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jueves, octubre 17, 2013

Música

Por Berto Naviera.
Música: Libertango.
Intérprete: The Swingle Singers.
Autor: Astor Piazzolla.
Año: 2013. 

CALÍGINE
El Sol va dejándose desmayar desde lo alto de ese cielo índigo donde reina y que va perdiendo, raudo, sus fulgores otoñales. Un azul de cobalto va poblando el empíreo y la sangre del Dios Sol en sacrificio se riega por el firmamento. El día llega su fin y la Noche extiende su caliginoso reino. 
         Caminando por una larga y angosta callejuela un hombre avanza con paso rápido; voltea por sobre su hombro constantemente como si temiera ser descubierto o, peor aún, ser alcanzado por algo a lo que teme; algo que mantiene su amenaza sin estar presente. Sus pasos resuenan sobre las húmedas baldosas y las sombras que pueblan la calle encubren torvas amenazas. Su corazón y sus pasos se aceleran.
tap
tump
      tap       tap
tump
      tap       tap
tump          tump… 

         Alcanza, jadeante, la avenida próxima llena de autos veloces y entremezclados sonidos. Su ritmo cardiaco se ha calmado y sus ojos ya no buscan soterradas amenazas en las sombras. Las demás personas le son indiferentes. 

         Llega a un gran portón de sólido acero verde y toca: tres toques rápidos y luego uno más ‑tomb tomb tomb - tok‑. Unos breves instantes de espera y el portón se abre para que él penetre. Una gran bóveda, apenas iluminada, se descubre ante el hombre. Conoce el lugar, no es la primera vez que lo visita. Una mujer alta y esbelta de lacio cabello lo lleva hasta una mesa redonda y le ofrece asiento.  

         Un foro en el centro de la bóveda se ilumina con una parda luz rojiza: en él se puede observar una pareja completamente desnuda; un hombre y una mujer de cuerpos claros, lampiños, musculosos, elásticos que se mueven en pasos armoniosos bailando una danza sensual: es un tango. Sus ojos, tapados con púrpura seda, no pueden mirarse. Sus manos se juntan, sus cuerpos se acercan y luego distancian. Se buscan, se encuentran. Se mueven en ágiles pasos que unen sus piernas desnudas. Sus cuerpos se juntan en gráciles piruetas gimnásticas para luego arrojarse en bruscas corcovas. Las manos se extienden, los dedos se abren, recorren la piel de los senos, la cintura, las nalgas, las piernas.  

         La mujer alta y esbelta de lacio cabello ha traído un vaso de vidrio rosado con una bebida del color del cobalto. El hombre, extasiado en la danza, se lleva el vaso a la boca y la sorbe. Sus ojos se nublan, se pierde en el tiempo y, cuando reacciona, se encuentra desnudo y unas largas piernas ciñen su cintura mientras que su miembro penetra la húmeda vulva. Dos blancos brazos lo envuelven y cierra los ojos mientras que disfruta el tórrido vaivén de los engarzados sexos. ¿Dónde se encuentra? ¿Quién es aquella mujer de ojos profundos y oscuros que, desde el placer, lo observa? La mujer le da la vuelta y queda a horcajadas sobre su vientre. Su miembro penetra en ella profundamente. El lacio cabello cae por sus hombros. Y en el instante del clímax despliega unas grandiosas alas oscuras desde su espalda. El hombre queda absolutamente desconcertado mientras va sintiendo que desde su interior un volcán erupciona. Decenas de oleadas de placer lo hacen perderse en el caliginoso abismo y cierra los ojos. 

         Una luz intensamente blanca lo espabila. Un automóvil ha dado vuelta en la cercana avenida y la luz de los faros le da de lleno en los ojos. El hombre reacciona, levanta la mano y se da cuenta de que sigue dentro del callejón. Las sombras que abundan esconden inexplicables peligros y apresura el paso y su corazón se apresura. ¿Ha tenido un sueño? No lo sabe, su cabeza se encuentra confundida.  

Tap
tump
      tap       tap
tump
      tap       tap
tump          tump…

Sus pasos y su corazón aceleran el ritmo. Las luces de la avenida próxima ya están cerca. 

         Desde un oscuro rincón le llega un murmullo, una silueta se mueve en la sombra. Una imperceptible voz le rumora: Weather to fly.
 

jueves, septiembre 05, 2013

Con pincel y tecla


Por Yara de Mort.
Texto inspirado en una pintura, sin título, de Donka Nucheva Ellectra. 

ELEKTRA
AQUÍ TODAS SOMOS IGUALES. ¡QUÍTATE, PERRA! ¡¿QUÉ TE CREES?! ¡ESTE ES MI LUGAR! NO VOY A DECIRTE LO QUE TIENES QUE HACER PERO DEJA DE JODERME Y BÓRRATE. ESTOY HASTA LA MADRE DEL RINCÓN QUE ME DEJARON DONDE NUNCA PESCO NADA. A MÍ ME VALE UN PITO LO QUE AGARRES O SUELTES, YO SIEMPRE HE ESTADO AQUÍ Y VAS Y CHINGAS A TU MADRE CON TU RINCÓN. Elektra no necesitó vociferar para mostrarle a su madre quién era quién. Ella y Orestes supieron muy bien lo que era el derecho paterno. Porque el amor al padre siempre es más fuerte que el que se da a la madre. Las Erinas se equivocaban, estaban muy brutas por defender emperradamente a Clitemnestra. Mira que la que es puta es puta, y tiene garras también, y jadea, y se sabe mover en todas partes.

