no es ni visible ni palpable, no tiene olor ni sabor, no se oye ni traza su sombra a contraluz. La felicidad es tan disímil como somos distintos y diversos los seres humanos. La felicidad es una cosa que se cocina y se come sola. Uno mismo cultiva y cosecha su propia felicidad, no es compartible, es como la vida y la muerte: individual, personal, íntima. Dice Séneca, entre muchas cosas, que lo primero es saber qué se quiere, saber lo que a uno lo hará feliz. Me recuerda esta aseveración a La historia interminable en que nos preguntábamos cómo saber qué es lo que verdaderamente anhelamos. Eso es una cuestión muy seria y muy definitoria. Es tan sagrada ―en la misma medida en que lo es la vida― que sería una reverenda pendejada dejar la respuesta a alguien más.
Me viene a cuento en este punto un post de Irving Ramírez en que afirmaba que la gente lee libros de superación personal porque no conoce la filosofía. ¡Oh!, ¡vaya que tiene razón! Uno no puede dejar que otros definan su propia felicidad, porque la felicidad no es cuestión de marketing ni posesiones ni preceptos religiosos ni convenciones sociales. La felicidad es personal y sagrada, es una cosa que uno busca solo sin recetas de cocina. Dice Séneca que no hay nada más dañino que acomodarse al rumor del vulgo para hallar la felicidad; dice también que el vulgo siempre se equivoca y esto es, pues, que no hay que dejarse llevar por la gente. La gente no sabe lo que quiere ella misma, ¿cómo van a saber lo que uno necesita para sí? Uno, creo, hace la felicidad haciéndose a sí mismo, construyéndose sobre sus propias sensaciones íntimas, meditando siempre para sí en una permanente introspección.
Dice Séneca que los bienes no deben ser despreciados, pero tampoco amados al punto de morir por ellos; que quien los pierde amándolos locamente y viviendo para ellos estará entonces perdido y que, en cambio, si uno los pierde sin un apego férreo a ellos, pues serán solo cosas que se van y no se estará temeroso de perderlos todo el tiempo. Dice el filósofo romano que uno no debe vivir para los bienes, sino servirse de ellos para vivir, que uno trabaja azarosamente para llenarse de cosas que después no podrán disfrutarse por falta de tiempo y de espíritu.
Yo me pregunto ahora ¿qué es la felicidad? La felicidad es escribir, pienso, es tomar mi café cada mañana, es contemplar a las personas que amo, es buscar el sentido de cada día y buscar e indagar en los secretos del universo, es conmoverme hasta las lágrimas ante la belleza del mundo, es buscar responderme y satisfacerme a mí en la medida en que me he trazado un estereotipo personal de quien quiero ser. La felicidad es ignorar el ruido, ignorar al que te dice que el que no tranza no avanza, que buscar la perfección y la virtud es de locos “románticos”, que no tener las cosas que todos quieren es de perdedores y fracasados. La felicidad es reencontrarme cada día, rencontrar el ciclo en el que respiramos solo para dejar de hacerlo un día, solo para volver a fundirnos con la tierra y con el aire. La felicidad es ver que incluso el dolor tiene su belleza, que mi dolor tiene sus causas y sus efectos, que si uno no procede de mala fe no tiene nada que temer. La felicidad va más allá de lo que los demás piensen de uno mismo, de complacer a otros, de buscar tener el premio gordo por sobre los otros. La felicidad es identificarse con la tierra y con sus ciclos, con sus misterios; es buscar la justicia y ser justo sobre todo con uno mismo.
…Y para ti, ¿qué es la felicidad?
           

jueves, mayo 30, 2013

Con pincel y tecla

Por Yara de Mort.
Con ilustraciones de Tito Varela.

Discordancias
Eran grandes gotas de un torrente ambiguo y, como si las horas pudieran trocarse elásticas, estaba muy erguida frente a la ventana, denostando las ráfagas de rayos atormentados y eléctricos. ―¿Por qué se desnuda una frente a la ventana en días de lluvia?―, es difícil precisar todo lo que es menester para sentirse mujer después de cierta edad y tras el divorcio. Hay una sensación de sequedad interna, derrotas en batallas inexistentes. Mira una dentro de sí que se le ha ido la vida intentando conquistar una tierra varada en el mar que al fin no tenía más que cardos agazapados.  
Como fuera, ella estaba allí desnuda y provocadora, como una torre de mármol erigida sobre la duela, mirando a través de los vidrios un poco turbios. Él se había quedado inconmovible en el sofá, degustando su puro con lentitud exasperante. Aquél era un cuerpo que ya conocía bastante bien como para no poder resistir la tentación de tomarlo en seguida, era el cuerpo de diez años de caminos paralelos, de yuxtaposiciones propias, de sudores inherentes y mezclados para la posteridad. Era el cuerpo que más le gustaba en el mundo y, precisamente por eso, ahora prefería volver a contemplarlo de lejos y en todo su esplendor.

