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jueves, septiembre 05, 2013

Con pincel y tecla


Por Yara de Mort.
Texto inspirado en una pintura, sin título, de Donka Nucheva Ellectra. 

ELEKTRA
AQUÍ TODAS SOMOS IGUALES. ¡QUÍTATE, PERRA! ¡¿QUÉ TE CREES?! ¡ESTE ES MI LUGAR! NO VOY A DECIRTE LO QUE TIENES QUE HACER PERO DEJA DE JODERME Y BÓRRATE. ESTOY HASTA LA MADRE DEL RINCÓN QUE ME DEJARON DONDE NUNCA PESCO NADA. A MÍ ME VALE UN PITO LO QUE AGARRES O SUELTES, YO SIEMPRE HE ESTADO AQUÍ Y VAS Y CHINGAS A TU MADRE CON TU RINCÓN. Elektra no necesitó vociferar para mostrarle a su madre quién era quién. Ella y Orestes supieron muy bien lo que era el derecho paterno. Porque el amor al padre siempre es más fuerte que el que se da a la madre. Las Erinas se equivocaban, estaban muy brutas por defender emperradamente a Clitemnestra. Mira que la que es puta es puta, y tiene garras también, y jadea, y se sabe mover en todas partes.

          NO HE TENIDO MÁS QUE TRES CLIENTES EN TODO EL DÍA. TRES PINCHES MUGROSOS BORRACHOS. DÉJAME POR FAVOR QUE ME QUEDE AQUÍ. A Sasha le da igual lo que a la otra le apure. Ella tiene sus propias broncas y no se anda por las ramas por un chiflido al corazón; además más vale la puta que te parió que por el amor de Dios. La otra escupe su chicle en el asfalto, se da media vuelta muy francamente encabronada y se retira con lo poco que le queda de dignidad. HIJA DE PERRA, PERO ME LAS VA A PAGAR; PINCHE GÜILA MAMONA… Pero Clitemnestra no amaba a nadie…, ni siquiera a Egisto; la adúltera nada más lo uso para chingarse al Agamenón.
Afortunadamente para la agredida la venganza llega pronto. Un par de chotas han pasado a atorar a la Sasha mientras la otra, a salvo, contemplaba y se burlaba desde su esquina oscura. SEGURO LE QUITARON TODO. ¡JA! ESO TE PASA POR PUTIZORRA. ¿Cómo le daría Elektra la noticia a Orestes?, ¿en qué oscuro callejón quedarían atrapados los hermanos ante la ofensa al padre? El padre es sagrado, el padre es sagrado… la madre no puede faltar al padre. La puta contempla gozosa los billetes escasos que ha obtenido de los tres borrachos mugrosos que, consecutivamente, han solicitado sus servicios de las 9 a las 11 de la noche. De ahí en fuera no ha habido nada. Toda la tarde y nada. La mitad de la madrugada y nada. Dependiendo del sapo es la pedrada, pero estos sapos estaban muy pinches; eran sapos —no vacas—, sapos flacos.
—Hermano, el honor de nuestra sangre es injuriado. Nuestro padre muerto está por nuestra madre y su amante. ¡No podemos permitir que la sangre sagrada de nuestro amado padre quede sin venganza!— Elektra camina seductora hasta la acera para reírse mejor de la vencida. Un Ferrari al costado le detiene el paso. Ella sonríe, siempre lasciva, siempre carrasposa. Se toca las nalgas excitada, sabe que este puede ser El cliente del día. ¿CÓMO ME VES, MI AMOR, JUGAMOS UN RATITO? El tipo del coche, calvo y sesentón pero con ropa fina, le abre la puerta. ¡YO SABÍA QUE ESTA ERA MI NOCHE! Voltea victoriosa a sonreírle a la Sasha ceñuda. BUENAS NOCHES, MI REY. ¿A DÓNDE ME VAS A LLEVAR? AL CIELO, CHIQUITA. TE VOY A DAR LO QUE TE GUSTA… Y DIME SEÑOR JUEZ, PUTITA, QUE PARA ESO SIRVO A LA NACIÓN. ¡AY!, MI SEÑOR JUEZ, YO TAMBIÉN LE VOY A DAR LO QUE USTED QUIERA. Elektra le sobaba la calva pulcra al juez.
Los tórtolos cruzaron la avenida de extremo a extremo. Elektra no pudo ocultar su desilusión  cuando aparcaron el auto en un hotelito pinchurriento y pasaron a una habitación sin identificarse previamente en la recepción. ¡QUÍTATE ESA FALDA DE PUTA Y LOS CALZONES!, ordenó el señor magistrado. La aludida obedeció ya sin coqueteos y sin preguntar nada. ¡ÍNCATE SOBRE LA CAMA!, vociferó otra vez el patrón. La güila se puso sobre cuatro patas. El juez quiso penetrarla frenético, pero la cosa amorfa, flácida, no le respondió; luego cogió la corbata y estranguló a la puta. SABÍA QUE NO ERA UN BUEN DÍA, pensaba ella mientras sentía el peso grasoso del calvo. Las erinas argumentaron en el juicio sumario que si bien el padre es sagrado, es más sagrada la madre. Uno no puede estar completamente seguro de quién es su padre, uno no mira cómo lo engendran, no verifica su origen; en cambio, no se duda de la madre. De la madre nace uno sin discusión alguna. La madre es más sagrada que el padre. El derecho materno domina sobre el paterno. Si Elektra entonces fue absuelta, pues los dioses se dejaron llevar por el amor a Agamenón, ahora estaba perdida, irremisiblemente muerta bajo el peso grasiento y calvo de la justicia.