          NO HE TENIDO MÁS QUE TRES CLIENTES EN TODO EL DÍA. TRES PINCHES MUGROSOS BORRACHOS. DÉJAME POR FAVOR QUE ME QUEDE AQUÍ. A Sasha le da igual lo que a la otra le apure. Ella tiene sus propias broncas y no se anda por las ramas por un chiflido al corazón; además más vale la puta que te parió que por el amor de Dios. La otra escupe su chicle en el asfalto, se da media vuelta muy francamente encabronada y se retira con lo poco que le queda de dignidad. HIJA DE PERRA, PERO ME LAS VA A PAGAR; PINCHE GÜILA MAMONA… Pero Clitemnestra no amaba a nadie…, ni siquiera a Egisto; la adúltera nada más lo uso para chingarse al Agamenón.
Afortunadamente para la agredida la venganza llega pronto. Un par de chotas han pasado a atorar a la Sasha mientras la otra, a salvo, contemplaba y se burlaba desde su esquina oscura. SEGURO LE QUITARON TODO. ¡JA! ESO TE PASA POR PUTIZORRA. ¿Cómo le daría Elektra la noticia a Orestes?, ¿en qué oscuro callejón quedarían atrapados los hermanos ante la ofensa al padre? El padre es sagrado, el padre es sagrado… la madre no puede faltar al padre. La puta contempla gozosa los billetes escasos que ha obtenido de los tres borrachos mugrosos que, consecutivamente, han solicitado sus servicios de las 9 a las 11 de la noche. De ahí en fuera no ha habido nada. Toda la tarde y nada. La mitad de la madrugada y nada. Dependiendo del sapo es la pedrada, pero estos sapos estaban muy pinches; eran sapos —no vacas—, sapos flacos.
—Hermano, el honor de nuestra sangre es injuriado. Nuestro padre muerto está por nuestra madre y su amante. ¡No podemos permitir que la sangre sagrada de nuestro amado padre quede sin venganza!— Elektra camina seductora hasta la acera para reírse mejor de la vencida. Un Ferrari al costado le detiene el paso. Ella sonríe, siempre lasciva, siempre carrasposa. Se toca las nalgas excitada, sabe que este puede ser El cliente del día. ¿CÓMO ME VES, MI AMOR, JUGAMOS UN RATITO? El tipo del coche, calvo y sesentón pero con ropa fina, le abre la puerta. ¡YO SABÍA QUE ESTA ERA MI NOCHE! Voltea victoriosa a sonreírle a la Sasha ceñuda. BUENAS NOCHES, MI REY. ¿A DÓNDE ME VAS A LLEVAR? AL CIELO, CHIQUITA. TE VOY A DAR LO QUE TE GUSTA… Y DIME SEÑOR JUEZ, PUTITA, QUE PARA ESO SIRVO A LA NACIÓN. ¡AY!, MI SEÑOR JUEZ, YO TAMBIÉN LE VOY A DAR LO QUE USTED QUIERA. Elektra le sobaba la calva pulcra al juez.
Los tórtolos cruzaron la avenida de extremo a extremo. Elektra no pudo ocultar su desilusión  cuando aparcaron el auto en un hotelito pinchurriento y pasaron a una habitación sin identificarse previamente en la recepción. ¡QUÍTATE ESA FALDA DE PUTA Y LOS CALZONES!, ordenó el señor magistrado. La aludida obedeció ya sin coqueteos y sin preguntar nada. ¡ÍNCATE SOBRE LA CAMA!, vociferó otra vez el patrón. La güila se puso sobre cuatro patas. El juez quiso penetrarla frenético, pero la cosa amorfa, flácida, no le respondió; luego cogió la corbata y estranguló a la puta. SABÍA QUE NO ERA UN BUEN DÍA, pensaba ella mientras sentía el peso grasoso del calvo. Las erinas argumentaron en el juicio sumario que si bien el padre es sagrado, es más sagrada la madre. Uno no puede estar completamente seguro de quién es su padre, uno no mira cómo lo engendran, no verifica su origen; en cambio, no se duda de la madre. De la madre nace uno sin discusión alguna. La madre es más sagrada que el padre. El derecho materno domina sobre el paterno. Si Elektra entonces fue absuelta, pues los dioses se dejaron llevar por el amor a Agamenón, ahora estaba perdida, irremisiblemente muerta bajo el peso grasiento y calvo de la justicia.

jueves, agosto 29, 2013

Música

Por Berto Naviera.
Tema musical: Wytches' Brew.
Intérprete: Omnia.
Álbum: World Of Omnia.
Ano: 2009. 

AMARIS 

En el amor nunca ha habido leyes que rijan o normen conductas y actos entre amantes. La unión de los cuerpos ha seguido a la unión de los labios que han seguido a la unión de las manos y las ansias se suman en una sola y ardiente necesidad de fundir la piel. Pero siempre debemos estar prevenidos, nunca hay que caminar a ciegas ni permitirse una excesiva confianza; las reuniones sentimentales en ocasiones tienen un trasfondo oscuro y su origen está más allá de los sublimes sentimientos de los enamorados. La terrible verdad, casi siempre oculta a su contraparte, no deja de ser un sino terrible, aún más por desconocido, a su fatal destinatario.

Salomón Häns, brillante estudiante de la carrera de economía en afamada y particularísima universidad de rígido perfil judío-ortodoxo, es el futuro heredero de las formidables empresas multinacionales que forman el Emporio Häns y ha sido, irremediablemente, atrapado por los grandes ojos oscuros de la joven becaria que cubre los turnos vespertinos en la biblioteca de la citada universidad. A la joven bibliotecaria no le faltan femeninos dones que atraen indiscretas y arriesgadas miradas de sus compañeros que violan con ello la rígida moral que impera en la estructura social de la escuela y que es estrictamente vigilada por sus rígidos tutores. Una abundante y negra cabellera rizada forma el marco perfecto a un rostro de rasgos largos y finos, los labios no gruesos, rosados y delicados se fijan perennes en amable sonrisa. Los ojos, profundos y oscuros, misterios encierran que sus compañeros, sensuales, en vano descifrar atinan. Una virgen pintada por Rubens, una maja trazada por Goya su figura evoca aún por debajo del suelto uniforme de bibliotecaria de escuela judía.

