Por
Yara de Mort.
La historia interminable de Michael Ende
¿Te acuerdas de La Historia sin fin también conocida
como La historia interminable? Es una
película que, si mal no recuerdo, apareció en la década de los ochenta y en la
que fungía como el dragón de la suerte una especie de perro gigantesco. Pues
resulta que en mi cumple más reciente (en noviembre) mi amiga María Sanchica me
regaló el libro traducido al español por Miguel Sáenz y reimpreso por la
editorial Punto de lectura apenas el
año pasado. El autor es Michael Ende de
origen alemán y el libro apareció publicado por primera vez en 1979; pertenece
al género fantástico; viene en tamaño bolsillo y cuenta un total de 509 páginas
numeradas.
Confieso que este tipo de
género fantástico no es precisamente mi fuerte; pues para creaturas extrañas
tengo suficiente con mis hermanos y amigos; no obstante, he de confesar que hacía años ―muchos
años―que ninguna lectura me despertaba, de manera tan sustancial, una pasión
tan férrea. Era como si el ardor, que en otros tiempos me producían casi todos
los libros, se hubiese extinto a fuerza de la cantidad inmensa de lecturas
apresuradas y exigentes de la universidad. Es una tragedia ―por poner un
ejemplo― tener que leer Niebla de
Unamuno, Cómo se comenta un texto literario de Fernando Lázaro Carreter, La
muerte no entrará en palacio de René Marqués y un complicado texto de iniciación
lingüística en la triste primera semana de clases; las obras que podrían marcar
nuestras vidas de manera exquisita, se vuelven una carrera alocada por terminar
un reporte.
La historia interminable,
como estaba contando, me apasionó como hacía años no me apasionaba nada. No
quiero decir con ello que fuera incapaz de disfrutar cada una de mis lecturas,
pero tenía la sensación de que algo se había perdido. Con esta historia volví a
mí. Me descubrí en una de las primeras páginas leyendo en voz alta:
Quien
no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas
ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y
sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado...
Quien
nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque
Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el
argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que
levantarse tempranito…
Quien
nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una
historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que
había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por lo que había
temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecía vacía y sin sentido…
Quien
no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente
lo que Bastián hizo entonces.
Por su puesto que yo sí
conocía todo eso. Me vi pequeña metida en la biblioteca local, acurrucada en
algún sitio de la habitación que compartía con mis hermanos, anonadada en un
tomo mientras viajaba en el transporte. Recordé el día en que mi papá, muy
solícito y preocupado, me regañó: “A ver si ya dejas de leer tus libros de
aventuras y te pones a estudiar”. Ah, ¡qué tiempos aquellos! Me vi llorando en
el pecero cuando se le salían las tripas a Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada de
García Márquez, pero, sobre todo, vi mi reflejo, mi sombra y mi corazón en el
corazón de la Historia interminable.
Ya no pude soltar el libro, estaba yo allí como una parte medular del todo.
Hay
un simbolismo intrínseco en cada parte del relato. Fantasía está en peligro y
hay que salvarla. Un libro narra una historia. A su vez, un niño lee el libro
que narra la historia, pero un tercer lector ―nosotros― lee la historia del
niño que lee la historia del libro. La historia es, pues, interminable, porque
―a lo borgiano―, ¿quién nos asegura que no estamos siendo leídos por un cuarto
lector en este instante? El niño termina metido en la historia, adentrado en sí
mismo, recogido en sus propios deseos y meditaciones. ¡Qué difícil es saber lo
que uno desea realmente! ¡Qué difícil es mirarse a la cara a uno mismo!
El
libro consta de cuatro partes, divididas a su vez en capítulos. En la primera, Bastián,
un niño gordo y pusilánime, accede al libro. La segunda parte se centra en el
contenido del libro en donde Atreyu debe salvar a Fantasía que está en peligro
porque los seres humanos ya no tienen sueños ni imaginación. En la tercera
parte Bastián penetra en la historia y en Fantasía, de tal suerte que es absorbido
por la narración; al mismo tiempo, el viaje es interno, pues para contribuir con
la salvación del Fantasía debe buscarse y encontrase dentro de sí mismo. Una
cuarta parte está marcada por el encuentro de Bastián y Atreyu.
Un
desfile de creaturas maravillosas deleitan la lectura y la imaginación en tanto
se avanza en el relato, cada parte de la historia tiene significados alternativos
que le darían a un especialista un cuenco pletórico y exquisito para hacer
crítica semiótica. A su vez, se enlazan historias ―pues cada personaje tiene la
suya propia― que quedan infinitamente sin terminar. Ende, seguramente
partidario de la obra abierta, debió buscar que el lector completara lo
restante. Con ello no sólo se ejercita la imaginación sino que también se contribuye a
salvar Fantasía.
Por
último, Fantasía está en peligro, y qué gran verdad es esa. Los libros, por lo
demás, ayudan mucho y mucho contribuyen a evitar su extinción. Los seres
humanos estamos muy lejos de nuestro propio ideal humano, y en el pragmatismo
bárbaro de todos los días, nos olvidamos de imaginar y crear nuestra propia
historia, primero en nuestras mentes, para verterla a la realidad. Nada es más
triste que vivir sin soñar. Nada es más terrible que no imaginar uno su propia
existencia, de tal suerte que lo que se ES no lo ha elegido uno. Uno debe
imaginarse primero para crearse a sí mismo después. Debe uno forjarse un modelo
y no traicionarlo nunca. Y, a propósito, te recomiendo La historia
interminable, no te vas a arrepentir…

2 comentarios:
no puedo sacudirme al grafógrafo de Elizondo porque te leo leer a Bastián que lee, y alguien leerá. Lecturas de hace mucho tiempo, y tampoco puedo olvidar Momo, lectura recomendable. Me gustó más la película Time Bandits que The Neverending Story.
Gracias por desempolvar gratos y lejanos recuerdos
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