jueves, mayo 30, 2013

Con pincel y tecla

Por Yara de Mort.
Con ilustraciones de Tito Varela.

Discordancias
Eran grandes gotas de un torrente ambiguo y, como si las horas pudieran trocarse elásticas, estaba muy erguida frente a la ventana, denostando las ráfagas de rayos atormentados y eléctricos. ―¿Por qué se desnuda una frente a la ventana en días de lluvia?―, es difícil precisar todo lo que es menester para sentirse mujer después de cierta edad y tras el divorcio. Hay una sensación de sequedad interna, derrotas en batallas inexistentes. Mira una dentro de sí que se le ha ido la vida intentando conquistar una tierra varada en el mar que al fin no tenía más que cardos agazapados.  
Como fuera, ella estaba allí desnuda y provocadora, como una torre de mármol erigida sobre la duela, mirando a través de los vidrios un poco turbios. Él se había quedado inconmovible en el sofá, degustando su puro con lentitud exasperante. Aquél era un cuerpo que ya conocía bastante bien como para no poder resistir la tentación de tomarlo en seguida, era el cuerpo de diez años de caminos paralelos, de yuxtaposiciones propias, de sudores inherentes y mezclados para la posteridad. Era el cuerpo que más le gustaba en el mundo y, precisamente por eso, ahora prefería volver a contemplarlo de lejos y en todo su esplendor.

―¿No te parece que es absurdo todo esto?—le dijo ella a él. El hombre se quedó callado y concentrado en sus exhalaciones olorosas.  Le parecía que lo absurdo era que ella señalase el absurdo. Lo cierto es que también conocía muy bien ese tipo de declaraciones sin sentido, conocía los extraños mecanismos con los que la mujer llamaba hacia sí a los hombres. Sabía que pronto habría de pasar la afectación y que, en unos momentos más, ella se aproximaría al sillón y tomaría lugar muy cerca suyo, con la pierna cruzada y la espalda erecta, con la misma naturalidad que si estuviera vestida.
Ella, en cambio, siguió incólume, postrada como una roca frente a la ventana, sin más indicio de movimiento posible que la respiración discreta y pausada. Había en su mente un dilema matrimonial que surgía de muy profundas regiones, emanado desde el noviazgo largo y pletórico.  Se preguntaba qué sentido había tenido aspirar a la perfección, como mujer, durante tanto tiempo, sin que él lo hubiera apreciado nunca. Ella quería ser la mejor mujer para él, quería regalarse a él de tal suerte que nunca más se sintiese necesitado de nada, pero él estaba siempre callado, urgido de los brazos maternales que no se le extendían nunca, insensible, primero ante el entusiasmo y luego ante las fuerzas minadas de su mujer.
Ahora el dolor se perfilaba nítido en las actitudes zigzagueantes del cuerpo desnudo. Ella sabía lo que el hombre esperaba y en esa tónica perfilaba su venganza. Cada secuencia de segundos, por mínima que fuera, fungía como un río interminable y fluido en el que el alma de su amante de vida se debatía moribunda y desesperada. Las nalgas dibujadas en una silueta confusa comenzaban  a temblar frente a la ventana, iluminadas de vez en cuando por las ráfagas celestes. No es posible pacer delante de la piel temblorosa ajena, la propia piel reacciona en seguida, quiere proveer de calor a la otra dermis.  
―Sucede, mi querida musa, que te tomas la vida con demasiada vehemencia―. Fue él quien se levantó. Puesto el puro en el cenicero,  se aproximaba con calma al cuerpo lozano y tembloroso. Se abrazó a él por detrás en la espera de que la mujer diera la vuelta y lo besara en los labios con toda su calidez maternal, pero el cuerpo se puso rígido. Los ojos de ella estaban humedecidos porque, por dentro, habían recorrido ya todos los años de indiferencia marital, de humillaciones infames y de inseguridad. Ya no era tan bonita como antes, en su cara se perdía el aire infantil que tanto atrajo a los hombres en otros tiempos, los músculos de su vientre se habían puesto flácidos, las primeras canas comenzaban a aparecer. Se sentía ultrajada, sentía que algo le habían robado: la primera juventud, quizá.
La juventud, por lo demás, es un asunto del espíritu. Una se siente más vieja después del divorcio que si no se hubiera casado nunca. Pesan más las primeras arrugas cuando se han hecho en complicidad con otro, de la mano de otro. Se cree en el interior que al entregar la mente y el cuerpo a otro ser, que al entregar el tiempo a otro ser, se ha envejecido en la sucesión de los pequeños actos de cada día. Ha tenido que enfrentar el alma muchas vicisitudes, junto con el alma va cambiando el cuerpo, y se asocia la madurez de una y otro. En esta medida se envejece de dentro hacia afuera, desde las notas primeras dimanadas del cuerpo en el encuentro con otro, hasta las enfermedades compartidas en pareja y las noches en vela ceñidos y aferrados a la piel del amante.
La musa se apartó del hombre con suavidad, no pretendía herir más ni reclamar, se sentía demasiado lesionada como para emprender una nueva batalla. Iba trastabillando por la alfombra rumbo al sillón, deslumbrados los ojos por todo el rato de rayos que la tenía fulminada. Se dejó caer al pie del asiento y, recargada en él, se puso a llorar. El hombre ya no supo qué decirle. Tenía ganas de cargarla en brazos y cobijarla, pero eran demasiadas las peleas que los separaban, eran muchos los insultos y las desaprobaciones, un mar de reclamos inundaba su cabeza. Una parte de su espíritu estaba satisfecho de verla ahora postrada y sin armas.