El joven Häns hace tiempo la mira pero no se atreve a la cercanía formado como los demás estudiantes en las rígidas reglas de la Cofradía. Su corazón late cuando cree que adivina rubores y discretísimas respuestas de su compañera. La Logia lo marca, su tímido amor lo indisciplina. Verónica se llama el motivo de su rebeldía.

La Diáspora norma sus posibilidades de elegir pareja y compañía. El destino es seguro y brillante, solo se trata de seguir las normas, cumplir los preceptos, la voz del decano que paciente y amable lo guía.

Al fin se decide y anuncia a sus padres su irremisible osadía: hará de Verónica su compañera de vida. Solo hay un problema, nadie está seguro de que la elegida pertenezca a la cofradía. Aunque todos la conocen su origen parece indefinido. Se hacen preguntas y averiguaciones que aclaren el origen de la distinguida. Las normas son claras: debe ser judía, de origen y aún mejor de genealogía.

Las pesquisas dan fruto y la pretendida resulta judía, de un largo abolengo y noble y acaudalada familia. Solo una peculiaridad da un matiz extraño a su singular prosapia, no aparecen hombres, todas son mujeres. Una larga tradición femenina. Todas similares; parecen una misma. Solo cambia el vestuario, la moda, los muebles y tapicería; el rostro es el mismo, eterno, de siglos.

Entrada la noche la ciudad duerme y descansa mientras el firmamento una grandiosa Selene ilumina. Las sombras de los altos cipreses la noche vuelven aún más sombría. Entre los edificios de la ciudad una casa refleja en sus ventanales apagadas luces de una pira en los amplios jardines. Tres mujeres cantan una ronda bailando en torno a un caldero. Tres Amaris idénticas el conjuro practican. 

Double double toil and trouble
Fire burn and cauldron bubble
Double double trouble you
Bubble in a witches' brew
 

jueves, agosto 15, 2013

Qué leer

Por Yara de Mort.



Viaje del Parnaso. Poesías sueltas, de Miguel de Cervantes
Todo buen bibliófilo chilango sabe por antonomasia que uno de los mejores lugares para encontrar tesoros es la calle Donceles del Centro Histórico de la Ciudad de México, ex Región más transparente del aire; pues es allí donde se encuentra el mayor conglomerado de librerías de viejo del Distrito Federal. Allí uno se pone a dar paseos de librería en librería en un día libre de exploración entre trascendental y casual y no es raro hallar a precios irrisorios libros perfectamente nuevos, con plástico y todo, de ediciones españolas, en pasta dura, con un buen prólogo y que se empolvan esperando al soñado lector que puedes ser Tú.
Encontré allí uno de estos días el Viaje del parnaso junto a Poesías sueltas del ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes. Como soy su muy asidua y fiel lectora, y no me da miedo leer por kilo porque por kilo y no por frase leía Don Quijote ¡je!, pues adquirí aquel maravilloso tomo introducido nada menos que por Vicente Gaos, crítico de origen español licenciado por la Universidad de Madrid y doctorado a mucha honra por la UNAM. Las manos me dieron comezón para quitarle el plástico a aquel muy bonito tomo de color café de la Biblioteca Castalia y más tardé en eso que en sentarme en la Alameda acompañada de un café y un amigo a leer en alta voz algunas de las Poesías sueltas. Un viejo encantado se fue a sentar a mi lado y, fingiendo que era la fuente delantera la idem de su admiración, escuchaba impávido y maravillado al gran Cervantes salido de mis labios que para eso mi voz yo le prestaba.
Los más de los versos dedicados son a personajes ilustres de la dichosa edad y siglo dichoso que vieron nacer al insigne manco de Lepanto, comenzando por la reina Isabel de Valois, pasando por frailes y santos diversos hasta llegar al túmulo de Felipe II. Son estos poemas los que no tuvieron cabida dentro de sus otras obras; son, pues, en verdad, sus poemas sueltos y se incluye, además, una sección de Poesías sueltas atribuidas a Cervantes. El libro es una maravilla porque no le falta ni estética ni contenido ni numerosas notas explicativas que harto facilitan la lectura tanto al inexperto como al más de los doctos.
El prologuista inserta al lector de una manera atinada en los versos de Cervantes pues, es cierto, se suele comparar y medir a poeta con la vara de su prosa, cosa de por sí errónea y fuera de lugar. Si bien Cervantes no es el más grande poeta que haya dado su siglo, tal como sí es el prosista, tampoco desmerece en nada a otros de su tiempo.
La cosa se puso mejor cuando en solitario retomé el hermoso ejemplar para leer el Viaje del parnaso, pues en verdad no he visto mayor ingenio en los pasados tiempos ni lo veré en los venideros siglos. Una maravillosa técnica del verso narra la historia del mismo ingenioso hijodalgo de Lepanto que visita el Parnaso donde reina  Apolo con su séquito de ninfas. De estilo épico y gracioso, agraciado quiero decir, la lectura hace alarde de buen humor como  el autor del texto lo hace de su exquisito conocimiento de la época y de los escritores que en su tiempo sonaban; hay que decir que quizá ninguno creció tanto ni fue tan grande como él mismo.

