Por Madeja
Lazos.
Con
ilustración de Rocamadour.
TE INVITO A COMER
La lengua es un ente vivo en continua evolución. El
campo de significado de las palabras se puede ampliar o reducir según los
requerimientos y circunstancias de determinado lugar, en cierto momento de la
historia. Así, la intencionalidad de un “te invito a comer” puede variar desde
una cita amorosa hasta un acto de profundo heroísmo, pasando por una gama de diversas
motivaciones. En cualquiera de los casos conserva una esencia: el acto de
proporcionar el alimento a alguien.
Está bien, es
necesario cuidar la salud, comprender las necesidades de nuestro cuerpo y
cubrirlas sin excedernos para no ocasionarle daños. Cada vez es más frecuente
ver en los expendios de comida, ensaladas, cocteles de frutas, licuados de
yogurt, en prácticos envases desechables para consumirlos al momento y seguir
corriendo; porque el tiempo no se detiene, porque el aparato productivo no
puede parar.
Llega el fin de
semana o las vacaciones y para algunos el ritmo en la comida sigue siendo el
mismo, igual fast food que bouffet, igual unos tacos al pastor que
un pollo con mole. “Eres lo que comes”, fibra, carbohidratos, vitaminas ¿Qué
más da? El contenido de un paquete desechable, producto de una empresa
socialmente responsable. No. Alguien necesariamente, unas manos, aunque
desconocidas estuvieron detrás de la preparación de esos alimentos; obvio, ojos
que no ven, corazón que no siente.
La comida es lo más
básico que necesitamos para existir. Sin sustento se acaba todo, no hay sueños,
no hay esperanzas, no hay nada, porque es el fin de la historia. La aparente
abundancia en la que nos encontramos, no permite observar esto claramente. Y me
refiero a la abundancia, no porque niegue la hambruna que sufre buena parte de
la población mundial; sino porque estamos en un mundo donde hay concursos para
ver quien come más por mera diversión, donde son posibles clubs
que enarbolan el lema “coma como cerdo”.
Los alimentos a lo
largo de la historia han estado llenos de significados, de simbolismo. Una
granada es la diferencia entre el invierno y la primavera para Perséfone; las
moras son la roja sangre de Píramo y Tisbe; la manzana ha despertando
tentaciones desde hace siglos y derrumbado doncellas tan blancas como la nieve;
en las celebraciones importantes como las bodas, las graduaciones, los
bautizos, los cumpleaños, solemos brindar y ese licor, sea fino o no tanto,
adquiere sabor de regocijo.
“Te invito a comer”,
te invito mi historia, el ingenio que puse en preparar los alimentos o el esfuerzo
que invertí en trabajar para obtenerlos. “Te invito a comer” y te invito una
porción de mi vida en ello; porque lo que te estoy dando lo pude guardar para
mí pero he decidido no hacerlo.
¿Te has detenido a
sentir el peso de un té en tu lengua?, ¿recuerdas el sabor de un chayote
hervido sin sal, de la calabacita, de la zanahoria?, ¿cuándo fue la última vez
que aspiraste el olor del perejil, de la albahaca, de la menta? Tal vez tienes
el privilegio de probar pan de casa, leche quemada, papín, flan, chiles
rellenos, tacos dorados, cocido, puchero, tortaditas de carne, frijoles de la
olla, platanitos fritos, jugosas y suculentas carnes asadas, ese consomé de
pollo que sólo a tu madre le sale bien, ese café soluble que sólo tú sabes preparar.
¿Está listo todo?,
¿quién hizo el agua fresca?, ¿quién la ensalada?, ¿quién puso la mesa?, ¿quién
lavará los trastes? Cada comida es una fiesta, una entrega, una oportunidad de
estar cerca. De saber que a éste le fastidia el ajo, que aquel otro estornuda
con la pimienta, que cuando viene zutanita no puede faltar una buena salsa o
unos chiles toreados… de saber cosas más profundas, de conocernos a nosotros
mismos y a los demás.
“Eres lo que comes”
más allá de su composición química, eres las manos que preparan, la inspiración
que da por fruto un alimento; eres la madre, el hijo, el hermano, la amiga;
eres un ser humano a quien alimentaron cuidadosamente desde pequeño, cuando era
indefenso, para que existiera y se desarrollara plenamente. “Te invito a comer”
porque confío en ti, no en que me devolverás la invitación sino en que eres
digno de tener vida; “te invito a comer”, y en tiempos de crisis puede no
significar pagarte la cuenta, pero sí compartir el tiempo, ese momento valioso
que es la comida, donde se intercambian sabores, se intercambia lo que se es
para fortalecer una relación y “comer en el mismo plato”.

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