―¿No te parece que es absurdo todo esto?—le dijo ella a él. El hombre se quedó callado y concentrado en sus exhalaciones olorosas.  Le parecía que lo absurdo era que ella señalase el absurdo. Lo cierto es que también conocía muy bien ese tipo de declaraciones sin sentido, conocía los extraños mecanismos con los que la mujer llamaba hacia sí a los hombres. Sabía que pronto habría de pasar la afectación y que, en unos momentos más, ella se aproximaría al sillón y tomaría lugar muy cerca suyo, con la pierna cruzada y la espalda erecta, con la misma naturalidad que si estuviera vestida.
Ella, en cambio, siguió incólume, postrada como una roca frente a la ventana, sin más indicio de movimiento posible que la respiración discreta y pausada. Había en su mente un dilema matrimonial que surgía de muy profundas regiones, emanado desde el noviazgo largo y pletórico.  Se preguntaba qué sentido había tenido aspirar a la perfección, como mujer, durante tanto tiempo, sin que él lo hubiera apreciado nunca. Ella quería ser la mejor mujer para él, quería regalarse a él de tal suerte que nunca más se sintiese necesitado de nada, pero él estaba siempre callado, urgido de los brazos maternales que no se le extendían nunca, insensible, primero ante el entusiasmo y luego ante las fuerzas minadas de su mujer.
Ahora el dolor se perfilaba nítido en las actitudes zigzagueantes del cuerpo desnudo. Ella sabía lo que el hombre esperaba y en esa tónica perfilaba su venganza. Cada secuencia de segundos, por mínima que fuera, fungía como un río interminable y fluido en el que el alma de su amante de vida se debatía moribunda y desesperada. Las nalgas dibujadas en una silueta confusa comenzaban  a temblar frente a la ventana, iluminadas de vez en cuando por las ráfagas celestes. No es posible pacer delante de la piel temblorosa ajena, la propia piel reacciona en seguida, quiere proveer de calor a la otra dermis.  
―Sucede, mi querida musa, que te tomas la vida con demasiada vehemencia―. Fue él quien se levantó. Puesto el puro en el cenicero,  se aproximaba con calma al cuerpo lozano y tembloroso. Se abrazó a él por detrás en la espera de que la mujer diera la vuelta y lo besara en los labios con toda su calidez maternal, pero el cuerpo se puso rígido. Los ojos de ella estaban humedecidos porque, por dentro, habían recorrido ya todos los años de indiferencia marital, de humillaciones infames y de inseguridad. Ya no era tan bonita como antes, en su cara se perdía el aire infantil que tanto atrajo a los hombres en otros tiempos, los músculos de su vientre se habían puesto flácidos, las primeras canas comenzaban a aparecer. Se sentía ultrajada, sentía que algo le habían robado: la primera juventud, quizá.
La juventud, por lo demás, es un asunto del espíritu. Una se siente más vieja después del divorcio que si no se hubiera casado nunca. Pesan más las primeras arrugas cuando se han hecho en complicidad con otro, de la mano de otro. Se cree en el interior que al entregar la mente y el cuerpo a otro ser, que al entregar el tiempo a otro ser, se ha envejecido en la sucesión de los pequeños actos de cada día. Ha tenido que enfrentar el alma muchas vicisitudes, junto con el alma va cambiando el cuerpo, y se asocia la madurez de una y otro. En esta medida se envejece de dentro hacia afuera, desde las notas primeras dimanadas del cuerpo en el encuentro con otro, hasta las enfermedades compartidas en pareja y las noches en vela ceñidos y aferrados a la piel del amante.
La musa se apartó del hombre con suavidad, no pretendía herir más ni reclamar, se sentía demasiado lesionada como para emprender una nueva batalla. Iba trastabillando por la alfombra rumbo al sillón, deslumbrados los ojos por todo el rato de rayos que la tenía fulminada. Se dejó caer al pie del asiento y, recargada en él, se puso a llorar. El hombre ya no supo qué decirle. Tenía ganas de cargarla en brazos y cobijarla, pero eran demasiadas las peleas que los separaban, eran muchos los insultos y las desaprobaciones, un mar de reclamos inundaba su cabeza. Una parte de su espíritu estaba satisfecho de verla ahora postrada y sin armas.