El Viaje del Parnaso es una aventura en que con Apolo se embarcan los buenos poetas de ingenio delirante y libran una divertida batalla contra los malos poetas y la escritura facilona. Es una verdadera lástima que hoy en día no se comida Apolo a erradicar, como entonces, esas letras, de poco seso y mucha pretensión, de los que, citándose siempre as sí mismos y hablando se sí en tercera persona, presumen de vanguardistas y bajo tal premisa envilecen el arte. A la carga va el hijodalgo con el padre Apolo y no es esta la única función que cumple en el texto, porque previamente ha de ser él y solo él quien juzgue y aconseje al mismo dios del parnaso quiénes son dignos de unirse a las filas de los buenos y quiénes deben ser desechados y sus libros erradicados por el perjuicio que ocasionan a las confusas y poco avispadas mentes. Convirtió Apolo en calabazas a los inconformes, y qué bien obraba el dios y qué enterado estaba de la grandiosidad de Cervantes, porque ningún otro poeta ni ningún otro creador de toda arte y todo tiempo estaba mejor capacitado para el trabajo.
En fin, que cada quien es hijo de sus obras y sabe muy bien que prefiere leer. Yo me quedo con la maravilla que representa volver a los clásicos, me quedo con la épica en verso y la crítica inteligente y fundamentada. Me quedo con los libros de Donceles que se empolvan otoñales en los estantes y las mesas, me quedo con mi manco y con su ingenio. Dios te guarde, Miguel de Cervantes, con Apolo, y que sean los malos y deslucidos poetas convertidos en un mar de calabazas y que seas tú laureado por la mano del sol, y que sea yo contigo y me guardes algún día un lugar en el Parnaso. Así sea.
 

jueves, julio 18, 2013

Con pincel y tecla


Por Yara de Mort.
Inspirado en una pintura de Federico Cantú. 

EL TRIUNFO DE LA MUERTE
Me preguntaba y me pregunto cuánto tiempo más tardaré en aprender a morir. Cierto que la muerte es intrínseca al ser vivo, como inherente es también el temor de ella. La muerte me asecha y me acosa siempre. La traigo en cada bolsillo de mis ropas y en cada imagen de mi vida. La muerte es mi  vida, es mi tormento y cada una de mis inhalaciones. Yo esperaba que algún día la cosa parara, que algún día pudiera simplemente vivir sin pensar en el fin, mas cada noche me asecha la idea de la muerte como la muerte misma. Cada día al despertar me atormenta ipso facto la certeza de que mi desenlace se halla más próximo: en tanto más vivo más muero, y en tanto más muero se acrecienta atrozmente mi delirio.
El triunfo de la muerte
Federico Cantú
          Ayer en la noche, con la cabeza puesta ya sobre el tejido de la almohada, pensaba en todos los muertos sobre los que bebemos y respiramos. Nadie vuelve del oscuro abismo de parcas salientes. Nadie dice qué es y la única certeza es que está allí, tan cerca, tan vívido, tan nuestro. Pensaba que tantos muertos debe de contar la vida de la tierra como su peso mismo, de tal suerte que el aire que respiramos está formado por sustancias que alguna vez pertenecieron a un vivo, y lo mismo con el agua, el alimento, la ropa… Vivimos, pues, de nuestros muertos. Somos ellos reciclados. ¿Cuántos muertos se hallarán ahora mismo debajo de las plantas de nuestros pies?
Pasé una noche tormentosa como siempre. Una noche abismada en espera de la muerte, pensando que quizá vendría una erupción volcánica o un terremoto que acabaría de pronto conmigo; pensando en si la muerte duele y, de ser así, si duele en el alma o en el cuerpo. Desde que mi abuela feneció no puedo dejar de imaginar que su cuerpo se corrompe en su tumba. Me pregunto cuánto quedará de la abuela gritona que yo conocí y estoy convencida de que mis huesos y el polvo de mis huesos irán tarde o temprano a parar al mismo destino. ―Abuela―, le digo, ―yo no sé si todavía estás ahí. No sé si eres la abuela mía o qué fue de ti, pero te recuerdo, abuela, y me duele no poder verte y oírte como antes―. Todas estas cosas pienso y me entristece saber que la abuela no resucitará. Si exhumáramos su tumba, seguramente habría allí algo lejano de ella que sin embargo seguiría siendo ella.
La noche fue de perra muerte y desperté como una resucitada. Tengo una pesadumbre en la cabeza y las cervicales que no me deja del todo levantarme de la cama. Estoy muy quieta, bocarriba, pensando que no se puede vivir temiendo siempre. Dicen que si te pica una abeja en la boca o cerca de la garganta, morirás asfixiado. Yo he desarrollado una alergia fatal a las ponzoñas. Todas las picaduras de animal me producen inflamaciones terribles. Un simple mosquito puede causar grandes estragos. Creo que fue de aquella vez que fui al parque de La Venta en Villahermosa y me picaron un millón de moscos que no sería raro pertenecieran a la prehistoria. Ahora, con esa hipersensibilidad, temo por mi vida todos los veranos, y más si hay hierba.
Definitivamente mi peor temor es morir de cáncer. Un amigo mío murió de cáncer a los 21. Mi familia suele ser portadora del cáncer. Mi abuela materna lo tuvo, igual que mi madre y una hermana suya. El cáncer es en casa casi como el sarampión, tarde o temprano te dará. Me veo a mí misma recibiendo la noticia del cáncer y siento que no soy tan fuerte para soportarlo. Me debato en el llanto de solo pensar en la palabra «cáncer». ¡Qué desesperación! Pienso en las zondas, en el hospital con olor a desinfectante, en el dolor de la cirugía, en las horribles quimioterapias, en las uñas negras y la caída estrepitosa del cabello, en el vómito macilento y el malestar infinito y el sufrimiento infinito y el temor de la muerte. Hay cánceres que solo se curan con la muerte. Si me da cáncer, este acabará conmigo desde el primer instante. No toleraría, por otro lado, ver a mis hermanas sufrir de eso. No sé qué me mata más. No lo soporto.
Todo el temor de la madrugada vuelve a mí en los primeros instantes de la vigilia. La conciencia plena no parece disminuir por nada mis terrores. Venzo por fin la pesantez y la ansiedad primeras y puedo al fin levantarme casi a mediodía. Sé que no debo contarle a nadie lo que me pasa porque me parece ridículo. Todos los poetas han hablado de la muerte. Todos los filósofos la han abordado en su pensamiento. Un ejército de sociólogos, médicos, biólogos, humanistas, artistas, etcétera, han pasado horas, meses y años, discurriendo en lo mismo. Es una jerigonza pensar ahora en lo que ya muchos han pensado. Cada vez que quiero contarle a alguien me asaltan un montón de dudas en la mente. Hago las frases en mi cabeza y cada una me parece extremadamente patética. Creo que no es para tanto. Lo malo es que la angustia sigue, no muere. Muero yo.
No he dormido en varios días y cada paso me produce un ligero mareo. ¿Cómo voy a poder vivir con esto? Me da mucho miedo que un día me despierte con la novedad de que es el último día. Me da miedo pasar el resto de mis días temiendo y pensando a la muerte. Yo no sé de cierto de dónde surge esta manía. Encuentro mi pantufla y antes de enfundarla la reviso bien: no vaya a ser que un alacrán esté albergado allí. La otra pantufla se halla  al pie de la puerta. ¿Por qué he dejado una tan lejos de la otra? Me voy calzando  conforme abro la puerta. Esa alpargata mal puesta me hace trastabillar. Resbalo y me voy de frente contra la mesa del pasillo. No sospecho en el camino al suelo que voy a morir. Este es el último día que había temido. No hay dolor. No hay dolor. Es todo muy simple.
 