Al fin se aproximó al sillón, llevó sus manos a la cabeza gacha de ella para consolarla. Sabía por alguna razón que tenía las mismas ganas de llorar de la mujer. En el fondo creía que todo era su culpa. Se quitó la chamarra, colocándola delicadamente sobre los hombros de la ninfa. Se sentó sigiloso a su lado. No era tiempo de hacer el amor sino de quedarse muy quieto a su lado. Estaban separados pero juntos al fin de cuentas, separados pero unidos por diez años de comunión mutua, nadie más adivinaría, nunca más, sus pensamientos como lo hacía ella, nadie más le gustaría tanto como la mujer mullida que yacía muy quieta y llorosa a sus pies. El sonido de los truenos cesaba, en la sala reinaba la oscuridad porque ahora la tormenta no alumbraba el espacio.           

  

jueves, abril 11, 2013

Con pincel y tecla


Ilustración de Tito Varela
con un texto de Yara de Mort.

 

Sueño de silencio

Digamos que estaba dispersa, buscando las hojas sueltas, los lapsos perdidos en que no supe más de mí y en cambio me había despertado, tan después, en desconocidas e inmensas regiones. Era de las que constantemente invocan un dios, de las que buscan el destino promisorio mirando al horizonte; era de las que sueñan con un príncipe y al mismo tiempo añoran la revolución. Sintetizaba cada día en pequeños y grandes dolores, doblegándome ante mí misma y ante las circunstancias terriblemente circulares y malignas. Con la sensación incorrupta de que ha pasado más tiempo, de que he estado en más lugares, de que otras vidas viví y, sin embargo, heme aquí corriendo del silencio.
Comenzaba la mañana guarecida en mis colchas, circunscrita a las afinaciones técnicas de todos los días, en la ducha fatua de las promisorias reflexiones; calzando unos tacones espantosos, muy altos y afilados; con un vestido de elección temporal, de acuerdo al comercio; con las uñas repintadas y la boca manchada de colores estrambóticos y sensuales, como ataviada para un carnaval del medievo. Se ofertaban los coches para ser transportada, los niños para lustrar zapatos, las flores de los señores con sombrero de palma, el último disco compacto del músico que venga a la mente, las palmadas en la espalda de casi todos los personajes del carnaval, incluso la dignidad se ofertaba. 
Algunas veces escuchaba una voz que, muy quedo, apenas soplaba filosofadas a mi oído. Me sentía envuelta en mi piel, como en una prisión devastadora. Muchas noches pedí a Venus la señal del camino; estudié ciencias y guerra, filosofía e historia; estudié corte y confección y un poco de repostería francesa. Nunca tuve nada qué decir salvo que estoy sola, esperando una misión infinita pero ineludible que nunca llega del todo. No estoy segura de la posibilidad de vencer al silencio, en todo caso me gusta vagar, seguir a Venus en su inmensidad, escuchar las señales que la estrella me susurra muy suave.
De pronto hallo una puerta por donde asomo el dorso de la mano derecha. Recorro con los dedos la madera mohosa, humedecida por el rocío del sereno. Ahí me detengo. ―Si pudiera despertar por fin―, pienso. Pero hace muchos días que estoy soñando, hundida en la más soporífera niebla, como un pájaro que, en el yerro y el traspié, buscara extraviado el retorno al grupo. Intento girar la cerradura pero queda inerte. Intuyo que debo abrirla metiendo la punta de uno de mis cabellos. El silencio detiene el suave hojerío que trepidaba incesante y rumoroso. Quedo en pausa un instante. Me arranco un pelo largo y ondulado que crecía arbóreo cerca de la sien. La hebra se seca al instante, apenas se desprende la raíz del cuero cabelludo.