Al fin se aproximó al sillón, llevó sus manos a la cabeza gacha de ella para consolarla. Sabía por alguna razón que tenía las mismas ganas de llorar de la mujer. En el fondo creía que todo era su culpa. Se quitó la chamarra, colocándola delicadamente sobre los hombros de la ninfa. Se sentó sigiloso a su lado. No era tiempo de hacer el amor sino de quedarse muy quieto a su lado. Estaban separados pero juntos al fin de cuentas, separados pero unidos por diez años de comunión mutua, nadie más adivinaría, nunca más, sus pensamientos como lo hacía ella, nadie más le gustaría tanto como la mujer mullida que yacía muy quieta y llorosa a sus pies. El sonido de los truenos cesaba, en la sala reinaba la oscuridad porque ahora la tormenta no alumbraba el espacio.           

  

jueves, mayo 09, 2013

Qué leer

Por Yara de Mort.



La historia interminable de Michael Ende

¿Te acuerdas de La Historia sin fin también conocida como La historia interminable? Es una película que, si mal no recuerdo, apareció en la década de los ochenta y en la que fungía como el dragón de la suerte una especie de perro gigantesco. Pues resulta que en mi cumple más reciente (en noviembre) mi amiga María Sanchica me regaló el libro traducido al español por Miguel Sáenz y reimpreso por la editorial Punto de lectura apenas el año pasado.  El autor es Michael Ende de origen alemán y el libro apareció publicado por primera vez en 1979; pertenece al género fantástico; viene en tamaño bolsillo y cuenta un total de 509 páginas numeradas.
          Confieso que este tipo de género fantástico no es precisamente mi fuerte; pues para creaturas extrañas tengo suficiente con mis hermanos y amigos; no obstante, he de confesar que hacía años ―muchos años―que ninguna lectura me despertaba, de manera tan sustancial, una pasión tan férrea. Era como si el ardor, que en otros tiempos me producían casi todos los libros, se hubiese extinto a fuerza de la cantidad inmensa de lecturas apresuradas y exigentes de la universidad. Es una tragedia ―por poner un ejemplo― tener que leer Niebla de Unamuno, Cómo se comenta un texto literario de Fernando Lázaro Carreter, La muerte no entrará en palacio de René Marqués y un complicado texto de iniciación lingüística en la triste primera semana de clases; las obras que podrían marcar nuestras vidas de manera exquisita, se vuelven una carrera alocada por terminar un reporte.
          La historia interminable, como estaba contando, me apasionó como hacía años no me apasionaba nada. No quiero decir con ello que fuera incapaz de disfrutar cada una de mis lecturas, pero tenía la sensación de que algo se había perdido. Con esta historia volví a mí. Me descubrí en una de las primeras páginas leyendo en voz alta:
Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado...
Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…
Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por lo que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecía vacía y sin sentido…
Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.
Por su puesto que yo sí conocía todo eso. Me vi pequeña metida en la biblioteca local, acurrucada en algún sitio de la habitación que compartía con mis hermanos, anonadada en un tomo mientras viajaba en el transporte. Recordé el día en que mi papá, muy solícito y preocupado, me regañó: “A ver si ya dejas de leer tus libros de aventuras y te pones a estudiar”. Ah, ¡qué tiempos aquellos! Me vi llorando en el pecero cuando se le salían las tripas a Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, pero, sobre todo, vi mi reflejo, mi sombra y mi corazón en el corazón de la Historia interminable. Ya no pude soltar el libro, estaba yo allí como una parte medular del todo.
Hay un simbolismo intrínseco en cada parte del relato. Fantasía está en peligro y hay que salvarla. Un libro narra una historia. A su vez, un niño lee el libro que narra la historia, pero un tercer lector ―nosotros― lee la historia del niño que lee la historia del libro. La historia es, pues, interminable, porque ―a lo borgiano―, ¿quién nos asegura que no estamos siendo leídos por un cuarto lector en este instante? El niño termina metido en la historia, adentrado en sí mismo, recogido en sus propios deseos y meditaciones. ¡Qué difícil es saber lo que uno desea realmente! ¡Qué difícil es mirarse a la cara a uno mismo!
El libro consta de cuatro partes, divididas a su vez en capítulos. En la primera, Bastián, un niño gordo y pusilánime, accede al libro. La segunda parte se centra en el contenido del libro en donde Atreyu debe salvar a Fantasía que está en peligro porque los seres humanos ya no tienen sueños ni imaginación. En la tercera parte Bastián penetra en la historia y en Fantasía, de tal suerte que es absorbido por la narración; al mismo tiempo, el viaje es interno, pues para contribuir con la salvación del Fantasía debe buscarse y encontrase dentro de sí mismo. Una cuarta parte está marcada por el encuentro de Bastián y Atreyu.
Un desfile de creaturas maravillosas deleitan la lectura y la imaginación en tanto se avanza en el relato, cada parte de la historia tiene significados alternativos que le darían a un especialista un cuenco pletórico y exquisito para hacer crítica semiótica. A su vez, se enlazan historias ―pues cada personaje tiene la suya propia― que quedan infinitamente sin terminar. Ende, seguramente partidario de la obra abierta, debió buscar que el lector completara lo restante. Con ello no sólo se ejercita la imaginación sino que también se contribuye a salvar Fantasía.
Por último, Fantasía está en peligro, y qué gran verdad es esa. Los libros, por lo demás, ayudan mucho y mucho contribuyen a evitar su extinción. Los seres humanos estamos muy lejos de nuestro propio ideal humano, y en el pragmatismo bárbaro de todos los días, nos olvidamos de imaginar y crear nuestra propia historia, primero en nuestras mentes, para verterla a la realidad. Nada es más triste que vivir sin soñar. Nada es más terrible que no imaginar uno su propia existencia, de tal suerte que lo que se ES no lo ha elegido uno. Uno debe imaginarse primero para crearse a sí mismo después. Debe uno forjarse un modelo y no traicionarlo nunca. Y, a propósito, te recomiendo La historia interminable, no te vas a arrepentir…                  