jueves, junio 13, 2013

Pintura

Por Claudio Phoenicóperus.
Perra rabiosa.
Pintor: Rufino Tamayo.
Óleo sobre tela, 1943.
81 x 109 cm.

 
PERRA RABIOSA
 
No soy de las que les gusta armar demasiado alboroto por las cosas; a veces las cosas que le pasan a una son culpa de una misma, y a veces no; en ocasiones, ciertas cosas te suceden así nomás, te agarran de sorpresa y a veces son bien injustas, pero una no puede quejarse, son la cruz como dice mi mamá, y la cruz no se abandona, se abraza y se carga hasta el final, hasta el momento en que te carga la gran y definitiva chingada.
 
 
Por eso, ese día no armé barullo, daba igual. En realidad, la cosa no era tan grave; además, si yo le decía a mi mamá lo que había hecho la Fita seguro que a las dos nos iba a ir del nabo. No sé por qué la Fita se ha vuelto tan cabrona, parecía ser más feliz cuando era callejera: no tenía ni madres, pero siempre andaba moviendo su rabito y con las orejitas gachas haciéndoles fiestas a todos los vecinos cada que entraban o salían de la privada.
Solo cuatro cosas eran suyas: una sed y un hambre tan perras como ella, una guarida abajo de un nopal gigante y las ubres todas hinchadas porque casi siempre andaba preñada. Ahora ya tiene casa, vive en mi azotea; debería ser feliz, pienso yo, aunque la verdad ha de andar medio resentida porque a veces se me olvida subirle su agua, ya casi no la acaricio y en ocasiones el aire vuela la lámina que le sirve de casa y por eso todo el santo día de Dios anda con la lengua hasta las patas, azorrillada por al méndigo sol que pega duro sobre su piel de perra negra. Yo creo que por esas cosas ha de andar algo enojada.
La verdad, más que dolerme, me asustó mucho que me mordiera; digo, nunca he sido una mujer muy macha, pero yo creo que aquello asustaría a cualquiera, hasta a Filomeno se le hubiera fruncido el cicirisco al ver a la Fita lanzarse toda loca con los dientes pelones y escurriendo de babas. Yo no quería que la corrieran, así que no dije nada, me puse pomadita, me vendé el chamorro y ¡listo! ¡Aquí no pasó nada!
Darle su comida y agua se fue haciendo bien difícil con el tiempo, en parte por el miedo que ya le traía y en parte porque cada vez estaba más encabronada. Comía sus menudencias de pollito con gran prisa, pero el agua ya ni la tocaba, la miraba con mucha sospecha, como si fuera veneno, y me reclamaba a ladridos cada vez que rellenaba su bandejita, pues el sol con sus rayos siempre la evaporaba.
Nadie sabía lo de Fita, yo era sola la encargada, hasta ese día en que se puso a aullar horrible como si el diablo se le fuera metiendo abajo de su piel. Al día siguiente la Fita vomitaba sangre, caminaba de un lado a otro por toda la azotea, como hacen los leones del circo que están encerrados en jaulas. En la noche se volvió completamente loca y azotaba su cabeza contra las paredes de las cornisas, llenándolo todo de sangre, hasta que no pudo más, se le salieron sus sesos y con ellos el chamuco y así quedó tendidita a la mitad de la azotea, con una carita horrible que de acordarme me hace llorar.
Todos los días que siguieron yo estuve muy triste, porque en el fondo sabía que su muerte era mi culpa. Algo habré hecho mal, a lo mejor ni la cuidé como se debía; a lo mejor, de las veces que no le llevaba su agua, se le olvidó cómo tomarla y para que servía, y se me habrá muerto de sed. Me sentía muy tonta y Filomeno se dio cuenta, por eso venía todos los días a que fuéramos al kiosco a comer una nieve o elotes de San Gregorio, a las peleas de gallos en Tlalmanalco, al baile de Santiaguito, y hasta vimos una película de Pedro Infante en el cine de Ayotla. Todas esas cosas me hicieron feliz de vuelta y me sacaron a Fita de la cabeza.
Filomeno había sido tan bueno conmigo y un día que nos quedamos solitos yo quería enseñarle lo mucho que lo quiero y pensé que sería bueno darle de besos, pero con todas las cosas que había hecho por mí apenitas, sentía que era necesario darle una muestra de más cariño; así que, llena de una felicidad enorme y una gratitud gigante, comencé a lamerle toda la cara. Gracias por la nieve de limón tan rica, le dije en una lamida. Gracias por el paseo a San Pedro, mi vida, dije con otro lengüetazo. Te quiero tanto, Filomeno, le dije en otros tres en la nariz. Creo que fui demasiado efusiva porque Filomeno me mandó a la chingada y se largó de allí.
Cuando regresé a la casa ya andaba otra vez triste y busqué a mamá Roberta y le conté con llanto todo lo que me pasó. Sentía un dolor tan penetrante que me senté en el suelo y comencé a gritar muy fuerte hasta que mis alaridos se tornaron en aullidos sonoros y limpios que purgaban de pena mi triste corazón. Mamá Roberta me miraba con un horror de los rancios, me dio miles de cintarazos y me encerró en la pieza.
Ahí estuve varios días encerrada. Mamá solo me permitía salir al baño, a hacer mis tres comidas y a estirar las piernas al jardín de atrás, y cuando eso pasaba me sentía recontenta que quería darle las gracias a mi mami con un par de lamidas en la cara, pero siempre que eso pasaba recibía a cambio un puñetazo en la nariz o una patada en el trasero.
Un día vino mi mamá a bañarme, yo no quería y se lo dije, se lo dije varias veces, pero de mi boca solo salían ladridos incomprensibles; traté de articular todas las palabras que me sabía, pero era lo mismo. Puro ¡guau guau! decía yo, así que decidí gruñirle, no quería bañarme, no era necesario, me atemorizaba mucho. Había un miedo de muerte que no sentía desde que tenía que darle de comer a Fita.
Mi mamá no entendió nada y con ayuda de don Chelo me llevaron a la regadera. Cuando vi brotar el chorro de agua de aquel grifo solo pensaba en huir de ahí como fuera, don Chelo me sujetaba muy fuerte y me lo impedía, así que tuve que morderlo en la cara... Después fue sencillo escaparme y esconderme bajo la cama, tenía la boca llena de espuma, el corazón de miedo y el cerebro de mil espinitas que me atormentaban sin parar.
Ahora solo sé que ya no puedo, no puedo ni pensar. ¿Esta es la cruz? ¿Cómo la cargo? ¡Ah sí! ¿Cómo? ¿Cómo? Duele mi cabeza, no me deja escuchar lo que me digo, tengo tanta sed pero... no... no el agua, no quiero verla, no quiero imaginarla... mamá ya no viene a visitarme, te extraño mucho, Filomeno, me entristece pensar en Fita, me siento acorralada, andar de un lado a otro, he de parecer una leona enjaulada, tengo tanta sed y tanta hambre, me duele la cabeza, trato de olvidar que duele y por eso me voy arrancando la ropa con los dientes, ¡ya quedé desnuda! ¿En qué pienso? Pensar, pensar, pensar en algo y olvidar que me estalla la cabeza, trato de olvidar que duele y por eso me voy arrancando la piel a dentelladas, ya quedé desnuda de vuelta... ¿en qué pienso? Pensar, pensar, pensar en algo y olvidar que me estalla la cabeza, ¿y si me estalla en serio? Si me estalla por fin lo que me duele adentro ya no dolerá jamás y seré feliz de nuevo y podré beberme el agua y comerme las croquetas y dejar de ladrar y pedirle a mi mamita que me desamarre y que me baje de la azotea. Golpea, golpea, golpea... golpea hasta que ya no duela.
 

