jueves, agosto 08, 2013

Ensayo


Por Madeja Lazos.
Con ilustración de Rocamadour.
 

TE INVITO A COMER        


La lengua es un ente vivo en continua evolución. El campo de significado de las palabras se puede ampliar o reducir según los requerimientos y circunstancias de determinado lugar, en cierto momento de la historia. Así, la intencionalidad de un “te invito a comer” puede variar desde una cita amorosa hasta un acto de profundo heroísmo, pasando por una gama de diversas motivaciones. En cualquiera de los casos conserva una esencia: el acto de proporcionar el alimento a alguien.
 
 
            Recordemos, pues, qué es el alimento. Si acudimos al diccionario encontramos “conjunto de cosas que el hombre y los animales comen o beben para subsistir”[i]; o sea, para seguir viviendo, para existir y en última instancia para ser. Hasta se ha creado un dicho o slogan publicitario muy a tono: “eres lo que comes”, y claro, nos imaginamos al bizcochito mañanero trepado en un par de tacones corriendo para llegar a tiempo al trabajo. Vertiginosamente se atropella en nuestra memoria una lista sin fin de los enemigos de una vida saludable: gluten, sodio, saborizantes artificiales, colorantes, conservadores, lípidos, lípidos, lípidos… el exceso de calorías… “Eres lo que comes” y queremos ser tan saludables y rozagantes como un jugoso tomate, en la silueta de una varita de apio por supuesto. 

Está bien, es necesario cuidar la salud, comprender las necesidades de nuestro cuerpo y cubrirlas sin excedernos para no ocasionarle daños. Cada vez es más frecuente ver en los expendios de comida, ensaladas, cocteles de frutas, licuados de yogurt, en prácticos envases desechables para consumirlos al momento y seguir corriendo; porque el tiempo no se detiene, porque el aparato productivo no puede parar. 

Llega el fin de semana o las vacaciones y para algunos el ritmo en la comida sigue siendo el mismo, igual fast food que bouffet, igual unos tacos al pastor que un pollo con mole. “Eres lo que comes”, fibra, carbohidratos, vitaminas ¿Qué más da? El contenido de un paquete desechable, producto de una empresa socialmente responsable. No. Alguien necesariamente, unas manos, aunque desconocidas estuvieron detrás de la preparación de esos alimentos; obvio, ojos que no ven, corazón que no siente.  

La comida es lo más básico que necesitamos para existir. Sin sustento se acaba todo, no hay sueños, no hay esperanzas, no hay nada, porque es el fin de la historia. La aparente abundancia en la que nos encontramos, no permite observar esto claramente. Y me refiero a la abundancia, no porque niegue la hambruna que sufre buena parte de la población mundial; sino porque estamos en un mundo donde hay concursos para ver quien come más por mera diversión, donde son posibles  clubs que enarbolan el lema “coma como cerdo”. 

Los alimentos a lo largo de la historia han estado llenos de significados, de simbolismo. Una granada es la diferencia entre el invierno y la primavera para Perséfone; las moras son la roja sangre de Píramo y Tisbe; la manzana ha despertando tentaciones desde hace siglos y derrumbado doncellas tan blancas como la nieve; en las celebraciones importantes como las bodas, las graduaciones, los bautizos, los cumpleaños, solemos brindar y ese licor, sea fino o no tanto, adquiere sabor de regocijo.  

“Te invito a comer”, te invito mi historia, el ingenio que puse en preparar los alimentos o el esfuerzo que invertí en trabajar para obtenerlos. “Te invito a comer” y te invito una porción de mi vida en ello; porque lo que te estoy dando lo pude guardar para mí pero he decidido no hacerlo. 

¿Te has detenido a sentir el peso de un té en tu lengua?, ¿recuerdas el sabor de un chayote hervido sin sal, de la calabacita, de la zanahoria?, ¿cuándo fue la última vez que aspiraste el olor del perejil, de la albahaca, de la menta? Tal vez tienes el privilegio de probar pan de casa, leche quemada, papín, flan, chiles rellenos, tacos dorados, cocido, puchero, tortaditas de carne, frijoles de la olla, platanitos fritos, jugosas y suculentas carnes asadas, ese consomé de pollo que sólo a tu madre le sale bien, ese café soluble que sólo tú sabes preparar.  

¿Está listo todo?, ¿quién hizo el agua fresca?, ¿quién la ensalada?, ¿quién puso la mesa?, ¿quién lavará los trastes? Cada comida es una fiesta, una entrega, una oportunidad de estar cerca. De saber que a éste le fastidia el ajo, que aquel otro estornuda con la pimienta, que cuando viene zutanita no puede faltar una buena salsa o unos chiles toreados… de saber cosas más profundas, de conocernos a nosotros mismos y a los demás. 

“Eres lo que comes” más allá de su composición química, eres las manos que preparan, la inspiración que da por fruto un alimento; eres la madre, el hijo, el hermano, la amiga; eres un ser humano a quien alimentaron cuidadosamente desde pequeño, cuando era indefenso, para que existiera y se desarrollara plenamente. “Te invito a comer” porque confío en ti, no en que me devolverás la invitación sino en que eres digno de tener vida; “te invito a comer”, y en tiempos de crisis puede no significar pagarte la cuenta, pero sí compartir el tiempo, ese momento valioso que es la comida, donde se intercambian sabores, se intercambia lo que se es para fortalecer una relación y “comer en el mismo plato”.



[i] DRAE

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