jueves, marzo 28, 2013

Qué leer

Por Yara de Mort.


Tony Guiteras: Un hombre guapo y otros personajes singulares de la revolución cubana de 1933 de Paco Ignacio Taibo II

Muchas personas conocen o han oído hablar sobre la revolución cubana de 1959, la del Che y Fidel Castro, pero ignoran del todo la de 1933, gestora en gran medida de la segunda. Es esta última una tan emocionante como la primera. Tuve el placer de asistir hace poco más de un mes  a una conferencia de Paco Ignacio Taibo II en la feria itinerante de la brigada Para leer en libertad, allá en territorio texcocano. Me encontré ahí con el libro intitulado Tony Guiteras y cuyo subtítulo versa Un hombre guapo y otros personajes de la revolución cubana de 1933.
Luego, no me quedaba muy claro de qué iba el libro. Debo admitir mi desconocimiento hasta entonces de la primera revolución cubana. Las fechas se confunden en la mente y yo pensaba, en ese tenor, que se trataba de la del 59 y que aparecería el Che en alguna parte del libro. ¡Qué equivocada estaba! Con toda la avidez que da la ignorancia me he dedicado a leerlo en los ratos de transporte que no deben desaprovecharse en la ciudad monstruosa de las distancias cortas y los tiempos largos. El primer enigma desentrañado fue la presencia de esta primera revuelta; no hubo una, sino dos las revoluciones de Cuba. Téngalo el lector muy presente de ahora en adelante, si es que aún no lo sabía. Tony es un personaje que de pronto se pierde entre un mar de protagonistas y antagonistas, historias separadas en capítulos más o menos cortos y muy digeribles.
Me roban el corazón ciertos personajes como Rubén Martínez Villena, un poeta revolucionario cuya fatalidad sería la tuberculosis, orador que mueve masas en plena agonía y con un pie en la tumba, que vive a la par de la revolución un romance triste y tiene una hija a la que apenas le da tiempo de conocer. Ramón Grau San Martín que de maestro universitario pasa a presidente y de presidente a disidente. Julio Antonio Mella “bajo cuyas alas se desarrollará políticamente Tony”.
Hay profusión de organizaciones tirando para distintos lados a la vez, cuerpos que habrán de coincidir en un punto para hacer la revolución. Son los años de los grandes ideales en que la industria azucarera cubana se halla en manos de las empresas estadounidenses, en que todavía se vive la esclavitud y la mezcolanza racial de la isla no contribuye a la tolerancia, por el contrario, se halla el racismo en su apogeo y los pobres se enfrentan a los pobres enarbolando sus tonos de piel como absurdo distintivo; son los años en que el proletariado persigue la jornada laboral de ocho horas y la eliminación del pago con vales que sólo podían canjearse en  ciertos establecimientos de los patrones extremadamente caros. 
Los grandes antagonistas de la historia: un dictador enfermo del mal del gobernante hispanoamericano (Gerardo Machado), un gringo y metiche embajador, medio culebra y medio camaleón (Benjamín Sumner Welles), algún militar torturador sin escrúpulos (El Carnicero de Oriente) y uno más que trepará rastreramente, derrocando una dictadura en la firme pretensión de implementar la suya (Fulgencio Batista). José Soler es el traidor, un periodista que escribe contra el gobierno para delatar a sus compañeros a sus espaldas.
Se va formando la historia con los trozos pequeños de las historias individuales, como un rompecabezas.  Nos percatamos entonces de que se repite, multiplicada magistralmente en la realidad presente, pasada y el porvenir. Es una narrativa amena y sencilla, a veces apasionada hasta el tuétano pero, ¿acaso es incierto que para apasionar al que lee debe ser el que narra todo ardor? No se termina de comprender la telaraña de los relatos populares, los documentos referidos, los artículos de periódico; no se termina, pues, de entender del todo cómo va girando el mundo y las vueltas que da la vida. Un silencio se hace mientras se desentrama la madeja de sucesos y chismes, lo que se documenta y lo que se supone, lo que queremos creer acaso.