 
          “Perra rabiosa” en una obra pictórica del pintor mexicano Rufino Tamayo. Hay en las pinturas de Tamayo una evidente predilección por pintar perros; sin embargo, el de este cuadro merece atención aparte. Tamayo no solía incorporar en sus composiciones iconografía simbolista, ni se aficionaba por los grandes temas humanos como el amor, la injustica, la muerte, la pobreza o la divinidad; podemos decir que sus tópicos eran menos pretenciosos y menos complejos y optaba por la vehiculización más inmediata de sentimientos puros como la tristeza, el miedo, la soledad, el dolor, la alegría, etcétera.

Tamayo, a diferencia de pintores como Rivera, Orozco y Siqueiros, no utilizaba sus trabajos como bandera y testimonio de una denuncia social; sin embargo, desde un punto de vista muy personal, me atrevo a decir que es precisamente la “simplificación” de los tópicos y de las fórmulas empleadas en su pictografía, lo que lleva a que muchas de sus obras estén cargadas de una crítica social bastante astringente e incómoda, tanto o más que las pinturas de sus contemporáneos.
Siqueiros, por ejemplo, recurría a una tremenda conceptualización y aglutinación de símbolos que, si bien no son del todo abstractos, obedecen a un sincretismo muy profundo que enarbola un sinnúmero de discursos artísticos dentro de la obra. En cambio en las composiciones de Tamayo la denuncia social es tan intensa e ineludible como la realidad misma debido a que es la realidad, simple y llana, la que está capturada en muchos de sus cuadros.
 

jueves, mayo 30, 2013

Con pincel y tecla

Por Yara de Mort.
Con ilustraciones de Tito Varela.

Discordancias
Eran grandes gotas de un torrente ambiguo y, como si las horas pudieran trocarse elásticas, estaba muy erguida frente a la ventana, denostando las ráfagas de rayos atormentados y eléctricos. ―¿Por qué se desnuda una frente a la ventana en días de lluvia?―, es difícil precisar todo lo que es menester para sentirse mujer después de cierta edad y tras el divorcio. Hay una sensación de sequedad interna, derrotas en batallas inexistentes. Mira una dentro de sí que se le ha ido la vida intentando conquistar una tierra varada en el mar que al fin no tenía más que cardos agazapados.  
Como fuera, ella estaba allí desnuda y provocadora, como una torre de mármol erigida sobre la duela, mirando a través de los vidrios un poco turbios. Él se había quedado inconmovible en el sofá, degustando su puro con lentitud exasperante. Aquél era un cuerpo que ya conocía bastante bien como para no poder resistir la tentación de tomarlo en seguida, era el cuerpo de diez años de caminos paralelos, de yuxtaposiciones propias, de sudores inherentes y mezclados para la posteridad. Era el cuerpo que más le gustaba en el mundo y, precisamente por eso, ahora prefería volver a contemplarlo de lejos y en todo su esplendor.