―¿Por qué se secan los vivos?―, pregunto, pero la noche está tan callada que no se escucha ni el eco de mi pensamiento. Introduzco pausadamente la punta por la hendidura azarosa que esperaba impasible. El cabello es demasiado delgado para entrar por ahí. El cabello no se sostiene, es como un hilito de hierba que se hubiera marchitado al contacto del mundo, en la orfandad de verse lejos de la cabeza. Estoy impasible y temblorosa; quizá fuera la última oportunidad que tenía para volver a la vigilia. Hace ya mucho tiempo que estoy dormida; que me invade el silencio omnipotente; que me desangro casquivana y errática, triste y subvaluada, sombría y a oscuras, en una oquedad tremebunda y purpúrea.
Mi destino en adelante es la vagancia, flotar imperceptible hasta el fin del tiempo, hasta que llegue el dios a prorrumpir sus palabras de consuelo o escarnio. Ahora no estoy segura de que el dios pueda salvarme. Intento invocar su santísima presencia, intento sin fruto llamar su atención pero soy francamente ignorada, desterrada. Una niebla desnuda me sacude y entruja a intervalos desiguales. ¿Cómo dije que me llamaba? Una chispa me incendia por dentro, desde el borde de mi primera página hasta el final de la segunda. No recuerdo cómo dije que me llamaba ni qué me trajo hasta aquí. Esperaba la bonita y sonrosada luna de después de la aurora habitual, me quedé mucho tiempo meditando mientras ella se aproximaba redonda y horizontea, entre plateada y rojosangre, entre frugal y magnánima.
Dije que soñaba con un príncipe y con la revolución. Soñaba, quiero decir, con un príncipe revolucionario. Soñaba, enfatizo, con un revolucionario. Soñaba, decreto, con un revuelo ordinario, con un vuelo, con un cielo, hielo, niebla…
De pronto la niebla se elevó hasta un nivel inurbano. Me levanté flotando y salí aterrada por la ventana, desnuda de mí sin los espejos de siempre. Trastabillando en mi equilibrio, sorteando juicios y lontananzas, fresnos y jacarandas, humaredas dispersas y aromáticos valles. Quedé sola en el principio de nada, sin dios y sin príncipe, sin revolución ni horizonte. ¿Cuánto tiempo más podré soportar en este sueño, mecida por el viento nocturno, embebida en filantropías impropias?
Dije que huía del silencio pero no fue cierto, un fuerte y estrepitoso rugido aplastaba mis entrañas. Era un sonido estridente que me arrastraba por dentro hasta hacerme correr. ¿Cuánto tiempo más tendré que soportar todo ese ruido? Me tapaba las orejas con las palmas pero era inútil. Encendía la música a todo volumen sin efecto alguno. En muchas ocasiones tuve que gritar muy fuerte para segar las voces tumultuosas, pero las voces persistían. Las voces se apropiaban de mi voluntad. Las voces me llevaban al borde de la exasperación. Tanta vigilia retumbaba en mis huesos. Tanta vigilia me azoraba, me ultrajaba, me penetraba burlona y densa, como un fardo infinito y punzante.
El dios no estaba más. De pronto hubo calma. Sólo niebla había. Sólo la purpurea noche. Yo en la purpúrea noche con mis andanzas flotantes y descalzas. Yo con mi voz pequeñita susurrando enternecida a mi oído. Yo con el mar insalvable del más absoluto silencio, donde no se oyen los ecos ni las palabas ni los pensamientos. Soy yo otra vez desbarrancando los años que me han dejado para mí. Soy yo confinada a mí. Yo desterrada en mí. Me hice a un lado. Comencé a flotar con todo desparpajo, sellando eternamente mis conductos auditivos. Con cada pupila perdida cuidadosamente en el vacío, en una aurora imaginaría que no cede, en un punto inflexible y tranquilizador. Soy yo libre al fin.