Me sorprende sobremanera que la revolución del 33 la hicieran, en primer lugar, los estudiantes. No es privativo ni de 1968, ni de  ningún año o época, esta determinación de la juventud en que el ideal prevalece con toda energía en la búsqueda ardorosa de la utopía. Son los años de la Internacional Comunista, de la reivindicación del proletariado, de la influencia definitoria de la Revolución Rusa en el mundo, son los años en que César Vallejo andaba por París estudiando a Marx; son los años en que se levantaban los trabajadores del mundo exigiendo la jornada laboral de ocho horas, los años de las grandes luchas que se ganaban con torturados, asesinados y exiliados. Son los años en que las mujeres pedían igualdad ante los hombres y el derecho al voto…                       

jueves, febrero 07, 2013

Qué leer


Por Yara de Mort.

 


Todas las cosmicómicas de Ítalo Calvino

El año pasado recibí un magnífico regalo de cumpleaños, un libro de un escritor que hasta entonces desconocía; quiero decir, cuyo nombre había escuchado alguna vez, pero de cuya lectura me había perdido. El libro es, pues, Todas las cosmicómicas del escritor Ítalo Calvino. A la fecha he leído alrededor del ochenta por ciento del tomo, uno muy bonito, por cierto, en pasta dura, de Siruela. Se preguntará el lector como es que alguien se atreve a recomendar la lectura de una obra que no conoce al ciento por ciento y puedo decir a mi favor que ­―todo buen lector lo sabe―  existen ciertos ejemplares cuyo goce exige cierta cuota de meditación ―lo que en el buen vino sería el añejamiento― para hacer en la mente y en la vida algo más que una buena o mediana impresión.
Ningún personaje tan omnipotente, tan omnipresente, tan parecido a Dios como Qfwfq. Yo lo llamo simplemente Q porque no me alcanzan las eras, los tiempos, las partículas, las estrellas, las consciencias, para poder pronunciar su nombre. No se puede pronunciar el nombre verdadero de Dios. Sin embargo, es Q tan humano y terrenal que produce invariablemente un estremecimiento el percatarse de lo muy cerca que estamos de sus relatos. Yo soy un poco Q, me digo; soy mucha Q, descubro; y me deshago en grandísimos letargos cada vez que termino de leer una cosmicómica. Quedo quieta y estupefacta, quieta y silente. A lo sueño que es la vida me remite, como si no fuera bastante milagro la existencia, como si además fuera menester estar consciente de ella, de uno, del otro, del todo que es uno.
Haga de cuenta el lector una historia que está pasando pero ya pasó. Haga de cuenta el lector que Q es un átomo, un color, un dinosaurio, una flor, una forma, y desde su consciencia de célula, de dromedario, de elemento primigenio, de hombre, nos habla, nos cuenta, nos afirma, cual consciencia disipada y disparada, lo otro y lo mismo que somos; cuántos siglos han transcurrido desde que somos materia, desde que somos mente y recuerdo, desde que somos vida. Me acuerdo entonces, con Q, de aquel día en que descubrí que tenía una bella y larga cola con la que podía desplazarme; me acuerdo con Q de cuando mirábamos las estrellas desde aquellas noches del jurásico;  siento otra vez la maravilla del color por primera vez en mi iris; se deslizan más allá de mis neuronas terrenas las vivencias de otras vidas que viví, de otros seres que fui.
¿Será que Calvino juega a ser Dios en esta serie de disparatadas historias?, ¿será que de pequeño recibió un fuerte golpe en la cabeza que lo hizo vidente?, ¿será que escribe las memorias de Dios, las memorias del ser, del todo? Lo cierto es que el hombre le hace al biólogo, al físico matemático, al filósofo… La filosofía… ¡Qué cerca está la filosofía de todas las ciencias! Por más que la mente cuadrada de unos y otros ―los malos, los desapasionados, los conformistas― lo nieguen. Calvino lo sabe, conjuga magistralmente las ciencias y el arte en este género narrativo que nos revoluciona conforme su lectura. El escritor se siente en el estómago y en la piel. ¿Alguna vez has tomado consciencia de en qué lugar del cuerpo sientes al creador de la obra que lees? Bueno, yo siento a César Vallejo en el pecho y a Calvino en el estómago y en la piel, aunque también depende de la obra en cuestión. Recomiendo, en fin, una lectura pausada, sin prisas, cómoda. Debo advertir al lector que en cada relato transcurrirán centurias; que entre una a otra cosmicómica mediará el hombre o mujer que fuiste y el que eres ahora; que serás pájaro, aire, tiempo, tierra, tú.       