―¿No te parece que es absurdo todo esto?—le dijo ella a él. El hombre se quedó callado y concentrado en sus exhalaciones olorosas.  Le parecía que lo absurdo era que ella señalase el absurdo. Lo cierto es que también conocía muy bien ese tipo de declaraciones sin sentido, conocía los extraños mecanismos con los que la mujer llamaba hacia sí a los hombres. Sabía que pronto habría de pasar la afectación y que, en unos momentos más, ella se aproximaría al sillón y tomaría lugar muy cerca suyo, con la pierna cruzada y la espalda erecta, con la misma naturalidad que si estuviera vestida.
Ella, en cambio, siguió incólume, postrada como una roca frente a la ventana, sin más indicio de movimiento posible que la respiración discreta y pausada. Había en su mente un dilema matrimonial que surgía de muy profundas regiones, emanado desde el noviazgo largo y pletórico.  Se preguntaba qué sentido había tenido aspirar a la perfección, como mujer, durante tanto tiempo, sin que él lo hubiera apreciado nunca. Ella quería ser la mejor mujer para él, quería regalarse a él de tal suerte que nunca más se sintiese necesitado de nada, pero él estaba siempre callado, urgido de los brazos maternales que no se le extendían nunca, insensible, primero ante el entusiasmo y luego ante las fuerzas minadas de su mujer.
Ahora el dolor se perfilaba nítido en las actitudes zigzagueantes del cuerpo desnudo. Ella sabía lo que el hombre esperaba y en esa tónica perfilaba su venganza. Cada secuencia de segundos, por mínima que fuera, fungía como un río interminable y fluido en el que el alma de su amante de vida se debatía moribunda y desesperada. Las nalgas dibujadas en una silueta confusa comenzaban  a temblar frente a la ventana, iluminadas de vez en cuando por las ráfagas celestes. No es posible pacer delante de la piel temblorosa ajena, la propia piel reacciona en seguida, quiere proveer de calor a la otra dermis.  
―Sucede, mi querida musa, que te tomas la vida con demasiada vehemencia―. Fue él quien se levantó. Puesto el puro en el cenicero,  se aproximaba con calma al cuerpo lozano y tembloroso. Se abrazó a él por detrás en la espera de que la mujer diera la vuelta y lo besara en los labios con toda su calidez maternal, pero el cuerpo se puso rígido. Los ojos de ella estaban humedecidos porque, por dentro, habían recorrido ya todos los años de indiferencia marital, de humillaciones infames y de inseguridad. Ya no era tan bonita como antes, en su cara se perdía el aire infantil que tanto atrajo a los hombres en otros tiempos, los músculos de su vientre se habían puesto flácidos, las primeras canas comenzaban a aparecer. Se sentía ultrajada, sentía que algo le habían robado: la primera juventud, quizá.
La juventud, por lo demás, es un asunto del espíritu. Una se siente más vieja después del divorcio que si no se hubiera casado nunca. Pesan más las primeras arrugas cuando se han hecho en complicidad con otro, de la mano de otro. Se cree en el interior que al entregar la mente y el cuerpo a otro ser, que al entregar el tiempo a otro ser, se ha envejecido en la sucesión de los pequeños actos de cada día. Ha tenido que enfrentar el alma muchas vicisitudes, junto con el alma va cambiando el cuerpo, y se asocia la madurez de una y otro. En esta medida se envejece de dentro hacia afuera, desde las notas primeras dimanadas del cuerpo en el encuentro con otro, hasta las enfermedades compartidas en pareja y las noches en vela ceñidos y aferrados a la piel del amante.
La musa se apartó del hombre con suavidad, no pretendía herir más ni reclamar, se sentía demasiado lesionada como para emprender una nueva batalla. Iba trastabillando por la alfombra rumbo al sillón, deslumbrados los ojos por todo el rato de rayos que la tenía fulminada. Se dejó caer al pie del asiento y, recargada en él, se puso a llorar. El hombre ya no supo qué decirle. Tenía ganas de cargarla en brazos y cobijarla, pero eran demasiadas las peleas que los separaban, eran muchos los insultos y las desaprobaciones, un mar de reclamos inundaba su cabeza. Una parte de su espíritu estaba satisfecho de verla ahora postrada y sin armas.

Al fin se aproximó al sillón, llevó sus manos a la cabeza gacha de ella para consolarla. Sabía por alguna razón que tenía las mismas ganas de llorar de la mujer. En el fondo creía que todo era su culpa. Se quitó la chamarra, colocándola delicadamente sobre los hombros de la ninfa. Se sentó sigiloso a su lado. No era tiempo de hacer el amor sino de quedarse muy quieto a su lado. Estaban separados pero juntos al fin de cuentas, separados pero unidos por diez años de comunión mutua, nadie más adivinaría, nunca más, sus pensamientos como lo hacía ella, nadie más le gustaría tanto como la mujer mullida que yacía muy quieta y llorosa a sus pies. El sonido de los truenos cesaba, en la sala reinaba la oscuridad porque ahora la tormenta no alumbraba el espacio.           

  

jueves, mayo 23, 2013

Música

Por: Berto Naviera.
Tema musical: En la tierra de los Zulus (Kwazulu).
Interprete: Myriam Makeba.
Album: An evening with Belafonte/Makeba.
Año: 1965. 

SABANA 

El alba despierta los primeros rumores matutinos. La bóveda celeste, aún irisada de estrellas, muestra ya las primeras rojas heridas solares sobre su añil profundo. El aire calmo y sereno comienza a llenarse con los rumores de los madrugadores. La sabana despierta y se despereza. En el horizonte un grandioso arco de fuego ha incendiado el cielo sobre nuestras cabezas. Llamaradas de rojos refulgentes y anaranjados esplendentes consumen rápidamente los profundos azules celestes. Las estrellas van apagando sus lumbreras intimidadas ante la marejada luminosa inminente. El amanecer triunfa una vez más sobre las sombras nocturnas y el paisaje va volviéndose claro y resplandeciente. Las sombras de acacias, palmeras y prosopis se alargan y alargan intentando competir, ayudados por el fuego del sol naciente, con la altura de las montañas que circundan el valle. 

