Por
Yara de Mort.
SOBRE
LA FELICIDAD DE SÉNECA
¿Qué es la felicidad?, ¿la
felicidad es ir por lo que todos quieren? Lo que todos quieren, primero que
todo, es la abundancia financiera, un buen auto, una linda casa, los
reglamentarios hijos, etcétera. Lo que todos quieren es casarse a los
veintitantos años con una persona de buen ver, con un buen partido; es conseguir el empleo de los sueños donde se pueda
ganar mucho haciendo poco; es comer platillos exóticos y viajar constantemente;
es, en fin, la comodidad, el placer, pero, ¿felicidad y placer son la misma
cosa? ¿Una persona que tiene todo lo anterior es por fuerza feliz? ¿Somos
felices en la medida en que podemos consumir y ser envidiados por otros?...
Me he
topado por casualidad con uno de esos libros que uno tiene en la amplia lista
de “pendientes” y que siempre se quiere leer pero se pospone y se pospone
indefinidamente. Hace un tiempo entré a una librería con más dinero del que
pensaba gastar y como casi siempre ocurre gasté casi todo lo que llevaba. Vi
una colección muy linda cuyo título versa Los
libros que cambiaron el mundo; de ahí elegí uno de Pascal, otro de Séneca, de
Descartes, de Einstein y de San Agustín. Compré, pues, cinco libros que
consideré imprescindibles para los anaqueles de mis libreros. Pensaba leerlos
pronto pero, por supuesto, me acosa la desgracia del lector voraz de siempre
tener muchos más libros de los que se pueden leer.
Tomé
el de Séneca hace unos días. No hay ningún motivo en especial, me sentí atraída
y ya. Es una cosa divina quizá. Tengo la teoría de que ciertos títulos llegan a
tu vista en el momento que deben hacerlo, cuando tenían algo que decirte.
Luego, el hermoso volumen que estaba todavía con el plástico, dentro de una
cajita a su medida en color blanco y que lleva impreso el rostro del que debió
ser el filósofo Séneca, que además tiene la pasta dura en color gris, contiene
Sobre la felicidad, De la brevedad de la vida, Sobre la clemencia, Ideario y
Ciencias naturales. Me dispuse entonces a leer lo primero, lo leí rápido en
poco menos de dos horas y sigo masticando las palabras, preguntándome qué es la
felicidad.
Pero,
la felicidad, ciertamente, no es un estado fijo y permanente, no es algo que
uno pueda obtener de una vez y para siempre, no es ni visible ni palpable, no tiene
olor ni sabor, no se oye ni traza su sombra a contraluz. La felicidad es tan disímil
como somos distintos y diversos los seres humanos. La felicidad es una cosa que
se cocina y se come sola. Uno mismo cultiva y cosecha su propia felicidad, no
es compartible, es como la vida y la muerte: individual, personal, íntima. Dice
Séneca, entre muchas cosas, que lo primero es saber qué se quiere, saber lo que
a uno lo hará feliz. Me recuerda esta aseveración a La historia interminable en que nos preguntábamos cómo saber qué es
lo que verdaderamente anhelamos. Eso es una cuestión muy seria y muy
definitoria. Es tan sagrada ―en la misma medida en que lo es la vida― que sería
una reverenda pendejada dejar la respuesta a alguien más.
Me
viene a cuento en este punto un post de Irving Ramírez en que afirmaba que la
gente lee libros de superación personal porque no conoce la filosofía. ¡Oh!, ¡vaya
que tiene razón! Uno no puede dejar que otros definan su propia felicidad,
porque la felicidad no es cuestión de marketing ni posesiones ni preceptos
religiosos ni convenciones sociales. La felicidad es personal y sagrada, es una
cosa que uno busca solo sin recetas de cocina. Dice Séneca que no hay nada más
dañino que acomodarse al rumor del vulgo para hallar la felicidad; dice también
que el vulgo siempre se equivoca y esto es, pues, que no hay que dejarse llevar
por la gente. La gente no sabe lo que quiere ella misma, ¿cómo van a saber lo
que uno necesita para sí? Uno, creo, hace la felicidad haciéndose a sí mismo, construyéndose
sobre sus propias sensaciones íntimas, meditando siempre para sí en una
permanente introspección.
Dice
Séneca que los bienes no deben ser despreciados, pero tampoco amados al punto
de morir por ellos; que quien los pierde amándolos locamente y viviendo para
ellos estará entonces perdido y que, en cambio, si uno los pierde sin un apego férreo
a ellos, pues serán solo cosas que se van y no se estará temeroso de perderlos
todo el tiempo. Dice el filósofo romano que uno no debe vivir para los bienes,
sino servirse de ellos para vivir, que uno trabaja azarosamente para llenarse
de cosas que después no podrán disfrutarse por falta de tiempo y de espíritu.
Yo
me pregunto ahora ¿qué es la felicidad? La felicidad es escribir, pienso, es
tomar mi café cada mañana, es contemplar a las personas que amo, es buscar el
sentido de cada día y buscar e indagar en los secretos del universo, es
conmoverme hasta las lágrimas ante la belleza del mundo, es buscar responderme
y satisfacerme a mí en la medida en que me he trazado un estereotipo personal
de quien quiero ser. La felicidad es ignorar el ruido, ignorar al que te dice
que el que no tranza no avanza, que buscar la perfección y la virtud es de
locos “románticos”, que no tener las cosas que todos quieren es de perdedores y
fracasados. La felicidad es reencontrarme cada día, rencontrar el ciclo en el
que respiramos solo para dejar de hacerlo un día, solo para volver a fundirnos
con la tierra y con el aire. La felicidad es ver que incluso el dolor tiene su
belleza, que mi dolor tiene sus causas y sus efectos, que si uno no procede de
mala fe no tiene nada que temer. La felicidad va más allá de lo que los demás
piensen de uno mismo, de complacer a otros, de buscar tener el premio gordo por
sobre los otros. La felicidad es identificarse con la tierra y con sus ciclos,
con sus misterios; es buscar la justicia y ser justo sobre todo con uno mismo.
…Y
para ti, ¿qué es la felicidad?
1 comentario:
¡Magnífico! Da felicidad leer recomendaciones tan sabrosas...
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