jueves, noviembre 22, 2012

Poesía

Por Yara de Mort.
Con ilustración de Rocamadour.


ENJAMBRES COLORIDOS

Arranco de las páginas
Matices
Untándose, pastosas, en mi sexo...
la niebla transitiva;

fundé la dádiva
contundente del color;

hice estropicios
aéreos
con los sonidos acuáticos
de peces tornasoles;

pájaros acamparon
como prismas salvajes;

—pri, pri, pri—,
leo sus notas,

y me marca un tumulto
universal del pecho.

No me dicen las hojas
su desprecio;

susurrando clorofila
se empaparon de mí,
untándose, pastosas, en mi sexo.

Veleidad, veleidad,
ver el mar
ve la sal.

Un rotundo
cloc, cloc, cloc,
me acompaña
en la disociación
de mis enjambres coloridos.  

                                      

jueves, octubre 11, 2012

Poesía


Por Yara de Mort.
Con fotografía de Jonay.
SOLEDAD
Playa frontera.

Soledad universal de lo prohibido
tengo por tía

Toc, toc, toc;
llama parentela a la puerta
de olvidos lejanos.

Tía viene y me quita la risa
y se va mi corazón del pecho inerme

Son parientes, son;
que de aledaños caminos
vienen a verme morir.

jueves, agosto 30, 2012

Poesía

Por Yara de Mort.
Con ilustración de Rocamadour.

SUSPIROS

Salvo el mar de vez en cuando
que me toca;
sobre todo son tus manos
y siniestras y encubiertas
las pasiones que te manan de los ojos.

Salvo el río,
los clamores y salivas de mi cuerpo,
la impertérrita bravura de los días,
los sonidos discordantes y la sal.

Salvo un poco de verdor de jardinera,
todo el musgo que te sale de las ingles,
los helechos que te cuelgan de la espalda,
las bandadas de hojarasca,
los colores aromáticos del sol.

Salvo muy poquitas horas,
pensamientos encriptados de obviedad,
los suspiros y gemidos y mis lloros,
unas cuantas retahílas y retazos
de mi voz.

Salvo el olvido escabroso,
defenestrables memorias,
minutitos muy bonitos
que me miran para atrás,
una loca que te cuida
y una bola de cristal de tentempié.

Salvo cruces por mis muertos,
los patrones multiformes y colmillos
que se clavan en los sesos
de los ecos
y embelecos
que quedaron cobijados
y embrujados dentro aquí.

Salvo todos mis temores
y mis odios
y mi olvido,
queda un poco de nostalgia,
y en la espera indiferente
la tertulia,
la radiante displicencia del vivir.

                                    Yara de Mort.