Una gran planicie forjada en oros, en rojos, en amarillos y verdes, aún con los brillos diamantinos del matinal rocío, basta y espléndida, se ilumina. En el lejano horizonte los impresionantes monolitos graníticos que circundan el valle van mostrando su rostro uno a uno tocados por la magia de un amanecer recién estrenado. Bestias grandes y pequeñas, de variados colores sorprendentes, van llenando poco el escenario. Unos mugen, otros pían, otros croan, otros rujen. Y la sabana completa va llenándose de vida. 

Al cobijo de un majestuoso baobab, una aldea de chozas de barro y techos de paja y pieles rodea el impresionante tronco del gigante. Una columna de humo se eleva en el aire, los nativos inician sus diarias actividades. 

Cinco mujeres salen de la aldea formando una colorida columna camino al estero. Grandes cántaros de rojo barro y blancas grecas soportan sus cabezas de cabellos hirsutos, muy cortos unos, largos y sujetos, los otros, en trenzas. Las cinco mujeres se desplazan en fila perfecta, sus torsos desnudos color de la tierra; los firmes, oscuros y espléndidos senos de puntas enhiestas se mueven al ritmo de sus pasos marcando la misma cadencia. Los brazos morenos, esbeltos y fuertes. Con uno sostienen el cuenco, el otro la marcha acompasa. Las recias espaldas erectas. Todas regulan el ritmo. Todas a un paso ajustan su marcha. Todas se acompañan del canto que ritma perfecto con su movimiento. Las coloridas faldas de luengas holguras juegan con la briza y hacen que sus dueñas parezca que flotan sobre los pastizales. 

Las fieras del valle las ven desde lejos. El hombre no es rey en estos lugares y ambos, bestias y hombres, se guardan respeto. Los dos han jugado el mortal juego de la cacería. Los dos han servido también de sustento. Los dos se conocen y saben sus tiempos. 

El calor aumenta conforme el día va corriendo. Altísimas nubes prometen la lluvia y no tarda el trueno en gritar su advertencia. Los hombres, las bestias, la yerba celebran al agua y se ve en un costado del grandioso valle caer la tormenta. 

El día transcurre dentro lo ordinario. Las bestias se cazan, retozan, descansan. Igual lo hace el hombre en esas tierras lejanas. No hay prisas, no hay ruidos; ni autos ni aviones; no suenan alarmas ni pelean los hombres por subir la cuesta de las sociedades modernas. Todo tiene el ritmo del día que corre, y hombres y bestias a eso se ajustan. 
 
 

jueves, febrero 21, 2013

Música


Por: Berto Naviera.
Tema musical: Why don't you do right.
Sound track de la película Song of self destruction.
Autor: Joe McCoy.
Intérprete: Jaclyn Haydamacha.
 

FIN DE SUEÑO 

Cuando abrió los ojos se dio de frente con aquella pared helada y turquesa.
¿Hacía ya cuántos años que estaban juntos? La había conocido en lo de Sally una tarde calurosa y húmeda de agosto que había entrado al bar de la calle Main. Sally estaba como siempre tras la barra y tenía puesta su radiante sonrisa de just on time que usaba para anclar clientes al negocio. Su rostro fresco y agradable escondía a una mujer dura y decidida que sabía cómo lidiar con clientes y pretendientes de ocasión. Él alguna vez había pensado en Sally para algo más que el bartender que escuchaba sus penas que inevitablemente fluían después de la quinta ronda de Jack Daniels, pero las cosas no habían funcionado, definitivamente los negocios de Sally no eran los del corazón.
Aquella tarde ella estaba sentada en la barra, sola, como se sabe, en esos casos es duro decir algo que resulte apropiado; él probó:
—¿Puedo invitarle una copa?
Cuando ella volteó a mirar quién le hablaba, dos luces celestes enmarcadas por un precioso y blondo marco golpearon rotundo el corazón de él. Allí había comenzado todo: las citas, el romance, la vida en común… y luego, los problemas.
En aquellos tiempos los negocios funcionaban perfecto y la plata fluía de continuo. ¿Cómo podría imaginar entonces el cambio que transformaría toda su vida? Él siempre había ayudado a los muchachos en su colocaciones; las relaciones con los patrones era lo suyo y siempre había ganancias de por medio, todos terminaban contentos y casi nunca había conflictos serios.
Un día había llegado a la oficina y se encontró con Tony, un fortachón hablando con un exótico tono extranjero; había ido a informarle que a partir de ese momento ellos se harían cargo de los contratos y él quedaba fuera del negocio. Claro que lo mandó al demonio, pero los tanos venían para quedarse y eran duros de combatir. De nada le sirvió estar en su país y con sus leyes, los tanos lo fueron abarcando todo: desde los contratos con los sindicatos hasta las apuestas y el licor. Ganar dinero fue haciéndose cada vez más difícil y él tenía cada vez más años. Había terminado recorriendo calles y tocando de puerta en puerta, haciendo sus cobros semanales y vendiendo sus minucias, recorriendo las aceras con sol, con lluvia y hasta cuando nevaba. Ella ya no se veía feliz. ¿Por qué no lo dejaba? ¿Por amor? Él no lo creía posible. Aunque también habían pasado los años por ella permanecía hermosa, pero aquellos maravillosos ojos de luna ahora eran duros y fríos para él: ¡Todo por el maldito dinero!
Siguió oyendo esa voz en que se combinaba a la perfección sensualidad y dureza, aún no entendía lo que decía, pero su sonido lo fascinaba. Aún dentro del sueño y la resaca abrió los ojos y se dio de frente con aquella pared helada y turquesa. 

                    Why don't you do right, like some other men do?
                   Get out of here, get me some money, too
                   Get out of here, get me some money, too
                   Get out of here, get me some money, too